Síguenos:

La fiesta de las ballenas

La fiesta de las ballenas

Publicado por Juan Gavasa el 24 de Julio del 2014

Cielo limpio, viento suave y sol a pleno. La mañana toma forma en Puerto Madryn a pedir de los turistas que desandan el Paseo Costanero, extasiados con la vista despejada del mar. Las fugaces apariciones de la fauna marina los distraen y frenan sus pasos, pero ellos tienen sus preferencias. Desembarcaron por decenas en esta ciudad, llamados por el comienzo de la temporada de avistajes de ballenas, uno de los mayores espectáculos que la Patagonia prodiga desde junio hasta fin de año.

La masiva llegada de la variedad franca austral y su permanencia frente a las costas de Chubut ya forma parte insoslayable de la rutina de los pobladores locales. Otras motivaciones también empujan a algunos madrynenses hacia el borde del mar. En el muelle Piedrabuena es tal el entusiasmo que se intuye por el pejerrey, que los pescadores apostados con sus cañas no reparan en la aparatosa salida a escena de una ballena hembra cortejada por tres machos. Los hombres que sostienen sus cañas son levemente incomodados por un puñado de visitantes, que atraviesan a la carrera y a grito pelado los 800 metros de largo del brazo de hormigón extendido en el mar, para llevarse -al menos- la imagen digital de una cola, el lomo o la cortina de agua que levantan los saltos de cada ejemplar.

El avistaje de ballenas desde la orilla es un ejercicio aún más estimulante para los sentidos en el páramo abarcado por el Area Natural Protegida El Doradillo, 15 km al norte de la ciudad, a un costado del camino a Península Valdés por la ruta 42. Desde el mirador de Punta Flecha -la privilegiada posición que otorga el techo del acantilado- se llega a distinguir en el luminoso plano del Atlántico sur una bandada de gaviotas cocineras. Revolotean sobre la superficie del agua, como aves carroñeras que se relamen a la espera de su presa. Delatan la presencia de alguna ballena, sobre la que se lanzarán en vuelo rasante no bien se asome, para picotear su lomo.

 La cola de la ballena, una de las imágenes para fotografiar más buscadas por los viajeros.  Creditos: Nicolás Correa

Máxima atención

Súbitamente, el silencio se desarma, perforado por el sonido seco que despiden los saltos verticales de tres ballenas. Dos terceras partes de sus cuerpos emergen antes de dejarse caer de espaldas. Más allá, con la silueta redondeada del Golfo Nuevo de fondo, otro ejemplar sólo muestra su aleta y vuelve a sumergirse, dejando un remolino que tarda en desdibujarse. Arriba, el creciente zumbido del viento se entremezcla con el persistente chillido, cada vez más agudo, de calandrias, chingolos, bandurrias, cormoranes y macáes.

El guía Fabián Aciar no se da por satisfecho y va por más. Su intuición y vista de baqueano le permiten detectar la presencia de otro grupo de criaturas que revuelven las aguas más al norte. Acelera el auto unos 3 kilómetros hasta La Cantera y recomienda tener paciencia, como sugiere una decena de adelantados, que matizan la expectativa desde reposeras instaladas sobre la playa de canto rodado y algas, equipados con mate, prismáticos y cámaras.

La espera dura menos que un suspiro: una hembra y seis machos en pleno acto de copulación demandan una carrera, con la emoción a flor de piel, hasta el borde mismo del agua, para registrar esas imágenes que llegan desde 100 metros mar adentro. En tierra firme, el trayecto desde Puerto Madryn rumbo al norte se transforma en un plano inclinado que vuelca a centenares de turistas al angosto contorno de la península, el santuario por excelencia que eligen las ballenas para reproducirse y criar sus ballenatos. En el istmo Ameghino, frente a la isla de los Pájaros, el horizonte de la meseta reseca uniforma matas con guanacos, chulengos y águilas moras, posadas como estoicos vigías sobre postes de luz. Un choique busca alimento a los pies de un pimiento de 6 metros de altura, una pieza más que rara en el paisaje de la península, donde la vegetación predominante no supera las discretas dimensiones de los arbustos.

"Ese árbol fue plantado por mi abuelo en 1970, cuando se dedicaba a proveer agua con un camión cisterna a la estancia Adela, de la familia Ferro, la misma que fundó el tren salinero". El dato que introduce el guía Aciar remite al pasado de la península, una época de esforzados pioneros cuya huella volverá a surgir una y otra vez entre los acantilados costeros y los caminos de ripio. Poco después, en la ruta hacia Punta Norte que recorta el pastizal amarillo del coirón y los arbustos espinosos, afloran los antiguos galpones de esquila del mayor establecimiento rural de la zona. Las barcazas se acercaban hasta los corrales de las ovejas por el canal natural de la caleta Valdés y sacaban la lana de la península hacia el océano, mientras los buques de carga aguardaban anclados a pocas millas.

Las crónicas crisis que desangraron el país se encargaron de derrumbar la actividad ganadera y fue el turismo -impulsado por la periódica migración de mamíferos marinos hacia el golfo- la floreciente industria que devolvería a la península el esplendor perdido. Un elenco estable de elefantes y lobos marinos, orcas, pingüinos y aves se resigna al rol de dignos partenaires ante el indiscutible protagonismo que las ballenas adoptan en Puerto Pirámides, el centro de gravedad que atrae ahora a los visitantes.

Avistaje embarcado

Desde la playa de arena del pueblo, una veintena de turistas se embarca en el gomón Tiburón II. El entusiasmo se dibuja en el rostro de todos ellos. Sus cuerpos, contenidos en chalecos salvavidas, vibran por los embates de la ansiedad. "Debemos controlar un poco las emociones para no impactar sobre las ballenas y hablar en voz moderada para no espantarlas", lanza inútilmente al aire el capitán Diego. La embarcación navega costeando para avanzar después dos millas mar adentro, con sus pasajeros listos desde el primer momento, a la espera de la gran función de la naturaleza. La primera ballena se divisa a estribor. Su desplazamiento va dejando aureolas celestes en la superficie del mar, pero apenas se alcanzan a ver mínimas manchas de su lomo oscuro. "Hay que tener paciencia y buen ojo", recomienda el guía Daniel y los pasajeros recobran el optimismo. El comandante finge estar en otra cosa y apunta la proa hacia la lobería de Punta Pirámides. Su sabia maniobra deja a los turistas cara a cara con un grupo de cortejo.

A no más de 3 metros del gomón, cuatro ballenas se asoman y se sumergen varias veces, en una danza frenética que empapa los lentes. Sin embargo, todas las cámaras siguen encendidas y no dejan de apuntarles. La hembra se dispone a satisfacer tanta expectativa a su manera. Se estira panza arriba -acosada por los tres machos- y, por un buen rato, deja sobresalir su estilizada aleta pectoral. Entre los brillos de las callosidades de crustáceos adheridos a la cabeza asoma uno de sus ojos, clavado fijamente en los rostros satisfechos de sus admiradores. Recién ahora, con la frutilla del postre servida, es momento de regresar a la playa.

Para nutrirse de información revelada con rigor científico sobre el magnífico conjunto natural que conforman el mar, la estepa y la fauna marina y terrestre, esta comarca cuenta con el Centro de Interpretación de Península Valdés -en el istmo Ameghino- y, en Puerto Madryn, el Ecocentro y el Museo Provincial de Ciencias Naturales y Oceanografía. Los hábitos de la ballena franca austral y otras especies son exhibidos en el Ecocentro a través de audiovisuales, gigantografías, esculturas y salas sensoriales. La visita autoguiada por esta moderna recreación del ámbito natural encuentra un final acorde con la inmejorable panorámica del golfo ofrecida por el mirador de una torre y dos pasarelas al aire libre, sobre la playa. La tarde se apaga, sumida en el más absoluto silencio.

Las primeras luces de la noche encienden los colores de las mayólicas francesas del primer Museo de Ciencias Naturales de la ciudad, también conocido como Del Hombre y el Mar. Sus vitrinas revelan usos y costumbres de las comunidades originarias, junto a fósiles de fauna marina extinguida y piezas de grandes mamíferos patagónicos. El museo funciona en la Casa Pujol, una vistosa construcción de 1915. Junto a la Casa del Jefe del Ferrocarril, es el mojón más llamativo del Circuito Histórico de La Loma, un recorrido ideal para completar a pie, conformado por trece puntos de interés. A un par de cuadras por la avenida Domecq García, la Casa Toschke -donde en 1905 fue inaugurado el Colegio Sarmiento, el primer internado de estudiantes de Puerto Madryn- rescata del olvido la gesta pionera del educador alemán José Toschke.

Desafío en 4x4

La tarde del día siguiente despunta envuelta en una atmósfera fresca, un marco adecuado para andar a los saltos por las dunas más elevadas de Madryn, al sur de Punta Cuevas. La camioneta 4x4 conducida por Juani Domínguez deja atrás el Monumento al Indio Tehuelche, se acomoda sobre una camino de canto rodado y encara con ímpetu la ladera de la duna móvil de Punta Este. En un respiro que se toma el viento, el cono de arena permanece quieto y facilita el ascenso del vehículo hasta la cima. Desde el mirador, surgido inesperadamente a 30 m de altura, el mar vuelve a deslumbrar, esta vez compartiendo la escena con el corredor de playas y el casco urbano. Hacia el lado opuesto, la marea baja desnuda la franja negra de la restinga, alargada desde el suelo de canto rodado de la playa Paraná. Un halcón plomizos despega su vuelo rasante desde una barda y aterriza en medio de la amena tertulia que comparten en la playa los pescadores de pejerrey y róbalo.

Detrás de la barda que estira la meseta hasta la costa, una cabalgata avanza en dirección a la estancia San Guillermo y cambia trote por galope cuando los jinetes divisan el humo del asado de cordero despegado del casco principal. Pero la hoja de ruta de Juani Domínguez pasa de largo cuando el atardecer impregna el cielo de un rojo encendido. "Son los últimos minutos del sol, para apreciar toda la magnificencia del Golfo Nuevo y sacar fotos". La camioneta vuelve a trepar y arremete contra el suelo agrietado del cerro Avanzado, hasta hacer equilibrio en la cumbre. Sopla fuerte sobre el suelo blanqueado por la roca sedimentaria. El viento empuja, aunque no llega a impedir que los ojos azorados de los visitantes procuren abarcar de punta a punta los 2.500 kilómetros cuadrados del Golfo Nuevo y su costa, levemente borroneada por los últimos fulgores del sol. Una mínima expresión de Madryn, con sus luces encendidas, asoma 17 kilómetros hacia el norte.

Gallery: 
Link To Full Article: 

Facebook comments



Monthly newsletter featuring articles hand picked by our country managers from the best content across PanamericanWorld.



Monthly newsletter featuring articles hand picked by our country managers from the best content across the Caribbean Region on PanamericanWorld.