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Lima a bordo de una "combi"

Lima a bordo de una "combi"

Publicado por Juan Gavasa el 21 de Julio del 2014

La adrenalina está garantizada a bordo de estos minibuses que marcan el ritmo de las congestionadas arterias limeñas. Velocidad, pitidos, frenazos y ausencia de distancias de seguridad convierten el recorrido en lo opuesto a un viaje de placer. Bajo las ruedas de una combi se obra el milagro de la multiplicación de los carriles, fenómeno inaudito para los turistas occidentales. No por casualidad, el caótico tráfico de la capital peruana fue objeto en 2013 de un reportaje de Discovery Channel, dentro de la serie Don’t drive here.

Para quien quiera vivir esta experiencia, aquí van algunos consejos prácticos que recrean, para los menos osados, este viaje alucinante sin necesidad de padecer el frenesí del manejo a la peruana. Para ellos hay dos alternativas más sosegadas de transporte público, el autobús Metropolitano y el tren eléctrico, mientras avanza la construcción del metro limeño.

Abstenerse personas de gran altura o claustrofóbicas. En sus aproximadamente cinco metros de longitud, las combis suelen aglutinar en su interior un inaudito número de pasajeros, como señoras cargadas con bolsas que preguntan a quienes van sentados si pueden llevarlas en las rodillas (las bolsas, no a las señoras). Cuando parece que ya se han rebasado los límites de la física y el récord de un pueblo entero apiñado en un Seat 600, el cobrador informa de que “¡al fondo hay sitio!”.

El tintineo de las monedas en su mano semi abierta ameniza el trayecto. Cuando las cumbias a todo volumen de la selección musical del conductor dificultan su misión, el cobrador recuerda a los viajeros la obligación de pagar el solsito a la voz de “¡pasajes en la mano!”.

El precio del boleto oscila entre 50 céntimos y dos soles, menos de un euro, dependiendo de la distancia a destino. No existe la posibilidad de efectuar transbordos con el mismo billete de una a otra combi, hay que volver a pagar ya que la gestión de este transporte corre a cargo de diversas empresas privadas que son además las que fijan las tarifas.

El cobrador recolecta el monto de los billetes pasajero a pasajero, moviéndose como puede de un extremo a otro de la combi. Entre sus responsabilidades se encuentra la de anunciar en cada parada el itinerario que recorre el vehículo. “¡Arequipa, Arequipa, todo Arequipa!” y “¡Javier Prado, Javier Prado!” son dos de las más escuchadas, especialmente en los distritos de Miraflores y San Isidro, ya que corresponden a dos de las avenidas más largas de la ciudad. Finalmente, se encarga de jalar a nuevos usuarios con una tentadora propuesta: “¡suba, suba!”.

El datador es el tercer protagonista del mundo combi, un personaje que aparece en algunas paradas con cuaderno y bolígrafo en mano gritándole al conductor tres enigmáticas cifras entre el uno y el diez, mientras el cobrador le lanza una moneda por la ventanilla. Esta especie de código que solo ellos parecen entender es un simple pero efectivo análisis de la competencia. El primer número corresponde a la línea de la combi que va delante, el segundo al número de minutos que han pasado desde que se detuvo en esa misma parada y el último es una valoración de nivel de ocupación. Por ejemplo, “¡dos, uno, seis! ¡dos, uno, seis!” significa que ha pasado una combi de la línea dos hace un minuto con una ocupación de poco más de la mitad. La valoración de los conceptos de lleno y vacío responde a una fórmula absolutamente indescifrable.

Para subirse a una combi primero hay que conseguir que se detenga. Para ello, el futuro y aventurado usuario debe situarse bajo la placa azul y blanca que reza paraderoy levantar el brazo cuando vea el vehículo en el horizonte. No siempre es un requisito indispensable, ya que no es infrecuente que las combis acudan allá donde ven un brazo en alto y una mano agitándose. En dichos paraderos no hay información disponible sobre rutas o líneas, por lo que es importante conocer de antemano el recorrido que lacombi realiza o preguntar si pasa por nuestro destino antes de subir. Los nombres de calles escritos en los laterales de los minibuses dan una pista de la ruta que sigue.

Para bajar, hay que avisar al conductor y al cobrador de nuestras intenciones. Basta 

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