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Sewell, las sombras de una ciudad fantasma en los Andes chilenos

Sewell, las sombras de una ciudad fantasma en los Andes chilenos

Publicado por PanamericanWorld el 17 de Noviembre del 2015

A 150 kilómetros al sur de Santiago de Chile se encuentra Sewell, un pequeño asentamiento minero perdido enmitad de los Andes, a más de 2.100 metros de altura, que está abandonado y es patrimonio mundial

La increíble historia de Sewell comienza en 1905. Una compañía norteamericana, BradenCopper, adquirió un viejo enclave minero abandonado con la idea de devolverlo a la vida en busca de un mineral tan abundante en la zona como complejo de extraer: el cobre. La empresa no era sencilla por varios motivos, especialmente por la dificultad de conseguir trabajadores que quisieran desplazarse hasta la mitad de la nada, a 2.140 metros de altura, y convivir entre picos, palas y nieve. Más cuando en aquellos años llegar hasta la bocamina costaba cerca de una semana de tortuoso viaje en carreta desde las poblaciones más cercanas, ubicadas a los pies de los Andes. La ciudad está a 150 kilómetros al sur de Santiago de Chile, en plena cordillera y en mitad de la mina en explotación más grande del mundo, El Teniente.

La idea de los norteamericanos fue simple: crear una nueva ciudad con todas las comodidades posibles para que los mineros pudieran establecerse allí con sus familias. Se pusieron manos a la obra y fue así como, en mitad de la pendiente del llamado Cerro Negro, comenzó a levantarse un entramado urbano con edificios para solteros, chalets para familias y directivos (a cada cual con mayores lujos, pues las diferencias sociales estaban muy patentes), escuelas, hospitales, comercios y clubes sociales, así centros deportivos para el esparcimiento y el entretenimiento, siempre bajo techo, donde pasar las horas muertas y los largos inviernos andinos. Tampoco faltaba la iglesia, aunque sí las cantinas, pues en Sewell regía la misma Ley Seca que en Estados Unidos. Y todo al más puro estilo constructivo norteamericano, lo que hacía de esta ciudad un oasis de modernidad en mitad de una región todavía muy atrasada con respecto a sus vecinos del norte.

La ciudad minera se estructuró en torno a unas grandes escaleras, que servían de plaza y centro de reuniones. En torno a ella se levantaban los edificios, de madera, que se pintaron de diferentes colores para aportar algo de alegría a la dura vida en la mina. Para acceder a Sewell, bautizada en honor a uno de los directivos de BradenCopper –quien, por cierto, nunca llegó a pisar la ciudad–, se construyó una primitiva línea férrea que servía tanto para transportar el ansiado cobre, como para llevar y traer a los trabajadores y a sus familias. A mediados del siglo pasado la ciudad albergaba a una población estable cercana a las 17.000 personas que podían multiplicarse en fechas festivas, cuando llegaban de visita familiares y amigos.

Sewell marcó también un curioso pero desconocido hito tecnológico en América Latina, pues los norteamericanos dotaron a esta ciudad con los últimos ingenios para hacer más fácil de sobrellevar la vida de los mineros, sus familias, los contratistas y los directivos en aquel ambiente hostil. Es así como aparecen las piscinas climatizadas y las canchas deportivas multiusos, la bolera y el cine. Instalaciones nunca antes vistas en este entorno y que se complementaban con múltiples colegios bilingües, una escuela de ingenieros y un hospital dotado con sofisticados materiales donde se realizaban operaciones pioneras en el continente y al que acudían los más pudientes de la época desde diferentes partes de Suramérica.

Pero esta remota Arcadia minera no duró mucho ni fue siempre feliz. Las duras condiciones orográficas y climatológicas –continuas avalanchas de nieve destrozaban una y otra vez las construcciones más expuestas–, unidas a diversos accidentes dentro de la mina (en 1945 un accidente costó la vida de 355 trabajadores, la mayor tragedia de la historia de la minería metalífera a nivel mundial) y a conflictos laborales, fueron destruyendo poco a poco el mito de Sewell. Los mineros comenzaron a despoblar la ciudad y a establecerse en la cercana Rancagua, desde donde se construyó una carretera que facilitaba el acceso a El Teniente. La nacionalización del cobre por parte del Gobierno chileno terminó con la entrada de dólares norteamericanos y, a finales de los 70, Sewell comenzó a desmantelarse.

Hoy solo queda en pie una cuarta parte de lo que fue Sewell, aunque se conservan medio centenar de edificios muy representativos de la época de mayor apogeo (varias viviendas, el hospital, la bolera, la escuela de ingenieros, un molino…) e incluso ha sido declarada patrimonio mundial.

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