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Misterios, supersticiones y un fascinante paisaje en Chiloé

Misterios, supersticiones y un fascinante paisaje en Chiloé

Publicado por PanamericanWorld el 12 de Enero del 2016

La Isla Grande Chiloé, en el sur de Chile, es un sitio especial, con un toque de misterio, en el que resaltan los exuberantes paisajes, una gastronomía única y grandes iglesias de madera del siglo XVIII, declaradas Patrimonio Histórico de la Humanidad.

Entre los caminos sinuosos de Castro, capital de la segunda isla más grande de América del Sur después de Tierra del Fuego, resalta un verde intenso en la vegetación por las constantes lluvias y con sólo unos minutos de recorrida, tanto en el norte como en el sur, irrumpen los palafitos. Las clásicas viviendas apoyadas en pilotes de luma –una madera patagónica muy resistente–, posan a orillas del mar, y encantan a simple vista como las leyendas de los pescadores isleños.

Según detallan los guías, los primeros palafitos fueron construidos en el siglo XIX por campesinos que no tenían terreno propio. Hay que estar atento porque en distintos momentos del día se los puede ver con el agua casi hasta el tope, o bien con sus postes desnudos, de unos seis metros y los botes sobre la arena, amarrados con largas sogas.

Cada seis horas sube y baja la marea, en una postal única desde el Puente Gamboa del lado sur o en la calle Pedro Montt en el norte. Las casas de intensos colores reposando sobre el mar, lucen las características tejuelas de madera: antiguamente se consideraba que el mayor trabajo en el diseño representaba un estado social superior.

Aunque está prohibido restaurar los palafitos, los dueños los mantienen, arreglan y hasta comercializan ya que muchos fueron reconvertidos en restaurantes, cafés y hoteles. Son parte de la cultura de la isla y uno de sus atractivos turísticos.

Por otro lado, en el centro, frente a la Plaza de Armas se mantiene firme la iglesia San Francisco, otro de los orgullos de Chiloé. Se diferencia del resto de las capillas porque tiene un diseño neogótico pensado por el italiano Eduardo Provasoli, pero el denominador común está en que fue construida por carpinteros locales. Los inicios de la obra datan de 1567, pero tras varios incendios y destrucciones por temporales, volvió a levantarse en 1911.

La mirada en el océano

En el extremo oeste de la isla, se encuentra Cucao, el sitio que el océano Pacífico encontró para ser contemplado. Hace tan sólo diez años, para llegar desde Castro, había que recorrer un tramo de pavimento y luego un camino de 30 kilómetros de ripio para disfrutar de este escondite sólo conocido por sus grandes playas vírgenes. Hoy el camino ya es de asfalto y esto sumó más visitas al lado occidental de la isla, dando impulso al desarrollo turístico.

De vuelta en la ruta, la mayoría del trayecto es contorneado por el lago Huillinco, el más grande de Chiloé. Si se lo observa con detenimiento se pueden ver tonos color café, ya que los taninos de las raíces del tepú, una planta local, tiñen el agua.

Ya en Cucao, tras una caminata de una hora entre bosques y praderas dentro de Punta Pirulil, se asoman acantilados y una vista del mar imperdible, donde la obra del artista Marcelo Orellana define un mirador para la inmensidad del mar. Se trata del Muelle de las Almas, construido en 2005. Según los guías, su forma ascendente hacia el cielo invoca al más allá y se angosta hacia el final, como una síntesis de un camino de soledad hacia la muerte.

Ubicado en un lugar único, donde además se puede escuchar el aullar de los lobos marinos, que en la leyenda local se confunden con los gritos de las almas, esta pasarela-escultura se convirtió en una referencia turística. Por las dudas, la creencia supersticiosa indica que lo mejor es no dialogar con las ánimas en pena.

Un dato práctico a tener en cuenta tanto para este sector como para el resto de la Isla Grande de Chiloé es llevar una campera liviana. Suelen aparecer algunas lloviznas pasajeras que con los vientos del Pacífico dejan lugar rápidamente a un caluroso día soleado.

Navegación con compañía

Más de una decena de pequeñas islas conforman el archipiélago de Chiloé. Frenan el oleaje y permiten una navegación tranquila, mientras uno admira las elevaciones de cada uno de estos fragmentos de tierra plagados de plantas y praderas verdes.

La geografía también está invadida por la leyenda, ya que los lugareños dan crédito al mito mapuche de la pelea entre una serpiente monstruosa, Caicai Vilu, que inundó las tierras, y otra serpiente buena, Trentren Vilu (o Ten Ten Vilu), que la enfrentó y logró proteger a los habitantes de la muerte, aunque no pudo devolverle a la isla su planicie original.

Volviendo a los paseos por el mar calmo, se hacen desde Tenaún o Castro, bajo la atenta mirada del volcán Corcovado, ubicado en el lado continental de Chile. La navegación pasa junto a las salmoneras, que con formas circulares flotando en el mar son parte principal de la actividad económica de la isla, junto a los criaderos de choritos, como llaman a los mejillones. Incluso se pueden encontrar en el camino algunos de los cientos de pescadores que venden mariscos frescos desde los botes. Con un poco de limón y sal son imperdibles para un manjar a bordo.

También se puede navegar en kayak, lo que da la posibilidad de disfrutar el entorno natural con más cercanía –como las enormes hojas de nalca, con las que se cocina el curanto, sello tradicional de la gastronomía chilota– y en medio del silencio profundo del mar.

Para el regreso a Castro en barco –y después de pasar frente a Dalcahue–, hay que estar atento, con la mirada en el mar porque las toninas overas pueden acompañar la navegación. Ahí se las ve, jugando frente al paso del Williche, el barco del hotel Tierra Chiloé. Saltan, pasan a toda velocidad por debajo de la nave y desafían a quienes quieren sacar fotos.

Iglesias únicas

A una hora del centro de la isla, el camino surca terrenos irregulares donde las ovejas son protagonistas y en cada pequeña casa –la mayoría pone a flamear la bandera chilena en el frente– también asoma la huerta con la que los isleños se abastecen. Al llegar a Tenaún, la arquitectura se repite y todas las casas próximas al mar están elevadas unos centímetros de la tierra. Es que más allá de las crecidas del Pacífico, en la isla llueven unos 300 días al año, aunque muchas son tormentas pasajeras.

En la avenida principal del pequeño pueblo costero dice presente en blanco y azul la iglesia Nuestra Señora del Patrocinio. “Yo estoy encargada de la llave de la capilla, llegué a Tenaún en 1958”, comenta con un tono pausado Juanita, que entre sus recuerdos más fuertes está aquel terremoto de 1960, el que vio entrar al mar en el pueblo. Hoy los carteles de prevención de tsunamis conviven con el silencio de las cuadras polvorientas y los viejos letreros de almacenes o el del único restaurante El Cañazo.

S i bien el archipiélago tiene más de 60 templos católicos, la iglesia de Tenaún es una de las 16 que destacó la Unesco. Con pisos revestidos en alerce, fuertes estructuras de coihue y canelo, su nave interior tiene la forma de un barco dado vuelta. En la fachada manda una torre de 26 metros que alberga al campanario y que hace muchos años también servía de faro para los navegantes.

Otras de las iglesias más reconocidas son las de Achao o la de San Carlos Borromeo, en Chonchi. Ya sea las que son Patrimonio de la Humanidad como el resto, en cualquiera de los caminos secundarios de los 230 kilómetros de la ruta 5 –que corta la isla de norte a sur–, se pueden apreciar estas capillas centenarias.

Desde hace años que Chiloé vive un impulso turístico que ya se nota en su oferta de hotelería y gastronomía. La región era reconocida por su cocina típica con mariscos y sus atractivos naturales. Pero en el año 2000, el título otorgado por la Unesco a sus iglesias la posicionaron en el mapa mundial. A esto se sumó que desde fines de 2012, la apertura del aeródromo Macopulli multiplicó la llegada de turistas. Y allí van en busca de la cultura local, de esa particular arquitectura, de los sabores típicos y de las historias que convocan a orillas del mar.

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