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Tres europeos enamorados de Venezuela

Tres europeos enamorados de Venezuela

Publicado por Dubraswka Aguilar el 13 de Octubre del 2014

Conoce la historia de tres inmigrantes europeos que hicieron su vida en Venezuela y, a pesar de las circunstancias, deciden mantenerse en el país.

Sander Koenen (Holanda)

Sander Koenen ha logrado, en bombones de su impronta, un gustoso mestizaje. Con la técnica que aprendiera en su Holanda natal y la tradición familiar de tres generaciones de chocolateros, ha propuesto creaciones con ingredientes que descubrió en estas tierras: rellenos de sarrapia. 

Koenen llegó a Venezuela con su formación como chocolatero y el entusiasmo de joven viajero que buscaba el exotismo de nuevas fronteras. La tierra de un cacao excelso lo sedujo como promesa. No hablaba castellano, pero comenzó en La Praline en Caracas con sus dueños belgas. Luego trabajó en una empresa grande en Chile. Volvió a Holanda al negocio familiar por un tiempo y entendió que prefería abrir su tienda aparte.

Aquí prosiguen sus planes, en un arraigo que se escribe en grandes y pequeños detalles. “Obviamente hay épocas en las que piensas que la grama es más verde afuera, pero no me iría de nuevo. Aquí el clima me gusta. También sentí que el romanticismo por mi oficio se perdió allá, cuando trabajé en una pastelería y me pidieron que hiciera los brownies con una mezcla industrial. Aquí yo hago mi praliné. Mi gianduja. Mi ganache. Allá lo compras listo”.

"De Venezuela me gusta el valor que se le da a la familia. Vengo de un país donde a los 18 te vas de la casa. Aquí está el valor de pasar tiempo juntos. Eso me gusta"

Clive Britcher (Inglaterra)

Una noche, en su Inglaterra natal, Clive Britcher fue a una fiesta de venezolanos que le cambió el curso de su existencia. “Yo soy músico, daba clases de inglés en Londres y en esa época del ‘ta barato’ había muchos venezolanos allá”. Allí haría amigos, luego conocería a su actual esposa y hace 33 años estrenaría un nuevo destino en estas tierras. Comenzó dando clases, luego trabajando durante dos décadas en recursos humanos, hasta que un buen día decidió convertir su vocación por la cocina en modo de vida. “Decidí que era el momento de buscar mi pasión”.

En Caracas consiguió una pequeña cocina y se entregó durante dos años a perfeccionar sus recetas de picantes y chutneys. Salió a proponer sus productos Masala en bazares y una cadena de felices coincidencias lo llevó a estar en los anaqueles de varios supermercados. Cuando decidió que quería ofrecer cursos de cocina de la India y esas recetas a manera de catering, se estrenó con el primer encargo de notorias dimensiones.

Desde su casa, cada mañana, ve Caracas a distancia y de fondo, el Ávila. “No me canso de verlo. Venezuela tiene una naturaleza extraordinaria y tenemos que aprender a sacarle provecho. He visitado los Andes. De Margarita conozco todas las playas. Y antes iba todos los fines de semana a Choroní. Allí salía al malecón. Hablaba con los pescadores. Las empanaderas”. Sus hijos se han ido. Él se queda. “Yo no me voy. Aquí me han tratado muy bien. No soy cocinero profesional y dicto charlas. Me entrevistan en televisión. ¿Cocinar comida india en Inglaterra? Eso sería una locura”.

Gerry Weil (Austria)

“¿Viena? Tengo más de 40 años que no voy, pero he visto fotos. Volví una vez, cuando tenía ocho años viviendo aquí, y me pareció demasiado formal”.

Gerhard Weilheim —conocido en este lado del charco como el pianista y compositor Gerry Weil— nació en la capital austríaca y fue criado por su abuela. Allá estudió un año de piano, aunque en el conservatorio de Viena aseguraran que no tenía aptitudes para la música. Años después se tituló como pastelero. “Me gradué con honores  y más nunca hice una torta”.

Llegó  a Venezuela a los 17 años tras un viaje en barco que aún le revuelve el estómago. La abuela, sin saber qué hacer con un adolescente rebelde, lo mandó a vivir con su madre, casada con un italiano establecido aquí. “Antes de venir, mi vida era como en blanco y negro, porque mis primeros años los viví en medio de guerra, bombas, tiros. Cuando llegué aquí, todo se convirtió en technicolor. Mar, palmeras, sol… Me adapté rapidísimo. Me gustó la informalidad, la chispa, la improvisación, las posibilidades de hacer lo que tú quisieras. Nunca me he acostumbrado a la impuntualidad; a todo lo demás sí”.

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