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Una ruta diferente por República Dominicana

Una ruta diferente por República Dominicana

Publicado por PanamericanWorld el 29 de Julio del 2015

Bailemos un merengue hasta la madrugada: el furioso merengue que ha sido nuestra historia”. Con el eco del poema de Franklin Mieses Burgos (1907-1976) recorremos la República Dominicana. Nuestra guía turístico-literaria: la Antología de la poesía del siglo XX en República Dominicana (Visor, 2011). Leer este volumen paseando por las calles de Santo Domingo o por ciudades como La Vega, Santiago de los Caballeros, Baní o el paradisiaco y poco turístico Palmar de Ocoa nos acerca a las costumbres, las artes, la música y el mestizaje de un país cuya historia ha sido cincelada a base de machete. Pero también nos muestra la alegría de la gente y el esfuerzo de una sociedad emergente para consolidarse.

Árboles tropicales

Quienes no solo busquen playas y discotecas, la capital, Santo Domingo, ofrece una inmersión en los albores de la Edad Moderna y en el siglo XVI, incluso con muestras de gótico tardío. Hay que dejarse llevar por el instinto, el azar objetivo, que dirían los surrealistas. Así se van descubriendo palacios, monumentos, casas de piedra, conventos, iglesias, ermitas o plazas recogidas bajo la sombra de grandes árboles tropicales en la ciudad colonial.

Una playa de Punta Cana, en República Dominicana. / GETTY IMAGES

El centro histórico ofrece una nutrida gama de restaurantes donde desayunar, almorzar o cenar, fundamentalmente por la peatonal calle del Conde, y yendo por la calle de las Damas, la primera del Nuevo Mundo, hasta la espectacular plaza de España, frente al Alcázar. Por ejemplo, el Pat’e Palo. La mayoría de estos locales se encuentran en edificios históricos restaurados. En la calle de Casimiro de Moya podemos visitar el conocido restaurante vegetariano Ananda y el típico Conuco. También está Lulú, en la ciudad colonial, o de ambiente bohemio y frente a la catedral el bar restaurante El Conde, popularmente llamado Palacio de la Esquizofrenia, término que acuñó el poeta Antonio Fernández Spencer (1922-1995).

Para quien quiera salir de la zona colonial y busque cocina internacional, puede acercarse a Nipau, en el Ensanche Naco, o a los exquisitos restaurantes españoles, en otros sectores residenciales modernos, como Boga Boga, El Gallego o Jamón Jamón, todos regentados por españoles afincados aquí.

En el parque de Colón se halla la estatua del genovés, frente a la catedral Primada de América, de estilo renacentista plateresco, con una imperial águila bicéfala. No hay que dejar de visitar el magnífico Alcázar de Colón, con sus atarazanas, construido por el virrey Diego de Colón en 1510, en la desembocadura del río Ozama. Por el malecón se recorre la antigua muralla, con sus fortificaciones y bastiones, hasta llegar al faro Colón. Se disputan con Sevilla los restos óseos del descubridor, aunque nunca se dilucidará dónde se hallan realmente. Pero lo cierto es que aquí Colón creyó haber encontrado el sitio donde hacer fortuna.

En la calle de las Mercedes

El Museo de las Casas Reales o la Fortaleza Ozama podrían completar un itinerario que no hemos hecho más que perfilar, sin olvidar la calle de las Mercedes, que posee dos referencias literarias. Sendas placas conmemorativas así lo recuerdan: la casona —hoy hotel en restauración— donde se hospedó José Martí, poeta y líder de la revolución cubana, y la iglesia de las Mercedes, donde residió Tirso de Molina en los tres años (1615-1618) que enseñó teología en la que se considera la primera Universidad americana, fundada por frailes dominicos en 1538.

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