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La generación de oro del cine mexicano

La generación de oro del cine mexicano

Publicado por Juan Gavasa el 23 de Febrero del 2015

Negro, Chivo y Gordo. Alejandro González Iñárritu, Emmanuel Lubezki y Martín Hernández. Los tres viejos amigos del DF, que se llaman entre sí por sus apodos, acudieron este domingo a su cita con las estrellas. El director Iñárritu y el cámara Lubezki ganaron sus Oscar, el ingeniero de sonido Hernández se quedó a las puertas. Pero juntos demostraron la extraordinaria vitalidad de un cine, el mexicano, que ahora mismo da lecciones al mundo. Para Iñárritu, un descreído de los premios, la victoria supone la confirmación de una vertiginosa trayectoria que le ha puesto, junto a sus también amigos Alfonso Cuarón (Oscar por Gravity, en 2014) y Guillermo del Toro, a la cabeza de una generación histórica.

Pese a ello, el director de Birdman se niega a hablar de un boom mexicano (“eso siempre trae un tum-tum-tum, como la cola de una canción”, se burla) y prefiere reducir el fenómeno a una sincronía, en la que también incluye al exquisito y enigmático Carlos Reygadas. Pero a nadie se le escapa que forman una punta de lanza, con edades similares y visiones profundamente críticas del establishment. “La tragedia del cine es que cuesta mucho dinero. Este arte está jodido desde el momento en que nació, porque es industria y es arte. Es una forma de expresión humana profunda como la música, pero ha cedido terreno a las grandes corporaciones, que ahora diseñan productos para el entretenimiento; la expresión humana, individual, el arte subordinado a una visión personal está desapareciendo”, afirma Iñárritu a EL PAÍS.

Todos ellos, además, muestran en público su mexicanidad. Pese a estar afincados en Estados Unidos, cuando visitan su país natal se lanzan a hablar de los problemas medulares. Y nunca renuncian, en la defensa de su obra, a sus raíces. El propio Iñárritu, al recoger la estatuilla a la mejor película, lo dejó claro. Subido en el escenario, ante una audiencia mundial, pidió no sólo un "Gobierno que México se merezca” sino un trato justo y digno para sus compatriotas, mil veces estigmatizados en Estados Unidos por su origen.

Las palabras de Iñárritu, pero sobre todo, el triunfo de un mexicano que no reniega de serlo fue acogido con un estallido de orgullo en México. Históricamente abrumada por su vecino del norte, con el que comparte una frontera de 3.185 kilómetros, en una tercera parte jalonada con un ignominioso muro, la gran nación hispana lleva meses consumiéndose en una crisis de confianza. La tragedia de Iguala, con su letal combinación de corrupción e impunidad, ha dejado sueltos los demonios que muchos mexicanos confiaban haber conjurado. Y tanto la anemia económica como la sucesión de escándalos que han golpeado al Gobierno no han hecho más que azuzar este viento triste que recorre el corazón de México.

Sobre este territorio oscuro, la camada que comandan Iñárritu y Lubezki ha mostrado un camino de éxito. La carrera del primero, un creador hecho a sí mismo, es la búsqueda constante de una voz universal. Un torbellino creativo que se comprende cuando uno se acerca a este director. Iñárritu nunca cede. Poseído, como él mismo reconoce, por un “inquisidor que todo lo tumba”, su constante perfeccionismo transforma los rodajes en campos de batalla. El resultado, guste o no, nunca es un lugar común. Ahí están para demostrarlo Amores Perros (2000), 21 gramos (2003), Babel (2006), Biutiful (2010), Birdman y la próxima The Revenant, un prewestern de largo aliento histórico.

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