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Cómo un niño de los barrios más pobres de la ciudad pasó a ser el mejor golfista de Uruguay

Cómo un niño de los barrios más pobres de la ciudad pasó a ser el mejor golfista de Uruguay

Publicado por José Peralta el 08 de Octubre del 2014

Por negro, bajito y gordito, sus blancos y más espigados compañeros comenzaron a llamarlo Bola 8. Aunque aún no era el número uno del Uruguay, el juvenil Juan Álvarez ya se había ganado un lugar en el pequeño mundo del golf local y entrenaba en el refinado club de Punta Carretas.

Levantarse cada mañana y atravesar la ciudad desde el Cerro pasó a ser una hazaña, como ir al liceo 50, porque no siempre había plata para el ómnibus y la disciplina no es el fuerte de este golfista amateur que a los 21 años lleva recorrido medio mundo con 14 costosos palos de titanio a cuestas, pero sin haber terminado la enseñanza básica.

Un barrio con “efervescencia”. Cuando termina la rambla y queda atrás la Base Naval del Cerro, donde tienen su asiento los Fusileros Navales, está el Club de Golf del Cerro, que ocupa 50 hectáreas. Unas 80 familias, muchas que viven de la construcción, habitan una franja de tierra lindera a la cancha, camino a Punta Yeguas y Santa Catalina, dos barrios con muchos problemas sociales que se han visto conmocionados por la construcción de una planta regasificadora que afecta su entorno.

En esta parte del departamento la tasa de natalidad es más alta que la media. “¡Hay una efervescencia...!” resume el padre de Juan Álvarez.

No todo el mundo se anima a ir a jugar al golf a un lugar así. Y los que van procuran estar lejos cuando cae el sol. Juan Álvarez se mueve como pez en el agua. Cuando sale, ahora con una Yumbo 125, se siente un poco extraño y su timidez aumenta.

El mes pasado viajó a Nagasaki (Japón) para jugar el campeonato mundial amateur. Antes estuvo en los mundiales de Argentina y Turquía; en Ecuador, donde debutó como internacional hace siete años, Colombia, Jamaica, Brasil y Gran Bretaña. Álvarez ganó los torneos locales más importantes: el Abierto Ciudad de Montevideo, la Copa de Oro Cantegril Country Club y el Campeonato Nacional.

Este presente de partidos ganados, entrevistas en la tele y viajes por el mundo para representar a Uruguay no fue forjado en el ambiente glamoroso que rodea al golf.Antes de ser el Bola, Juan era un niño mimoso de su madre, que andaba siempre detrás de su padre, cuando éste trabajaba como caddie cargando la pesada bolsa de palos de hoyo en hoyo en el Club de Golf del Cerro.

A los cinco años empezó a dar golpes de golf y desde entonces no ha parado. Pero que el hijo de un caddie anduviera jugando con los palos no era bien visto. El club lo habían construido “los ingleses” (en realidad estadounidenses) del vecino frigorífico Swift, cuya casa matriz estaba en Chicago, y lo dirigían clasistas descendientes de éstos. Juan Álvarez padre, que había trabajado como obrero en los frigoríficos Nacional y Swift, además de hacer changas en la construcción, residía con su mujer (fallecida hace poco) y ocho hijos en una casa construida a pulmón en un terreno municipal junto a la playa.

Desde la puerta de su casa hasta el hoyo 6 de la cancha de golf hay menos de 20 metros. Sin embargo, hasta un tiempo después de nacido su hijo —al que llamó igual que él— no se vinculó al club. Hasta entonces, jamás había pisado “la quinta”, como le dicen en el barrio al Club de Golf del Cerro. Todo comenzó cuando un amigo, que sabía que necesitaba trabajo, le ofreció ir a juntar pelotas para hacerse unos pesos; terminó trabajando 20 años de caddie, primero con un brasileño y luego con uruguayos y coreanos, entre ellos algunos jerarcas del grupo Moon.

A diferencia de su padre, el niño Juan se sintió atraído desde muy chico por el juego de los palos y la pelotita. Para lograr que lo aceptaran tuvo que vencer los prejuicios de “los ingleses” y de muchos criollos que los despreciaban por pobres y que no gustaban compartir el juego y ni siquiera el contenido de una botella de agua o refresco, aún después de cinco horas de caminata en los días más calientes del verano.

Tímido, Juan disfrutó con sus amigos el fútbol en la playa y las primeras salidas a los bailes o a ver a Peñarol, pero jamás les contó que jugaba muy bien al golf. Y jugaba muy bien. A pesar de su baja estatura, de una tendencia al sobrepeso y de escasa educación, el muchacho destacó como golfista por su temperamento. Alcides Flores, un ex jugador internacional del Cerro, lo descubrió, apadrinó y defendió.

Del Cerro a St. Andrews. En 2007, Santiago Laverne lo llevó a Punta Carretas. Poco después, sus amigos de Punta Sayago quedaron “de cara” cuando supieron que se iba por un fin de semana a jugar un campeonato a Quito. Además de los nervios de la primera competencia internacional, a Juan también lo asustaba que era la primera vez que se iba a subir a un avión y no sabía ni llenar los formularios.

Cuando llegó a Turquía en 2012 ya era un experiente jugador con dotes extraordinarios y un carisma especial al que jugadores de diversas partes del mundo saludaban con cariño y conocían por su apodo. Sin embargo, cuando los demás muchachos salían a conocer el país anfitrión, a menudo él se quedaba en la habitación con cualquier pretexto porque no tenía plata ni para una hamburguesa.

Algo parecido le ocurría cuando tenía que ir a jugar a Punta del Este. Su padre lo acompañaba hasta Tres Cruces y le daba plata para el boleto de vuelta, pero poco más, así que cuando todos los jugadores hacían una clásica parada para beber un refresco en el hoyo 9, a mitad del partido, él se colocaba en el green 10 y esperaba.

Los éxitos deportivos y los bolsillos vacíos empujaron a Álvarez a convertirse en profesional. En contra de la opinión de los más conocedores, que consideraban que aún no era el momento, obtuvo el apoyo económico de un sponsor para pasar al profesionalismo. Pocos meses después se vio que aún no estaba maduro para enfrentar los costos económicos y psicológicos de figurar en el ranking internacional. A nivel amateur figura en el número 306 del ranking mundial y aspira a ser el primero de Sudamérica.

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