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James Rodríguez, el crecimiento de un futbolista

James Rodríguez, el crecimiento de un futbolista

Publicado por Juan Gavasa el 03 de Noviembre del 2014

Suena alta una canción en la sala de recuperación física de Valdebebas. No es bachata, sino el flamenco pop de El Barrio, pero James David Rodríguez (Cúcuta, Colombia. 1991) lo escucha moviendo ligeramente la barbilla, como empapándose del nuevo ritmo. Son las 12.30 de la mañana y acaba de terminar la sesión de recuperación que había preparado Carlo Ancelotti. Trabajo suave y mimos a las piernas mientras en las pantallas planas que cuelgan de cada rincón se emite el partido de San Mamés. Todos miran de reojo el choque matutino. Va ganando el Athletic al Sevilla. Ese resultado, unido a la victoria del Real Madrid en Granada el sábado y a la derrota del Barcelona ante el Celta, coloca a los blancos al frente de la Liga. Es difícil disimular la atmósfera de alegría. Los jugadores van saliendo del vestuario entre bromas, la mayoría de Ramos, que tiene para todos.

James, avisan los empleados del club, es de los que más tarda en terminar sus masajes y en acicalarse. «Chico tranquilo, para todo», dice su tío Alberto, el familiar que estos días le acompaña en Madrid. Se alterna con su madre a petición del futbolista, fanático del hogar, de su mujer y, sobre todo, de su nena: Salomé, 13 meses y un derroche de energía agotador, según confirma el papá mientras obedece sin pereza las indicaciones del fotógrafo. Posa para DXT horas después de firmar su partido más completo con el Real Madrid. El primero de sus dos goles en Los Cármenes recordó al misil con el que se presentó al planeta en el Mundial de Brasil, aquella volea a Uruguay tras controlar con el pecho en la frontal del área. El mejor tanto del torneo, firmado además el día justo, cuando se estaba negociando su traspaso al gigante español.

Sus compañeros le preguntaron si en Granada disparó con intención o sin pensar. «La pegué bien. Vi que estaba el portero un poco adelantado», resumía su primer tanto en Granada. Después hizo otro de nueve puro, en el corazón del área pequeña. «Están saliendo las cosas», reconoce, mientras sigue de fondo los compases del último disco barriero. Parece querer aprender el tema. Así lleva desde julio cuando fichó por el Real Madrid, con los ojos y oídos muy abiertos. Un contagio de ida y vuelta. Él se hace al equipo y éste a él, a su fútbol de seda, impulso de la seductora evolución del campeón de Europa. La música en el vestuario todavía la pone Sergio Ramos, pero en el campo el juego sale de las notas de intérpretes como Isco, Modric, Benzema y James, fichaje del verano y uno de los rostros del cambio.

«Tengo otra entrevista, James. Imagínate que fuera tú. ¡No daría abasto!», le grita Chicharito Hernández cuando se cruzan en el bullir del domingo por la mañana en la residencia de Valdebebas, fortaleza de trabajo, descanso y relaciones públicas. En el hall de la entrada esperan la hija de Aitor Ocio, ex del Sevilla, para fotografiarse con las estrellas blancas. A su lado, familiares de Keylor Navas aguardan al portero y más allá, tímidos en un lateral, miran con cara de asombro dos jóvenes futbolistas de República Democrática del Congo que han llegado a Madrid peregrinando desde Francia. «A pie», le explican a James, que acaba de pararse también con ellos. Se aprendió pronto el nombre del personal de la ciudad deportiva, mientras le tomaba las medidas a la moderna construcción, centro único en el fútbol europeo, según apunta Carlo Ancelotti. Por las cristaleras del despacho del entrenador se ve a Jesé Rodríguez en el campo sur, esprintando y tirando duro a puerta, a punto de abandonar la última casilla de su proceso de recuperación.

James viste camiseta gris de Dsquared2 (cerca de 200 euros en la página web de la marca), lleva gafas de aviador y coloristas zapatillas de baloncesto. Mira la decoración de los pasillos. Escenas en blanco y negro de Di Stéfano, siluetas de Zidane e imágenes de la celebración de la Décima en Lisboa. Un empleado porta una enorme fotografía enmarcada de Cristiano celebrando su primer gol en Anfield, la semana pasada. Quiere el cuadro la estrella para su museo en Madeira. «Es el mejor del mundo. Impresiona su forma de trabajar», le dedica el colombiano, admirador y amigo del gran referente de este equipo de muchos rostros. Él apenas ha necesitado dos meses para reclamar foco y disipar las nubes que siempre portan los fichajes millonarios del Real Madrid. La comparación con Di María ha desaparecido del debate. Hace goles, regala asistencias e insufla aromas nuevos al ataque blanco.

Florentino Pérez se fijó en él cuando jugaba en el Oporto. Su estilo encajaba en los gustos del presidente, como bien conocía Jorge Mendes, su representante y súper agente del fútbol europeo. Los informes sobre su personalidad completaron el dossier del fichaje. Sin deslices, siempre cerca de Daniela Ospina, su pareja desde que tenía 16 años. Hermana del portero de la selección colombiana, jugó profesionalmente al voleibol hasta convertirse en madre. Ahora en Madrid una pequeña lesión ha interrumpido sus entrenamientos con un club.

La Finca

La pareja reside en La Finca, la famosa urbanización de lujo, visita restaurantes de moda y pisan a la carrera centros comerciales. Tras vivir la tranquilidad de Mónaco en la pasada temporada, su popularidad en España a veces le agobia. La pasada semana, un corto paseo por la Gran Vía entre un párking y el edificio de la Cadena Ser, donde acudió a una entrevista, se convirtió en un tumulto de autógrafos y fotos con el móvil. Prefiere la calma del hogar, donde una asistente colombiana le prepara sus platos favoritos. El control de la dieta le aleja de su especialidad bandera, la bandeja paisa: plato combinado de frijoles, arepas, plátano, arroz, chorizo, patacón, aguacate... Una bomba que daba combustible a los recolectores de café.

«Es un buen chico. Muy serio», dicen en el club, sorprendidos con la profesionalidad de un jugador de tan sólo 23 años que cuida todos los flancos del oficio. Se interesa por el periódico para el que posa, se preocupa por su presencia en las redes sociales y revisa sus contratos con los patrocinadores. A los 18 años ya estaba en nómina de Adidas y Disney en Argentina. También empezó estudios de ingeniería de sistemas. Hoy es una multinacional que mueve millones de euros en contratos. Su mánager, Fernán Martínez, ha llevado las carreras de Juanes, Julio Iglesias y la actriz Sofía Vergara.

Fue en Buenos Aires donde forjó su prematura madurez, al llegar siendo un crío a la cantera de Banfield. Su familia y él se convencieron de que era el paso necesario para conseguir el objetivo infantil de convertirse en futbolista. El ADN del pequeño James indicaba el camino. Su padre biológico fue jugador profesional y también su tío, Arley Rodríguez, asesinado en Medellín a la puerta de un bar en 1995, justo un año después de la muerte a tiros de Andrés Escobar, central de la selección colombiana que se había metido un gol en propia puerta en el Mundial de Estados Unidos.

El divorcio de su madre no cortó la tutoría deportiva, al contrario, porque el padrastro de James se convirtió en su gran impulsor. Juan Carlos Restrepo marcó sus pasos hasta la élite. Le exigía aprobados en la escuela y sobresalientes en el campo. Con 11 años echaba horas extras para potenciar su desarrollo físico. Entonces se forja la potencia del 10 madridista en el control de la pelota, ese vigor en el tren inferior que le permite correr tras el balón como le pide Ancelotti. Sudor en defensa y talento en ataque. «En España os está sorprendiendo, pero ya hace años en Banfield se veía a este James trabajador, de ida y vuelta. Muy completo», comentaba ayer tarde a este periódico Pacho Maturana, el que fuera seleccionador de la gran Colombia de los años 90.

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