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Guatapé, una visita imperdible al pueblo de los zócalos

Guatapé, una visita imperdible al pueblo de los zócalos

Publicado por PanamericanWorld el 12 de Febrero del 2016

A casi 80 kilómetros de Medellín, en el corazón del departamento de Antioquia, está Guatapé, un pueblo que sobresale por su impresionante casco urbano, sus colores, historias y sabores.

El centro neurálgico de Guatapé es la plaza principal, frente a la cual se levanta la iglesia Nuestra Señora del Carmen, blanca y decorada con motivos colorados, un adelanto del verdadero tesoro que resguarda el pueblo. Porque si por algo es famoso Guatapé en todo Colombia es por ser “el pueblo de los zócalos”, por esos coloridos diseños que, en la base de casas y edificios, relatan historias de familias y de la comunidad.

Se dice que los primeros zócalos artísticos fueron obra de don José María Parra Jiménez allá por 1919, quien comenzó retratando –en relieves de cemento, como son todos los zócalos– escenas cotidianas en el zaguán de su casa. De allí el arte pasó a la calle, de la calle a la plaza, y fue creciendo y sofisticándose, para convertirse en todo un orgullo paisa (los antioqueños, en Colombia, son los paisas).

Por eso hoy las casas y edificios de este colorido pueblo –pero colorido de verdad, ojo, con casas de todos los colores una al lado de la otra– lucen a sus pies escenas de la vida cotidiana o de la historia del lugar.

Hay desde figuras de arrieros o silleteros, flores y animales hasta simples motivos geométricos de inspiración española. Aquí vemos unos campesinos removiendo la tierra; en el siguiente, dos obreros cargan arena en un camión; más allá, un pastor lleva su rebaño de ovejas; por aquí un albañil levanta una pared, un zapatero martilla, unos caminantes se aprestan a trepar la piedra. Algunos son emotivos, otros más bien informativos, otros graciosos, como el que retrata a una familia llegando al pueblo a pasar unos días de fiesta.

Están los zócalos antiguos y también los modernos –como ese que retrata a un avión de Avianca en pleno vuelo–, porque la tradición fue traspasando generaciones y llegó al siglo XXI, aunque ahora no faltan algunas voces de alarma que advierten que esta forma de comunicación o narración amenaza con perderse.

Parte de la tradición original se recupera en la pintoresca Calle del Recuerdo, cuyo empedrado va cuesta arriba en la ladera, rodeado por coloridas casas con sus zócalos y carteles que explican los orígenes de esta práctica. Se recuperaron antes de que muchas casas quedaran bajo las aguas cuando se construyó la represa, en la década del 70.

La piedra del peñol –técnicamente, un monolito– se ve siempre a nuestra izquierda mientras avanzamos por las aguas del lago rumbo al Museo Histórico de El Peñol, en la única casa que sobrevivió a la inundación. Por el camino vamos viendo grandes fincas con vista al lago, algunas de las cuales pertenecieron a capos del Cartel de Medellín. Y están los restos de La Manuela, finca que fue de Pablo Escobar y de la cual sólo quedan ruinas ennegrecidas desde que, hace ya más de 20 años, fue bombardeada por los Pepes, enemigos del capo narco.

El museo nos lleva a la vida del viejo Peñol entre viejos artefactos y antiguas fotografías y la historia del médico Demetrio Galeano Jácome, propietario de la casa. Es que aquí nadie olvida ese 21 de junio de 1978, cuando una detonación sumergió las torres de la iglesia, y el viejo Peñol terminó de desaparecer bajo las aguas.

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