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República Dominicana, esa manera de honrar la vida

República Dominicana, esa manera de honrar la vida

Publicado por Juan Gavasa el 16 de Febrero del 2014

El Caribe tiene un atractivo muy especial, particularmente para quienes vivimos en una región mediterránea. Los colores del mar; las playas; los tonos de verde; la piel morena de la mayoría de sus pobladores, y los tonos pasteles con los que pintan sus viviendas, conforman una paleta de pintor a los ojos del visitante. Si a todo eso se le suma el sonido de la música caribeña, pegadiza y “movilizadora”, y la cadencia de los ritmos locales, el combo resulta irresistible.

En ese marco, hay una isla que fue la primera que pisaron botas europeas calzadas por hombres blancos cuando llegó la expedición de Cristóbal Colón y la comparten Haití y la República Dominicana. Cuando el vigía de la Santa María, Rodrigo de Triana, gritó “¡tierra!”, el navegante descubridor decidió bajar allí y bautizó ese suelo como La Española.

Luego la isla, poblada por taínos, fue visitada por muchas otras naves, con más hombres blancos que además traían a otra gente, de piel negra y origen africano. Al margen del desgraciado destino de aborígenes y esclavos africanos, la conquista impuso en esa y otras islas y territorios continentales, la mezcla cultural que aún hoy persiste de taínos, negros y blancos y que proporciona uno de los encantos del Caribe.

Pero, por razones que forman parte de esa abstracción llamada geopolítica que plasmaron los dominadores, fue la República Dominicana la que resultó beneficiada con un destino turístico, relegando a Haití a la pobreza, los desastres naturales y la eterna postergación.

Tlemenda mami

Un aspecto de esa cultura multirracial es la idiosincrasia de los dominicanos. Ya sea en la playa o por las calles de sus ciudades y poblados, el visitante podrá ver mujeres pulposas, de armoniosas formas y cuerpos esculturales, con piel morena o cetrina (las mestizas), moviendo cadenciosamente sus caderas y con una mirada desafiante en sus rostros.

Ante semejante espectáculo, muchos turistas quedan alelados (a riesgo de recibir un codazo en las costillas de parte de sus cónyuges). Si tiene cerca un moreno local, preste atención porque seguramente podrá escuchar: “¡Tlemenda maaami!”. Esa también es parte de su idiosincrasia. 

Los dominicanos (y dominicanas también, claro) admiran la belleza del sexo opuesto y lo manifiestan abiertamente, sin complejos ni tapujos. Y la “l” de tlemenda no es un error ortográfico, es la forma de hablar de los locales. Si se hace una pregunta o consulta una dirección, le dirán “sí, mi amol” y si se llama Fernando, será “Felnando”.

Decir “mi amol” no tiene otra connotación que un reflejo de esa manera de ser y tanto lo dicen hombres como mujeres pero, eso sí, siempre dirigido a alguien del sexo opuesto. Se dice que si uno no conoce a la gente que lo habita, no conoce el lugar. Cuando conozca a los dominicanos lo entenderá.

Algo de eso descubrirá si se mezcla con ellos e imita sus costumbres, lo cual no es ni peligroso ni rechazado por los mismos dominicanos; al contrario, lo consideran una muestra de amistad. Y si escucha un caluroso “ia tú sabe”, podrá decir que es bienvenido. Este contacto trae aparejado el acceso a un menú que bien vale la pena probar, con los consabidos riesgos si se excede. Por ejemplo, probar la “vitamina R”, que no es otra cosa que el ron dominicano y está presente en casi todas los tragos y cócteles, además de consumirlo puro, con hielo.

También le ofrecerán la “mamajuana”, bebida típica elaborada a base de ron a la que se le adjudican propiedades curativas y energizantes (le llaman el “Viagra dominicano”). Otras delicatessen para probar son los puros fabricados con tabaco de la isla (suaves y de muy buen blend); los “Cuba libre”, ron con gaseosa cola, y los “santo libre”, ron con gaseosa blanca. Todo eso puede ser consumido ya sea en un bar o una disco, con ritmo de bachata y luces; en la playa, mirando el oleaje suave del mar, o en un bar frecuentado por los dominicanos, donde al principio lo mirarán y al rato será uno más de ellos.

Santo Domingo

Una visita a la capital dominicana, Santo Domingo, permitirá descubrir que el hecho de ser el primer punto que pisó Cristóbal Colón en América, marcó fuerte a toda la isla y en particular a la ciudad. Y esto lo podrá ver no sólo en la arquitectura colonial de la capital, sino que es particularmente notable en uno de los principales sitios a visitar: el monumental mausoleo destinado al descubrimiento de América, y a su descubridor, Cristóbal Colón, con una urna donde aseguran que están sus restos. 

Además, en los grandes pabellones, que en una vista aérea conforman una cruz, están representados todos los países de América; el proceso de colonización llevado a cabo por los españoles, y las gestas independentistas de Latinoamérica. Otra muestra de ser el origen del descubrimiento, está también en la catedral más antigua del continente, que tiene tres nombres: Catedral de Santo Domingo; Catedral de Santa María la Menor, y Catedral Primada de América, por ser la primera consagrada en el nuevo continente, en 1504. Está ubicada en la zona colonial de Santo Domingo, la capital, a mitad de camino entre Punta Cana y Puerto Plata, hacia donde los llevamos ahora.

De Punta Cana a Puerto Plata

Pese a las restricciones, resoluciones de Afip e inconvenientes para hacerse de algunas divisas, los argentinos y en particular los cordobeses, han hecho engrosar las estadísticas de turistas en República Dominicana. Es el mercado que mayor crecimiento mostró en los últimos años. Es que lo que ofrece el destino es muy atractivo: servicios de alojamiento y gastronomía excelentes; idioma español; no requiere visado de pasaportes, y puede viajar directamente de Córdoba, con Copa vía Panamá, sin pasar por Ezeiza.

Una vez allá, el Caribe invita a zambullirse en sus aguas en cada una de las playas que se visiten, sean en Punta Cana, La Romana, Puerto Plata o la cada vez más visitada Samaná. Punta Cana está en el extremo sudeste de la isla, sobre el canal de la Mona, entre el océano Atlántico y el mar Caribe. Describir sus playas es caer en lugares comunes: aguas azul turquesa; arenas blancas, e infinidad de verdes en sus palmeras y otras especies autóctonas (las palmeras no lo son, ya que provienen de Asia).

Lo que no está en folleto alguno es cómo hacer que la visita sea inolvidable y amerite un regreso y eso tiene que ver con la experiencia de cada viajero. No bien se pisa tierra, en el aeropuerto de Punta Cana, uno se siente transportado al Caribe: al edificio, sin paredes y con techo de hojas de palma sostenido por gruesas columnas de madera, se ingresa directamente desde la pista de aterrizaje. El viaje desde allí hasta alguno de los complejos hoteleros del lugar –en nuestro caso, el RIU Palace Bávaro– es un despliegue de paisajes con lujuriosos verdes, en el que destacan las palmas reales y otras con forma de abanico. De allí salen las hojas para la techumbre del aeropuerto, por ejemplo.

Puerto Plata

La tradición dice que cuando Colón se acercaba a la costa de la isla, lo primero que notó fue su brillo y, una vez en tierra, decidió llamarla “Puerto de Plata”. En una expedición posterior, su hermano Bartolomé la denominó oficialmente como San Felipe de Puerto Plata, nombre que aún conserva. La explicación del porqué brillaba la costa a la vista de los navegantes tiene, como tantas otras cosas, dos o más bibliotecas. Pero las más comunes y aceptadas son que las aguas, a la caída del sol, reflejaban la luz solar con un tono marcadamente plateado, o que esos destellos provenían de un árbol de la zona, llamado grayumbo cuyas hojas son muy verdes en su anverso y bien plateadas en su reverso. Por obra del sol, el reflejo plateado se veía de lejos.

Puerto Plata tiene otros nombres, producto de la tradición popular de sus habitantes, como “La Costa del Ámbar”, por la presencia de esa piedra semipreciosa en la zona. Incluso hay un Museo del Ámbar, digno de ser visitado. Lo concreto es que Puerto Plata queda en la costa norte de la isla, a ocho horas de Punta Cana por carretera. Allí es donde el viajero se encontrará con la esencia del ser dominicano. La cultura popular, las costumbres y la vida cotidiana tienen la marca indeleble de su composición racial: 73 por ciento mulatos, 11 por ciento negros y 16 por ciento blancos.

Allí es donde más se nota aquella cultura multirracial de la que hablábamos al comienzo, en los habitantes originarios, los taínos; los esclavos africanos que fueron trasladados a la isla, y los españoles. Su frondosa vegetación sirvió de escenario para filmar una parte de la película Jurassic Park. En Puerto Plata la vida transcurre más tranquila, también para los turistas, que pueden caminar tranquilos por el Parque Independencia, donde está la Catedral San Felipe, en pleno centro colonial de la ciudad, con casas muy bellas que están siendo puestas en valor; o visitar La Puntilla y recorrer el Malecón hasta la Fortaleza San Felipe.

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