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La gran historia de Nairo Quintana

La gran historia de Nairo Quintana

Publicado por PanamericanWorld el 23 de Agosto del 2015

La niebla y los siete grados centígrados de esa mañana de sábado de marzo de 2005 en Cómbita, en el centro de Colombia, eran el marco ideal para el descanso profundo de un joven Nairo, que el mes anterior había cumplido 15 años de edad. Ese día no había clases en el colegio técnico Alexander von Humboldt, en el pueblo de Arcabuco, hasta donde se transportaba todos los días pedaleando desde su hogar, en la vecina vereda La Concepción. Pero aquel no fue un día de reposo para el pequeño. Al quinceañero le aguardaba un singular bautismo. Tenía una cita con la montaña, con su primer gran desafío. Una porfía. Le tocaba batirse en un duelo sobre los pedales. La competición era producto de una apuesta aceptada por un carpintero del pueblo, Belarmino Rojas, que entre cerveza y cerveza se jugó $200.000 pesos colombianos (poco más de 62 euros) por el crío de Luis Quintana. El retador: Juan Pistolas Guzmán, un comerciante y transportista de agua que confiaba en el despunte como ciclista profesional de su hijo, Jhon Pistolas Guzmán, quien más tarde llegó a vestir de policía en una población vecina...

Esta es la historia, reconstruida con el testimonio de los mayores, delprimer gran desafío del ciclista colombiano que, tras quedar segundo en el Tour de Francia, se encuentra en España disputando la Vuelta. Hace 10 años, aquella mañana de niebla y frío, ganó como un rayo.

Fue un duelo en toda regla. Nairo llegó a la cita antes de las ocho de la mañana. El encuentro se fijó en Agua Varuna, un pozo donde el agua filtrada por las rocas es aprovechada por los turistas que visitan Arcabuco. Aquella mañana había saltado con brío de la cama que compartía en la casa familiar con su hermano Dayer (hoy también ciclista del Movistar Team). Iba acompañado de su padre, Luis Quintana, que estacionó su antiguo Renault 4 cargado de frutas y hortalizas para vender a los visitantes.

El frío no hacía temblar los huesos del Cóndor de los Andes, como ahora le llaman en su tierra. Apareció con equipación de futbolista: camiseta blanca, pantalones cortos negros hasta las rodillas, medias de algodón que cubrían sus pantorrillas y zapatillas de correr. Con sus piernas morenas impulsaba una bicicleta de marco de acero azul celeste con una inscripción amarilla de "Giant", pero que nada tenía que ver con la reconocida marca de bicicletas. Era la primera vez que competiría con ella. "Yo pagué 360.000 mil pesos colombianos (110 euros) por la bicicleta de segunda mano de Nairo, la usó durante cuatro años", recuerda con orgullo su padre a Crónica.

Al lado de Nairo se paró con su bicicleta Jhon Pistolas Guzmán, que iba equipado como un campeón. Llevaba un maillot, pantalon de licra ceñido a sus piernas, guantes, medias cortas y zapatillas para ciclismo. Pistolas hijo era el orgullo y la esperanza ciclista de su padre, Juan Pistolas Guzmán, que hoy recorre con una furgoneta las carreteras vecinas de Arcabuco. En aquellas tierras, levantadas 2.800 metros sobre el nivel del mar, los habitantes empezaban a hablar del surgimiento como ciclista del primogénito de papá Pistolas. "Yo reté a Luis Quintana", recuerda él mismo ahora a Crónica. Fue unos días antes de la cita en Agua Varuna, en un bar de esta montañosa población colombiana y al calor de unas cervezas. No tuvo empacho, seguro como estaba, en apostar mucha plata con papá Quintana a que su hijo derrotaba al quinceañero. Y Don Luis, que quiso aceptar el reto pero el dinero no le daba (lo había gastado ya en la nueva bicicleta de Nairo), vio abrirse los cielos cuando Belarmino Rojas, un amigo de la familia, que "se había tomado sus cervezas", aceptó el envite. Rojas estaba dispuesto a rascarse el bolsillo por Don Luis, seguro de que el penúltimo de los cinco hijos de la familia Quintana tenía la fortaleza para derrotar al bravucón Pistolas.

Así se acordó el duelo: un "cabeza a cabeza" hasta el Alto de Sote, un punto de alta montaña ubicado a 3.065 metros sobre el nivel del mar, terminando con un descenso hasta el lugar de inicio, en Agua Varuna. La carrera no le interesaba a nadie más que a los padres de los competidores. También al patrocinador Belarmino y a Rusbel Achagua, el primer técnico deportivo de Quintana, y que desde antes tenía como pupilo a Jhon Pistolas. "El tramo era como le gusta a Nairo: hacía arriba, con rampas que alcanzan el 12% de inclinación", recuerda Achagua. En el coche familiar de Pistolas, un Renault 18, lo acompañaron Don Luis y Belarmino. En otro coche, Rusbel siguió el combate.

El Renault 18 arrancó a paso lento en los primeros metros, siguiendo a los jóvenes ciclistas. Pero pronto debió acelerar. Nairo se paró en los pedales. Como si se tratara de la abrumadora ascensión al puerto de montaña de Val Martelo, que le valió vestirse con el maillot rosa del Giro de Italia del año pasado para no quitárselo nunca más, el moreno de 1.67 metros castigó con fuerza los pedales de su bicicleta de acero y dejó atrás a Pistolas. "Nairo atacó de una, no esperó ni dos kilómetros... Sí, lo atacó apenas arrancaron", cuenta entre risas su padre. Desde atrás, Pistolas veía cada vez más pequeña la silueta de Nairo, que tenía por delante, y en solitario, 18 kilómetros de ascenso para después lanzarse de cabeza en descenso hasta Agua Varuna. 36 kilómetros en total. En el tramo de subida, Quintana no corrió sino galopó las vías que conducen a dos puntos altos: el Alto del Moral -considerado en el ciclismo como un puerto de tercera categoría- y el Alto de Sote -de segunda categoría-.

A medida que Nairo sumaba metros y metros en la subida, volando por los paisajes de tonos verdes claros y oscuros que la hierba y las montañas le dan a esta región del macizo colombiano, el hueco con Pistolas aumentaba. Fue un duelo con un único Titán. "Nairo le sacó ocho kilómetros de ventaja", relata Don Luis. No olvida cómo, desde el puesto de copiloto y con la ventana abajo, no paraba de aupar a su hijo. "Lo pulverizó", sentencia contundente el entrenador Achagua. Con desconcierto y el ceño fruncido, Pistolas trataba de encontrar a su hijo en el retrovisor. No aparecía. En ese momento, relata Don Luis a Crónica, Pistolas trataba de excusar la superioridad del verdugo de su hijo: "Decía que el hijo estaba enfermo, que había pasado mala noche...". Hoy Juan Pistolas reconoce la lección que les dio Nairo. "Él subía todos los días al Alto de Sote para ir al colegio... estaba mejor preparado que mi hijo".

Nairo coronó el Alto de Sote. Dio la vuelta y empezó el descenso. No se bajó de su bicicleta. Seguía pedaleando por placer. "Sólo sonreía, él no sabía que el padre y Pistolas habían apostado dinero... se hubiera preocupado", cuenta Achagua. En la bajada, el Cóndor de los Andes se cruzó con Jhon Pistolas, que aún subía... Ya estaba descompuesto. "El muchacho (Pistolas) ni siquiera logró terminar la carrera", complementa Archagua sobre el derrotado, que tuvo que ser recogido por el coche de su padre y transportado hasta la meta. Quintana siguió rodando hasta Agua Varuna.

No fue sino hasta llegar a la meta cuando Nairo supo que había plata de por medio... Cuatro cientos mil pesos colombianos (poco más de 120 euros) fue el primer botín que recibió Quintana, que hoy se hace con premios de hasta 20.000 euros, como el obtenido por ser el mejor joven en la clasificación general en la pasada edición del Tour de Francia.

Camisetas, vaqueros y un casco

"El padrino (Belarmino) no recibió el dinero cuando Nairo fue a entregárselo". Tomó su botín, le entregó una parte a su padre y con la otra compró unas camisetas y vaqueros. También, al poco tiempo, un casco de ciclista. Ya nunca más correría sin protección.

Desde aquel día, el vínculo entre el ciclista y Belarmino, el de la apuesta borracha, se hizo más estrecho. Su muerte años más tarde, causada por un fallo en los riñones, representó un bajón anímico para Nairo. Tras esa carrera, la figura de Nairo Quintana se ganó un nombre en la región y hasta Juan Pistolas empezó a confiar su dinero en él, apostándolo en cada competencia aficionada a favor del joven ciclista. La carrera de su hijo Jhon se estancó, perdió rendimiento y prestó servicio obligatorio en la Policia Nacional colombiana. A su regreso, intentó retomar el ciclismo pero las piernas no le daban."No tuve apoyo cuando me fui a la Policía", dice un arrepentido Jhon Pistolas a Crónica, desde su puesto de venta ambulante en las calles de Bogotá, la capital colombiana. Hoy, reconoce, deja de trabajar por ver las grandes etapas de su "amigo" en Europa.

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