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San Francisco, una ciudad que inspira al cine

San Francisco, una ciudad que inspira al cine

Publicado por PanamericanWorld el 27 de Septiembre del 2015

La ciudad de San Francisco es un set al aire libre. Una visita a esta renombrada urbe convierte al turista en el protagonista inesperado de clásicos del séptimo arte. Desde las empinadas calles por las que Steve McQueen perseguía a dos asesinos en su Ford Mustang en la icónica Bullitt (Peter Yates, 1968), a la isla-cárcel donde Clint Eastwood protagonizó una fuga legendaria con la ayuda de cucharas en Escape From Alcatraz (Don Siegel, 1979).

En la actualidad, San Francisco acoge por igual a fanáticos de la tecnología y emprendedores de startups de la anexa Silicon Valley, como a los hippies trasnochados que rastrean las huellas del Verano del Amor en el barrio de Haight-Ashbury. Esa encrucijada de calles que a finales de los sesenta acogió a Jimi Hendrix, Janis Joplin, Graham Nash (de Crosby, Stills and Nash), y las formaciones Grateful Dead y Jefferson Airplane.

En San Francisco proliferan las casas victorianas y eduardianas de finales del siglo XIX y principios del siglo XX, de un máximo de tres alturas, pintadas en vistosos colores. Las más reconocibles son las llamadas Painted Ladies, en Alamo Park, que aparecían en la cabecera de la serie Tres por tres (Full House). Esta arquitectura de reminiscencias inglesas se alterna en el núcleo urbano con los rastros del pasado colonial español, muy presentes en el barrio de Mission, puro latido latino, poblado de murales, grafitis y restaurantes bulliciosos donde degustar ceviche, huevos benedictinos y guacamole. El edificio más antiguo de la población y el que, precisamente, da nombre a este distrito es la Misión Dolores, construida en 1776 bajo las órdenes del fraile franciscano español Junípero Serra. Allí, Kim Novak acudía a su cementerio a visitar la tumba de su bisabuela, Carlota Valdés, al inicio de Vértigo (Alfred Hitchcock, 1958).

Todos los barrios tienen su encanto. Chinatown es una inmersión en la cultura asiática, con callejones repletos de pagodas, tiendas de souvenirs y restaurantes de comida china. El distrito Castro es uno de los principales santuarios mundiales de la comunidad gay en el mundo, con la bandera arcoíris luciendo en cada ventana, y la imagen de Harvey Milk, el concejal homosexual por cuyo papel Sean Penn se alzó con el Óscar al mejor actor en el 2008.

La zona de Fillmore es puro jazz; Japantown ofrece sushi y todo tipo de variedades en el centro comercial más kitsch fuera de Tokio, Japan Center, y Little Italy es un paraíso del buen comer italoamericano, con ultramarinos donde se vende aceite de oliva, parmesano y speck, panaderías que huelen a focaccia recién hecha y cafeterías donde se muele el grano de café en el momento.

El Café Trieste es una parada obligatoria para cinéfilos, pues entre sus paredes atestadas de fotografías de parroquianos ilustres, como Bill Cosby o el tenor Luciano Pavarotti, Francis Ford Coppola escribió el guión de El Padrino. En su rocola se puede escuchar música de Tony Bennett, Dean Martin y Roy Orbison, y también óperas que exaltan el ánimo de los congregados.

El skyline de San Francisco tiene su tope en el rascacielos Pirámide Transamérica, y su perfil más evocador en el Golden Gate, el rojizo puente colgante erigido en los años treinta. Sus 1,3 kilómetros han sido el escenario en el que Supermán rescataba a unos niños atrapados en un autobús; donde los monos de El planeta de los simios: (R)Evolución (Rupert Wyatt 2011) iniciaban su rebelión y sobre el que Magneto sembraba el pánico en X-Men 3 (Brett Ratner, 2006).

Hoy día, la construcción art déco invita a un sugerente paseo en bicicleta hasta la vecina Sausalito, una sofisticada localidad costera que conserva curiosas casas flotantes atracadas en su puerto como recuerdo de su pasado bohemio. En el trayecto hasta esta colonia de artistas, las vistas de la bahía conmueven y los jirones de niebla se enredan entre los cables del Golden Gate para deleite de los ciclistas.

Si el alquiler de bicicletas se hace en los muelles del puerto, en concreto en el Pier 41, donde queda Fisherman’s Warf, se puede echar un vistazo a una de las atracciones más recientes en la ciudad: el millar de leones marinos varados en el embarcadero desde el temblor de 1989. Y para tomar fuerzas antes del pedaleo, nada mejor que degustar el plato tradicional de los marineros: la cremosa sopa de almejas clam chowder, que se sirve en el interior de una hogaza de pan.

Si bien no es el más reputado, no resulta menos imponente el Bay Bridge. El otro puente colgante de San Francisco ostenta el título de la estructura de acero más extensa del mundo, con sus más de siete kilómetros. La plataforma conduce hacia Oakland y protagonizó uno de los mayores errores de la historia del cine. Cuando Dustin Hoffman conduce rumbo a Berkeley en El graduado (Mike Nichols, 1967), en realidad lo está haciendo de vuelta a San Francisco. Quizás porque como a todos los que visitan esta ciudad tan ecléctica como vibrante se le hacía difícil abandonarla.

Tranvías de ayer y de hoy

En 1947 la ciudadanía se opuso con fiereza a la desaparición de uno de los emblemas de San Francisco, su red de tranvías. En la actualidad, los ‘cable cars’, esos vetustos medios de transporte, tan encantadores como antiguos, que trepan y descienden en picado por las cumbres de la urbe, han sido declarados Patrimonio Histórico de la Humanidad. Market Street es el punto de partida de sus tres recorridos. En la ruta Powell-Hyde, el pasajero, que puede viajar tanto en el interior como en el exterior sujeto de las barras, podrá parar en Lombard Street, cinematográfica calle que serpentea en ocho curvas adornadas con macizos de flores. ‘Bullitt, What’s up doc?’ (Peter Bognadovich, 1972) y ‘Vértigo’ (Alfred Hitchcock, 1958) cuentan con secuencias que transcurren en este zigzag.

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