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Samaná, donde explota el mar del Caribe dominicano

Samaná, donde explota el mar del Caribe dominicano

Publicado por PanamericanWorld el 07 de Diciembre del 2015

En la Península de Samaná el mar del Caribe dominicano explota casi literalmente: hay increíbles playas, exuberante vegetación, clima tropical  –y muy húmedo con un promedio anual de 27 grados–, música, danza, ron, “celveza” y gente adorable por donde uno quiera que  vaya.

Rumbo a la aventura

A casi 200 kilómetros del Aeropuerto de las Américas por las rutas –en excelente estado– número 7 (más conocida como Juan  Pablo II) y la número 5 se llega a la provincia de Samaná, una península en el extremo norte de la isla actualmente  habitada con casi 150.000 personas, que además cuenta con un aeropuerto internacional para vuelos chárteres.

Bañadas por el océano Atlántico, en las playas samanenses predomina el verde cristalino en sus variadas tonalidades, aunque  dependiendo de las corrientes marinas, el verde pasa a celeste y éste a azul intenso como en los más bonitos destinos del  Caribe.

La capital de Samaná es Santa Bárbara, fundada en 1756, donde hoy viven cerca de 50.000 habitantes, descendientes no sólo  de los grupos originales –los indios ciguayos dominaron buena parte de la bahía– sino también de los franceses, ingleses y  españoles quienes, indistintamente, le proporcionaron al pequeño poblado una especial mistura racial.

Pueblo Príncipe –un puñado de tiendas céntricas tipo shoppings costeros, con oficinas de turismo, bancos y locales  artesanales– es el punto de encuentro de la movida los fines de semana, principalmente cuando arriban los cruceros, y la  zona del malecón se viste de gala para ofrecer la bienvenida a los visitantes.

Buena parte de Santa Bárbara de Samaná está dominada por la arquitectura inglesa: casas de diferentes colores con techos a  dos aguas, galería y baranda.

Cuentan viejos lugareños que en 1970 quisieron voltear el villorio y lo único que quedó en pie fue la Iglesia Evangelista  Dominicana, un antiguo edificio que data del 1800, que fue embalado por partes en Inglaterra y que en Samaná fue montada  pieza a pieza, como si fuera un puzzle. Hoy las viejas chapas y las maderas interiores resisten todos los vientos y todas  las lluvias, que jamás son pocas.

Una curiosidad que demuestra la diversidad racial y cultural de este pueblo: a 30 metros de la más importante iglesia  evangelista de la zona está la iglesia católica –religión predominante– más grande de la comarca.

El sábado es día de mercado regional donde los productores de todo tipo de frutas, verduras, granos y carnes ocupan un  sector lateral del centro del pueblo. El carnicero ofrece los cortes trozados a puro machetazo en medio de la calle, y los  “polleros” desguazan diestramente lo que en la Argentina es nuestra vieja, querida y nunca bien ponderada “pata-muslo” a 55  centavos –medio dólar– la onza.

En la ronda de callejuelas del mercado, las motos y “moto-concho” (apócope de “con chofer”) –típico taxi ligero–, surcan el  asfalto de a cientos. Hay barullo pero también respeto. Nadie grita. Tampoco hay insultos. Si fuera así sería el mismísimo  infierno, escenario que está cerca de serlo cuando aprietan los 30 grados pasado el mediodía.

Si el turista –básicamente canadiense, pero también francés, alemán, sueco– tiene suerte y funciona la electricidad, quizá  pueda tragarse una cerveza a 80 pesos dominicanos, menos que 2 dólares.

Cayo Levantado

Uno de los focos atractivos es la isla de Cayo Levantado, hasta donde se llega en 20 minutos en lancha surcando aguas  turquesas. La isla tiene una superficie de un kilómetro y medio y allí aguardan al visitante impactantes playas de arenas  blancas, reposeras, feria de artesanos, buena atención y descanso.

En enero, desde Cayo Levantado se observan bien de cerca a las ballenas jorobadas que en gran cantidad y luego de aparearse  vienen a la bahía a tener sus crías, un espectáculo que atrae turistas de a miles.

A 40 minutos de lancha hacia el suroeste se llega al Parque Nacional Los Haitises, un ramillete de pequeños  islotes de roca calcárea desbordados por una vegetación que parece querer escaparse de la porción de piedra que lo  contiene.

El catamarán Boca de Miel de la empresa Ebat pone proa con Frank al timón y Papo de guía, enfilando al corazón de la bahía  de San Lorenzo. La reserva forestal ocupa 200 km2 y allí la naturaleza talló un recorrido entre las formaciones rocosas con  bellísimos manglares y cuevas como la de San Gabriel, una pieza natural de 80 metros de extensión, y la Cueva de la Línea,  una sinuosa vereda húmeda y selvática horadada por el mar que se puede recorrer cuidadosamente hacia el corazón de la  piedra con bellísimas pictografías de los nativos que antiguamente ocupaban los islotes.

Puede sonar exagerado, pero después de ver tanta incomparable belleza natural alguien podría suponer que ya lo vio todo.  De ninguna manera es así. La “palte nolte” de República Dominicana tiene más belleza para disfrutar todavía.

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