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Canada, año I después de Hadfield

Canada, año I después de Hadfield

Publicado por Juan Gavasa el 12 de Mayo del 2014

Hay una definición que utilizó el escritor norteamericano Bill Bryson en su estupendo libro “Down Under” (En las antípodas), para referirse a Australia que me parece perfectamente aplicable a Canadá: “No se porta mal. Es estable, pacífica y buena”. Bryson intentaba explicar por qué se sabe en el mundo tan poco de este inmenso país y por qué apenas da noticias de relevancia. Casi nadie sabe quién es su primer ministro o su deporte nacional o el nombre de algún famoso australiano  al margen de Kylie Minogue o Rupert Murdoch. La mayoría dudará cuando se le pregunte por su capital… y no, no es ni Sidney ni Melbourne.

Australia es inabarcable, como lo es Canadá. La mayor parte de su territorio interior es un desierto infinito, árido e inhabitable conocido como “outback”. Ofrece las mismas constantes vitales que el infinito, gélido e inhabitable pedazo del mapa canadiense ocupado por los territorios septentrionales de Yukon, Northwest y Nunavut. Realmente son dos países que viven en las antípodas pero que se parecen mucho e incluso comparten la misma Jefatura de Estado; la reina Isabel de Inglaterra. Las antiguas colonias británicas se reconocen a la legua, y no solo por la costumbre de los hombres de cierta edad de llevar calcetines hasta las rodillas y pantalón corto en verano; tendencia que observó el muy detallista Bryson en su libro “Down Under”. 

También creo que tan sólo una minoría será capaz de decir sin titubear el nombre de la capital de Canadá si le advertimos previamente de que se olvide de Toronto, Montreal y Vancouver. Muy pocos podrán enlazar el nombre de tres famosos canadienses si exceptuamos los de Bryan Adams, Leonard Cohen o Neil Young. Sobre el primero los corrosivos personajes de South Park ya dijeron en su día todo lo que había que decir: “Canadá tiene que pedir perdón al mundo”. Lo curioso es que los propios canadienses suelen ser bastante olvidadizos con sus glorias patrias y por apatía, pereza intelectual o simple confusión onomástica suelen dejar escapar algunos nombres que descubren asombrosamente como propios tiempo después. Le suele pasar al arquitecto Frank Gehry o a la escritora Alice Munro, que ha tenido que ganar el Nobel de Literatura para convertirse en canadiense universal.

Definitivamente Canadá no hace mucho ruido allá por donde pasa y eso se nota en la frecuencia con la que aparece en los grandes medios de comunicación internacionales. Los canadienses dosifican sus expresiones de orgullo patrio; un tipo de patriotismo nada chusco y bastante civilizado en el que se proclama precisamente como principal valor el hecho de la diversidad cultural frente a la uniformidad racial. Las arengas a la unidad como unitarismo no suelen cuajar en un país que se sabe bastardo. A diferencia de los australianos, que tardaron unos cuantos siglos en asumir que su origen estaba en una comunidad de reclusos británicos, los canadienses tienen bien metabolizada su naturaleza multicultural, lo que les ahorra unas cuantas discusiones estúpidas sobre el sentido de la identidad.

Su patriotismo es más bien mercantilista, razonable en un país profundamente capitalista y resignado a aguantar la compañía agobiante de un vecino más grande, más rico y probablemente menos escrupuloso. Cierto complejo en su economía por dependiente se extiende a otras facetas sociales con consecuencias como las citadas anteriormente: a veces los canadienses no se creen a ellos mismos y otras simplemente aceptan como una tara genética las servidumbres de esta vecindad fagocitadora, que igual usurpa un compatriota famoso que provoca una crisis en el sector de la automoción. 

Por eso el patriotismo mercantilista de los canadienses se expresa con las buenas maneras del puritanismo protestante. Los patrocinadores se presentan a sí mismos como “orgullosos sponsors” y el “made in Canada” se ofrece como un salvoconducto redentor, como una manera de hacer patria sin levantar la voz. Hace ahora un año, los canadienses comenzaron  a sacudirse algunos complejos con la aventura de Chris Hadfield, el astronauta que comandó la última expedición de la Estación Espacial Internacional. Nunca antes había oído con tanta determinación y de manera tan atronadora la expresión “proud to be canadian” (orgulloso de ser canadiense).

Hadfield se convirtió en uno de los astronautas más mediáticos de la historia gracias al hábil uso que hizo de las redes sociales para contar desde el espacio su vida cotidiana en la Estación Espacial. Este canadiense nacido en Milton, un suburbio al oeste de Toronto, explicó en su cuenta de Twitter los detalles de cada jornada en el espacio; colgó en Pinterest miles de fotos de la tierra y subió a Youtube didácticos vídeos en los que instruía sobre cosas tan terrenales cómo limpiarse los dientes, cortarse las uñas o echarse a dormir sin la dictadura de la gravedad. El último día grabó una versión emocionante del clásico de David Bowie, “Space Oddity”, que es ya un fenómeno viral mundial. El impacto de Hadfield en la sociedad ha sido un revulsivo para la carrera aeroespacial, dicen los analistas, y un chute de autoestima para sus compatriotas. Éste no nos lo quitan, parece que quieren decir.

Hadfield es rotundamente canadiense, criado en una de esas miles de granjas que hasta hace no mucho poblaron el sur de Ontario y que adornaron los paisajes de los libros de Munro o Robertson Davies. Una sociedad agrícola y aislada que hoy es irreconocible en el mundo urbano del Greater Toronto Area pero que perdura en la conciencia colectiva como el origen de todas las cosas.  Y ese origen, como todo en Canadá, no es ni remoto ni extraño.

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