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Torres del Paine, la fascinación que nunca termina

Torres del Paine, la fascinación que nunca termina

Publicado por PanamericanWorld el 10 de Julio del 2017

Torres del Paine es un lugar fascinante. Ubicado en la Antártica de Chile, designado Reserva de Biosfera por la Unesco en 1978, allí conviven enormes montañas, con valles, ríos, lagos, glaciares y una amplia diversidad de fauna que incluye desde pumas hasta zorros y huemules.

Con una superficie de más de 227 mil hectáreas, este parque patagónico puede recorrerse de muchas formas. Hay desde caminatas de 20 kilómetros diarios hasta apacibles paseos en combi, con paradas en los miradores y breves paseos a pie. La excursión comienza con un recorrido de 22 kilómetros en combi desde el hotel hacia el mirador del lago Sarmiento, el más grande del parque.

“En este tipo de lagunas, el agua es tan salina que hace imposible la existencia de animales. Presten atención a la costa blanca: eso es formación de calcio”, apunta la guía Valentina Allendes.

En el camino, la mirada se va perdiendo en todo y en nada. Se siente el ruido del ripio en las ruedas, se ven los matorrales, el cielo limpio y el viento que choca contra el vidrio de la combi hasta la llegada hacia una de las entradas del parque.

“Aparte de cariño y respeto, esta montaña no necesita nada de lo que usted trae”, dice el cartel de la Portería Sarmiento. Alguien recuerda con tristeza el incendio de 2011, que destruyó 20 mil hectáreas de bosques, como lamentable consecuencia de un papel encendido por un turista.

La siguiente parada es la Laguna de los Cisnes. Cuando la combi se detiene, un zorrito pasa tranquilo. El reflejo de la luz en el macizo Paine es de una belleza única; por momentos, el viento da un respiro. Se viste de brisa y apenas peina las aguas de la laguna. Lo mismo sucede en el mirador Nordenskjöld.

Después del lago Pehoé y su encantadora hostería, la siguiente parada es el Santo Grande. Luego de una caminata de 10 minutos, se llega a ese imponente caudal de agua, de unos 100 metros cuadrados por segundo, que bajan por una cascada de 10 metros desde el lago Nordenskjöld al Pehoé.

El que alguna vez tuvo la tentación de sentirse poderoso, quien tuvo esa vanidad, debería pararse en este lugar y sentir el espray de agua y el viento. Ser apenas una de esas partículas. Darse cuenta de que frente a esta montaña somos una de sus criaturas diminutas.

A la hora del almuerzo, no hay restaurante que ofrezca la vista del camping Pehoé. Alguien tiende un mantel, fiambres, carnes y ensaladas. Otros abren un vino y viene la tentación de sentarse en una de las piedras, con vista al río Paine, a la sucesión de montañas, nevados y aguas cristalinas, que desembocan en el mar.

Un puente colgante, el río Pingo, troncos de lengas agujereados por el trabajo de los pájaros carpinteros y un musgo que se llama barba del viejo adornando los árboles. Todo se ve camino al mirador del lago y del glaciar Grey. El paisaje se vuelve menos árido: se ven más aves y, a lo lejos, el azulado intenso del glaciar y una playa.

En una parte del lago, aparecen algunos icebergs, producto del desprendimiento de esa masa de hielo de 6 km de ancho y más de 30 metros de alto sobre la superficie del agua. “El color grisáceo del agua es por el sedimento del glaciar”, apunta la guía. Aunque el frío castiga, es tentador quedarse por un minuto más en esa playa, de cara al glaciar y a esos bloques de hielo. Todos mudos ante tanta belleza.

Con tiempo, el viaje seguiría algunos días más. Podríamos cruzarnos con cóndores, flamencos, ñandúes y cisnes. Seguir descubriendo los glaciares, aprender de las rocas y de sus procesos sedimentarios. Ser por momentos una de esas piedras pacientes. Un bosque de lenga, un matorral perdido o una árida estepa de la patagonia. Quedarse parado en el medio de la nada. Y dejar que el viento sea impiadoso con nosotros. Sople maestro, que somos sus pichones, encorvados y ateridos. Sople que tanta belleza no puede ser gratis.

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