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Un héroe de la cultura popular mexicana al Museo "El Santo"

Un héroe de la cultura popular mexicana al Museo "El Santo"

Publicado por Jesus Mendoza el 19 de Enero del 2015

Ya retirado, Rodolfo Guzmán Huerta, conocido en la lucha libre mexicana como El Santo, representó en teatro un sketch cómico. Su papel consistía en intentar salvar al director de un manicomio que está siendo atacado por los pacientes. Al final de la pelea recibe tantos golpes que él también se vuelve loco. El luchador que se convirtió en un héroe de la cultura popular mexicana y más tarde en un icono pop, a la altura de otros personajes como Cantiflas o El Chavo del 8, fue enterrado al día siguiente de esa disparatada función en un funeral digno de un jefe de Estado. Llevaba el rostro cubierto con la máscara plateada que lo acompañó durante toda su vida.

Hay un Santo (1917-1984) que se parece poco al de los cómics sobre sus aventuras que se vendían en los años cincuenta como pan caliente. Usaba unas alzas en las botas para parecer más alto, lo que le obligaba a equilibrarse con las manos. Antes de darse a conocer, peleó sin mucha gloria con otros psuedónimos como El hombre rojo, El exhombre rojo, El murciélago, II. Nombres con los que conoció el otro lado de la lucha libre: cuando el público te desprecia con insultos y escupitajos. En sus últimos años sobre el ring dejó de usar el traje de licra, se ceñía demasiado a un cuerpo que ya no era tan atlético. Siempre, según los que lo conocieron, vivió en una extraña dualidad: con la máscara era famoso y sin ella no era nadie. ¿Para qué sirve entonces la fama si no es para ser reconocido?

En la época en la que se caricaturizaba a los mexicanos con sombrero charro echando la siesta bajo la sombra de un cactus, El Santo nunca faltó a una función. Ni aunque estuviera enfermo. “Era un gran profesional. En eso se parece a otros grandes personajes como el cantante Juan Gabriel”, cuenta Roberto Shimizu, el director del Museo del Juguete Antiguo de México (Mujan) que dedica estos días una retrospectiva a la figura del mítico luchador.

Rodolfo Guzmán fue un gran personaje pero Shimizu, en otra dimensión, no se queda atrás. Hijo de unos japoneses que abrieron una tienda de ultramarinos en el DF, hizo fortuna con una fábrica de plásticos. Llegó a tener más de 200 trabajadores. Desde niño comenzó a coleccionar juguetes y ahora mismo posee el mayor acervo del mundo con más de 40.000 piezas. Exhibe su tesoro particular en un edificio de la Doctores, una colonia obrera de la ciudad de México en el que se suceden talleres mecánicos y tiendas de piezas para coches, robadas o directas del fabricante.

Shimizu fue el primero que se paseó por el barrio en un Ferrari. A su museo se llega subiendo la estrecha escalera de un bloque de vecinos. Un día de entre semana hay varios visitantes extranjeros con guías de viaje como la Louis Vuitton o la Lonely Planet. ¿Qué hay que ver? Soldaditos de plomo, figuras de plástico desproporcionadas en las que un perro es más grande que un camello, cabezas de muñeca y piezas únicas de cuando México, en la década de los cuarenta, era una de las industrias más importantes del juguete. Una parte de la historia a punto de extinguirse, agarrada a Shimizu como único salvavidas.

La exposición dedicada a El Santo, el personaje fetiche de Shimizu (“el primer superhéroe mexicano, nuestro Superman”), se ha instalado en la última planta. Hay tres salas con trajes, botas, carteles y cómics de José Guadalupe Cruz, el dibujante que convirtió en leyenda al luchador. Con sus tebeos, el luchador pasó de ser un hombre en traje de licra, un peleador más del Arena de México, a un superhéroe capaz de todo en el imaginario del pueblo. Hizo también cerca de 70 películas con títulos tan disparatados como Santo vs las mujeres vampiro o Santo contra los jinetes del terror. Poco valoradas por los críticos pero devoradas por el público. Las cintas originales se venden hoy día en Ebay como cine de culto.

El rostro del luchador fue una incógnita hasta que dos años antes de su muerte lo mostró en un programa de televisión del periodista Jacobo Zabludovsky. De joven, sin embargo, no hay retratos suyos. Shimizu los tiene pero no los exhibe porque cree que así lo habría querido el homenajeado. “Lo vi una vez pero no le dije nada. Era un ser de otro mundo. Los coleccionistas somos gente tímida”, dice.

En una estantería, en la parte de abajo, difícil de ver, hay anuncios de peleas de Guzmán en Estados Unidos en las que participó a cara descubierta, sin máscara. Al norte del río Bravo se promocionó como otra persona diferente. Pasamos a toda prisa por esa parte de la exposición, como si no quisiéramos darle mucha importancia, aunque las alarmas de la curiosidad se han encendido. Es de justicia, sin embargo, no husmear en ese enigmático rostro. Nuestro héroe es un héroe enmascarado. No hay más. Así se fue a la tumba.

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