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El festín de las ánimas en México

El festín de las ánimas en México

Publicado por PanamericanWorld el 29 de Octubre del 2015

La fiesta Hanal Pixán o comida de las ánimas es un encuentro especial en México, donde la espiritualidad y la religión son palpables durante días.

Noche del 31 de octubre. Flota en el aire una quietud fantasmal por las calles del barrio de San Francisco, Campeche. En casa de la familia Mex se vive un ajetreo que sólo se ve una vez al año. El compás de una pala que se entierra en el suelo y remueve la tierra rompe el silencio. En una noche como esa y con una fosa de por medio, cualquiera que no sea campechano pensaría que se trata de un ritual digno de las películas de Carpenter. Nada más alejado de la realidad.

La familia está cavando el Pi, sustituto del tradicional horno. Los hombres colocan piedras y leña. Prenden fuego y después lo cubren con láminas o lo que tengan a mano. Las mujeres se encargan de elaborar el manjar que todos los campechanos comen hasta hartarse: el pibipollo o mukbil pollo. En maya significa «lo que se entierra». Una vez mezclados los ingredientes se pone a cocer durante toda la noche en el hueco recién cavado. El pibipollo se elabora con maíz, manteca de cerdo, pollo y diversos condimentos que le dan un sabor particular.

En México se venera a la muerte desde tiempos inmemoriales que se remontan a las civilizaciones prehispánicas. Para los mayas, la muerte era sinónimo de respeto y temor. Enterraban a sus difuntos en el patio de sus casas, les colocaban ofrendas y un trozo de maíz en la boca por si sentían hambre en el Xibalbá o más allá. Creían que cuando el alma abandonaba el cuerpo, debía recorrer trece espacios celestiales del árbol sagrado de la Ceiba. El peregrinar culminaba cuando se llegaba a la cima, donde residía Hunab Kú, el creador. El pixán o ánima podía volver a la Tierra a través de las serpientes que conectaban al mundo de los muertos con el de los vivos.

Años 20, Celeste Herrera conducía a sus muertos a través de un camino de tierra cercado por flores de Cempasúchil (típica de México). Al final, se elevaba una mesa adornada y cubierta por un mantel blanco con siete escalones que representaban los siete niveles que debe atravesar el alma para descansar. El 31 de octubre, colocaba frutas y dulces para los niños difuntos. En el último escalón, la Santa Cruz, sinónimo de su religiosidad. La cruz se elabora con palmera llamada de huano. Después, las fotos de aquellos a quienes había perdido en el camino. Los siguientes escalones se llenaban de los platos favoritos de los muertos, incluyendo el pibipollo y el pan de muerto. Celeste transmitió eso a su descendencia y, años después, ella presidió el altar, hoy en día, y en compañía de cuatro de sus cinco hijos, es venerada cada año por sus familiares.

A un par de kilómetros de la capital campechana está Pomuch, pequeño pueblo reconocido por elaborar el pan más rico de la Península de Yucatán. Así como en todo el territorio del Estado se entierra un pibipollo, en Pomuch es bien visto que el dos de noviembre se desentierre a los muertos. La plegaria es la misma: el Ave María, mientras se lavan los huesos y se envuelven en un manto blanco bordado y, al ritmo de alabanzas a Dios, son depositados en cajas de madera. Aunque esta tradición se practica en varios pueblos del Estado, en Pomuch hay un choque cultural, mestizaje y evangelización muy arraigados. Es un lugar donde verdaderamente se rinde culto a la muerte. Es un pueblo mágico, es un pueblo espeluznante.

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