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Gigantes de Isla de Pascua, un destino mágico

Gigantes de Isla de Pascua, un destino mágico

Publicado por PanamericanWorld el 07 de Septiembre del 2015

La isla habitada más remota del mundo, cubierta con cientos de estatuas monumentales, es uno de los sitios más peculiares del planeta. Sus habitantes la llaman Rapa Nui, pero fuera de allí la conocen como Isla de Pascua, por ser descubierta por el mundo occidental el domingo de Pascua de 1722.

Desde entonces ha estado en la mira de antropólogos, arqueólogos y lingüistas que tratan de resolver sus misterios representados en sus 887 moáis, esos gigantes de piedra regados por toda la isla. Muchos están caídos, algunos enterrados y otros han sido restaurados y parados sobre sus imponentes plataformas (ahu), donde se erigen dándole la espalda al mar. Hoy las 7.130 hectáreas del Parque Natural Rapa Nui son Patrimonio de la Humanidad declarado por la Unesco en 1995.

Desde el ombligo del mundo

 

En comparación con otras islas de la Polinesia, Isla de Pascua es pequeña, por lo que para recorrer todos sus puntos arqueológicos solo se requieren cuatro días. Al llegar a Hanga Roa, un pequeño pueblo de 3.500 habitantes, en donde se encuentra confinada casi toda la población de la isla, se sorprenderá al encontrarse frente al mar con el primer moái original y, de ahí en adelante, en cualquier trayecto conocerá nuevas piezas arqueológicas.

La caminata a la orilla del mar desde Hanga Roa lleva hasta Tahai, una aldea originaria Rapa Nui con tres plataformas restauradas, de las cuales se destacan los cinco monumentales moáis, y enseguida el Ahu Ko Te Riku, con el único moái con réplica de ojos hecha de coral tal y como lo hacían los ancestros hace más de 500 años. Este es el lugar perfecto para ver el atardecer, así que tómese su tiempo y disfrute una hora y media despidiendo el sol.

Amanece en un lugar lejano

Si ya le dijo “adiós” al sol en Tahai, al otro día puede recibirlo en Ahu Tongariki, el complejo que tiene los 15 moáis mejor conservados y más imponentes. Luego, en Rano Raraku, mejor conocida como “la fábrica de moáis”, se halla la cantera en la cual se esculpían estos monumentos.

Las teorías sobre este asunto van desde posibles guerras entre tribus, hasta aparición de seres de “extraña procedencia”; pero lo cierto es que en el momento que llegaron los primeros exploradores a la isla, lo único que se detalla con claridad es que las esculturas estaban derribadas boca abajo, con los ojos de coral rotos, como si no quisieran que los colosales guardianes fueran testigos de lo que estaba sucediendo.

En Rano Raraku surge otra pregunta: si solo en ese lugar se esculpían los moáis, ¿cómo se transportaban hacia otros extremos lejanos de la isla? También, aunque los arqueólogos traten de evitar especulaciones, la verdad es que a la fecha no existe una teoría definitiva.

Isla de Pascua generalmente nos deja con más preguntas que respuestas, así que al final de la tarde es posible ir a meditar sobre estas teorías a Anakena, la única playa de la isla, pero una de las más paradisiacas de América del Sur.

En el extremo suroriental de la isla se encuentra la aldea ceremonial de Orongo, ubicada en el borde del volcán extinto Rano Kau, lugar donde se realizaba la competencia del Hombre Pájaro. Aquí es posible ver casi intactas las cabañas circulares usadas para ritos de iniciación, así como diferentes petroglifos con representaciones de dioses. Sin duda, este es uno de los lugares más mágicos de la isla.

Vale la pena sentarse un rato e imaginarse el desarrollo de la competencia, cuando los guerreros más corpulentos de la tribu bajaban por un acantilado de 800 metros, nadaban 2 kilómetros hasta un islote puntiagudo que se puede ver desde la aldea (Moto Nui), tomaban un huevo del ave manutara, se lo ponían en la cabeza en un cintillo especialmente diseñado para ello, y luego nadaban de vuelta con el huevo intacto.

Todo esto, por un gran premio: el liderazgo de la tribu. Hoy en día, la competencia del Hombre Pájaro se replica durante la Fiesta del Tapati Rapa Nui, realizada entre finales de enero y principios de febrero. La recomendación es finalizar la visita en el Museo Antropológico. Aunque es un espacio expositivo pequeño, es el lugar ideal para complementar la visita. Allí nos dan una advertencia que no produce más que tristeza e impotencia:

“No hay solución, algún día ellos van a desaparecer”. Obviamente, con centenares de piezas arqueológicas regadas en la isla, hechas en piedra blanda, expuestas a la sal, la erosión, el sol, la humedad, los hongos y la maleza, es probable que este sea el cruel destino de las esculturas.

Puede que futuras generaciones nunca tengan la oportunidad de conocer un moái sobre su plataforma, y que el único recuerdo que nos quede sea la figura que actualmente tiene el Museo Británico. Por ahora, lo importante es saber que en este lugar es imposible ser turista. En este lugar lejano todos nos convertimos en viajeros, y un viajero aprende, reconoce, empatiza y respeta.

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