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La historia de América en un discreto rincón

La historia de América en un discreto rincón

Publicado por Juan Gavasa el 03 de Diciembre del 2014

En una esquina recóndita del distrito de Moncloa en Madrid y alejado de las principales y turísticas galerías de arte, hay un monasterio que esconde todo un continente. El Museo de América, inaugurado por el dictador Francisco Franco en 1941 —aunque no fue hasta 1965 cuando ocupó su lugar actual—, expone de manera permanente el 10% de las más de 25.000 piezas que atesora para difundir la historia de América a través de tres áreas: etnología, la época precolombina y colonial.

El Museo de América arropa en sus muros a las sociedades americanas antes de la conquista europea, las exhibe durante el choque cultural y muestra el mestizaje como resultado de un sincretismo religioso y social. Es la aleación entre aquel sol que sale destrozado todas las mañanas, porque ha tenido que combatir durante la noche contra los dioses del inframundo, y los sacerdotes, que con un diccionario en una mano y un rosario en la otra buscaron imponer el modo de vida y la estética grecolatina.

 “Hoy por hoy esta es la colección más importante sobre historia y arqueología americana que hay en Europa”, asegura Félix Jiménez Villalba, subdirector del museo. El objetivo inicial del edificio era ensalzar la labor colonial española. “Se construyó para enaltecer la evangelización en América, para mostrar esos falsos tópicos de 'les llevamos la religión y la lengua' como si fuesen mudos”, bromea este arqueólogo madrileño, de 61 años, que trabajó durante 14 excavando en distintos países latinoamericanos. En 1983, con la entrada de Jiménez en el museo y el aniversario de la llegada de los europeos a América, el personal decidió cambiar el rumbo del discurso museológico.

Desde entonces la colección está dividida en dos plantas y cinco áreas: conocimiento, continente, sociedad, religión y comunicación. “El montaje es, ante todo, antropológico. Para conseguir abordar tan inmenso continente decidimos que el discurso fuese temático y nos alejamos de lo puramente cronológico”, explica el subdirector. María Dolores Medina Bleda, una de las encargadas de la conservación de las obras, presume de que el museo cuenta con esculturas, objetos y pinturas no solo de América Latina, sino también del Pacífico. “La historia de España en Australia o Filipinas es algo que poca gente conoce”, asegura esta madrileña de 63 años en un laboratorio que también forma parte del museo, junto a una biblioteca especializada y unas cuantas salas para exposiciones temporales y actos.

La obra de más reciente adquisición fue comprada la semana pasada por 3.500 euros. Es un retrato femenino de autor desconocido de la segunda mitad del siglo XVIII pintado en México. “No se sabe quién es la retratada, pensamos que es una cortesana. Es una pieza muy importante porque hay muy pocas pinturas femeninas. Le llamaremos Retrato de una Dama”, explica Ana Zabía, una de las responsables de buscar y comprar obras en subasta.

Pese al éxito de la institución, la telaraña de la crisis ha envuelto al museo, y los tijeretazos han obligado a que la exposición, de entrada gratuita, reduzca su horario de visitas hasta en 20 horas semanales. A pesar de los recortes en personal y de su recóndita ubicación, el monasterio de ladrillos rojos, altísimos techos y bóvedas de crucería, traslada al visitante hasta un continente que a veces resulta desconocido, y otras, completamente familiar.

La mayoría de las piezas datan del siglo XVIII, época en la que surgieron los Reales Gabinetes de Historia Natural. Sirviéndose de objetos, mapas y una sucesión de textos de cronistas, las primeras salas explican cómo llegaron todas esas piezas hasta España y por qué el interés de cruzar el Atlántico. Después, tras atravesar una larga maqueta del continente americano que se extiende a los pies del espectador, se abre un espacio donde se muestran los distintos aportes étnicos que han contribuido a formar la América actual.

En la segunda planta se expone una colección de objetos del día a día, pequeños retratos de un tiempo y una sociedad: artesanías, joyas, pinturas, y diferentes instalaciones que hablan de los tipos de organización social, económica y política de la América precolombina y colonial. Y así se llega al inframundo. A las deidades, a los templos y los rituales propios de cada cultura y cada época para abordar la religión. Uno de los conjuntos más interesantes es la ofrenda fundacional de Piquillacta, de la cultura Huari de Perú —año 600 al 1.000 de nuestra era—. Está formado por dos niveles. En la parte superior hay un círculo de conchas de color rosa de spondylus, una variedad de moluscos, que se utilizaban como moneda. Abajo, 39 figurillas azules con forma humana (originalmente eran 40), cada una singularizada y dispuesta alrededor de un clavo de cobre que apunta a la única que está sin ropa y con las manos atadas a la espalda, la cual representa al esclavo.

La galería despide al visitante con una de sus piezas protagonistas: el códice maya Tro-Cortesiano del periodo posclásico tardío —entre el año 1.300 y 1.600—, que mide casi siete metros de largo. “Junto al códice de Dresde, en Alemania y el de París, este es uno de los más extensos que se conservan. Es de carácter adivinatorio, está formado por 56 páginas por ambas caras y dividido en 11 secciones. La primera está dedicada a la relación de las divinidades con las fiestas; la segunda, a las catástrofes naturales, la tercera, a las fiestas de la sociedad y las ocho restantes tienen que ver con actividades económicas”, desarrolla el arqueólogo. El códice simboliza el conocimiento en América. En uno de los folios del códice se reconoce la cabeza de un jaguar. “Es el dibujo del glifo maya Balam”, alcanza a descifrar Jiménez, “y significa jaguar, señor del inframundo o chamán”.

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