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Las favelas se reinventan

Las favelas se reinventan

Publicado por Juan Gavasa el 26 de Febrero del 2014

Angelo Campos se acerca hasta el banco de la estación de metro donde le espero y se retira sus gigantescas gafas de sol. Va vestido con unas bermudas, una camiseta amplia, una cadena al cuello y su brazo izquierdo es color verde tatuaje. Contrasta con el negro de su piel. “Bom dia, ¿qué tal?, how are you?”, deja tres veces claro sus modales y aptitudes. No es lo que mucha gente de la zona noble de la ciudad espera de él.

Brasil, más que Brasil, son brasiles. En un país cuya superficie casi iguala a la de Europa al completo y su población (200 millones de personas) humilla las densidades de todo Latinoamérica sería absurdo tratar de enclaustrar su esencia en una sola definición.

Está el Brasil blanco, al sur, y el Brasil negro, al norte. En la mayoría de ciudades se maneja a pequeña escala la misma división. Está el Brasil de los muy ricos y el Brasil de los muy pobres. Ahora también el Brasil de los que empiezan a hacer equilibrios entre esas dos realidades. Hay un Brasil donde habitan las poblaciones indígenas más ortodoxas del continente. Y también un Brasil con tantos rascacielos que podrían abrir la boca a un neoyorkino. Brasil de mar y Brasil de tierra. Brasil selva, brasil oficina. Existe un Brasil beato y un Brasil de carnaval. Samba, violencia, amabilidad, peligro. El Cristo más grande del mundo y epilépticas ceremonias espiritistas. Tanga para todos, top less para nadie. Campesinos, Mercedes. Brasil es producción agraria, chanclas, petróleo y cachaza. Turismo, casuchas levantadas con desechos y urbanizaciones cinco estrellas. Apenas un recién nacido de los mercados y a la vez un temido gigante internacional. Fútbol millonario y fútbol sin zapatillas. Brasil es más que fútbol. A Ángelo, artista de 31 años, le toca ser del Brasil de favela, que para algunos de sus compatriotas no es un Brasil a tener en cuenta.

Sus favelas en Río de Janeiro son dos: Vila Cruzeiro (20.000 habitantes), donde nació y sigue viviendo junto a su mujer, hijo y abuela en una pequeña casa de cemento, metal y ningún lujo, y el Complexo do Alemão, uno de los dos núcleos faveleros más grandes de la ciudad (compuesto por 16 favelas con 65.000 habitantes al norte de la urbe) donde trabaja pintando y vendiendo camisetas. Hasta hace poco era considerado uno de los núcleos marginales más grandes y peligrosos del mundo.

“Hoy te doy una vuelta por aquí”, me dice después de apearnos del nuevo teleférico que llega hasta el cerro más elevado de esta macropoblación de casitas apiñadas. Dentro de la favela también hay jerarquías: los más pobres, más arriba. “Hace cuatro años hubiera sido imposible venir contigo porque era una zona muy violenta. Muchos tiroteos, muertos”. Angelo dibuja en palabras esa reciente época en la que los que mandaban paseaban con sus fusiles por la calle (como sucede aún en otras barriadas).

Visitar favelas de São Paulo, Río de Janeiro o Salvador de Bahía supone atravesar miles de kilómetros de carretera entre ciudades y una brecha social que disminuye en algunos de sus flancos mientras se agrava en otros. La pacificación que el gobierno de Sergio Cabral (PMDB) -aliado del Gobierno del Partido de los Trabajadores del entonces presidente Lula Da Silva- comenzó a llevar a cabo en 2007 en muchos de los suburbios de Rio de Janeiro, consiguió resonancia internacional tanto por su supuesta efectividad como por “la brutalidad con la que se efectuó", en palabras de Angelo, un  testigo directo. “Se han abierto las puertas de algunos de estos barrios cerrados en los que antes regían los delincuentes y no podía entrar la policía. Pero eso no quiere decir que se hayan dado más oportunidades a los que los habitamos”, dice Angelo.

El joven artista saluda a los vecinos que transitan entre el amasijo de escalones, cables cruzados, ladrillos, burros y grafitis que forman Alemão. “¡Filho!, como você está?”, le espeta un hombre mayor que carga los pesados cubos de agua que necesita para su casa. El anciano sube las calles carcomidas e inclinadas del complexo a duras penas. Cuatro niños de sandalias roídas se acercan a chocar el puño con nosotros.

“Ellos siguen sin tener demasiadas oportunidades”, dice el pintor tras despedirles. “Es cierto que hay menos violencia, pero no es verdad que en las favelas ahora se viva bien, como quieren hacer ver los gobernantes porque llegan las Olimpiadas y los mundiales de fútbol”.

El es “lo mismo que esos críos”, dice. Es muy consciente de lo que a menudo la sociedad pudiente piensa de la gente como ellos. En los diarios, estos chicos son esos que organizan rolezinhos (encuentros multitudinarios de jóvenes convocados por las redes sociales que incomodan a clientes y propietarios en los centros comerciales) o que tatúan la cara elegante de São Paulo con su pixação, un tipo de grafiti que solo se da en la ciudad brasileña. Clase baja haciendo una llamada de atención a sus compatriotas de arriba, según expertos como Rosana Pinheiro Machado, profesora brasileña de antropología en la Universidad de Oxford. Para otra gran parte de la sociedad, son simplemente “bandidos”. El mismo Angelo, que tiene buena relación con personas de todos los lugares de Río tras haber pintado por encargo (y de manera legal) más de 200 murales en todos los rincones de la ciudad, asegura que aún tiene que vérselas contra un estigma que le adjudicaron desde la cuna.

Su vida se ajusta al cliché. Poco antes de nacer, a su padre le asesinaron sus propios amigos. “Era un delincuente común y le liquidaron por algún ajuste de cuentas”. Con apenas 12 días de vida, su madre le abandonó en la calle frente a la puerta de su abuela.

Lo que recuerda Angelo de su infancia en el barrio, donde el narcotráfico y la violencia fueron dos constantes, “son disparos, negocios turbios y muertos”. Cuenta que su pobre abuela "apenas tenía para salir adelante”, y que por eso desde que cumplió cinco años cayó en la cuenta de que tenía que hacer algo para echar una mano a su familia y a su futuro.

Esbozó una vía. Desde pequeñito se manejaba con los lapiceros de colores y a los siete hizo su primer grafiti. “A la gente le gustaba mi estilo, me felicitaban, así que me dije: quizás pueda sacar algo de esto”. Se puso a pintar en camisetas los dibujos que le pedían. Aunque no sacara mucho, era una ayuda para casa. “Creía en mis capacidades”, reconoce, pero según fueron pasando los años echó en falta el impulso que necesitaba para hacer realidad su sueño, el de prosperar sin necesidad de mancharse con drogas y pólvora. “Un impulso que nunca llegaba”.

La decepción con el entorno y la falta de confianza externa que a menudo sienten los chicos de estas zonas se convierte hoy, una generación después de la de Angelo, en una motivación para reivindicar igualdad de trato y oportunidades. Según el escritor Paulo Lins, autor de Ciudad de Dios, “el debate público en la periferia de Brasil es muy grande. Desde los años 90 la música, la literatura, la poesía, el rap son muy políticos y esos jóvenes se conectan así con la política, escuchan a las personas hablar, debatir… Los políticos no están percibiendo que la periferia está cambiando, que no acepta más los desmanes políticos. Hoy conversas con un joven de 15 años de la periferia y sabe todo lo que está sucediendo, tiene las mismas ideas que un joven del centro de la ciudad”.

Angelo, vistas sus perspectivas, se planteó dejar el arte a un lado y, como otros muchos jóvenes de la barriada, dedicarse al menudeo de drogas y al narcotráfico. Una vida de riesgos que, no obstante, prometía más rentabilidad. Pero, “cosas de la vida”, fueron al final los propios mafiosos los que le impidieron alistarse en sus filas. Aún recuerda las palabras que le dijo el capo de su favela al que un día acudió para solicitar el peligroso puesto: “Tú tienes un talento, chico, tú no vas a estar aquí”.

Angelo se quedó sin el delictuoso empleo y sin ingresos, pero con muchos más ánimos para seguir pintando. Camiseta tras camiseta, muro tras muro, coloreó todo lo que se le puso por delante a pesar de no sacar gran provecho de ello. Hasta que un día, hace cinco años, alguien se acercó y le dijo: “Qué bonito el mural que estás pintando en el barrio”. “¿Yo?”, se preguntó.

 Fue a ver de dónde brotaba el rumor y se encontró a dos holandeses, Jeroen Koolhaas y Dre Urhahn (Haas & Hahn), realizando un dibujo en Vila Cruceiro que iba mucho más allá de un mero grafiti. Este dúo de artistas había llegado a Brasil con un proyecto solidario llamado Favela Painting, una iniciativa particular y altruista de inclusión social que trata de parchear la escasa iniciativa social del estado en las favelas a través del arte comunitario.

“Utilizan el arte urbano como medida social que integra, moviliza y propone una salida a la población de las favelas”, dice. Un solo día bastó para que los europeos vieran en Angelo el candidato perfecto para mantener encendida esa mecha: “Continúa”, recuerda Angelo sus palabras, “sigue nuestro proyecto con tus propias ideas, encárgate de proponer planes artísticos para tu gente. Tú eres el que de veras puedes ayudar”.

“Aprendí que el arte podía ser mi forma de ayudar y también mi trabajo”. Él era un artista, un autodidacta profesional del diseño que quería asomarse más allá del estigma de grafitero que tenía preadjudicado.

Se acabaron los dibujos clandestinos. Ahora, además de haber conseguido sacar de la mala vida a un buen puñado de jóvenes, mantiene a su familia con lo que le pagan por sus encargos. Escuelas, edificios públicos, fábricas y multitud de calles de Río de Janeiro lucen los más de 200 dibujos que ha firmado. Va convirtiéndose en un artista conocido. “No están mal pagados”, asegura, y dice que trabaja gratis si el que le pide decorar su pared es una persona sin recursos.

Angelo me lleva hasta la favela interurbana del morro (cerro) de Santa Marta, lugar donde Haas & Hahn llevaron a cabo una de las trasformaciones barriales más insignes de Río de Janeiro, y también donde comenzó el Plan de Pacificación en esta ciudad.

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