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Estados Unidos; un Campeón del Mundo intratable

Estados Unidos; un Campeón del Mundo intratable

Publicado por Juan Gavasa el 15 de Septiembre del 2014

El rodillo estadounidense esculpió en la final de Madrid y ante una Serbia absolutamente sobrepasada el remate de un campeonato soberbio, una de las demostraciones de poderío más aplastante que se recuerdan. Irving no es Westbrook, Curry no es Kobe Bryant y Harden no es LeBron James. Y así se podría continuar hasta completar el doce de Coach K en este Mundial. Pero esta nueva ola de la NBA, con tipos de entre 21 y 26 años, la mayoría de ellos todavía un par de peldaños por debajo del deificado Olimpo de la NBA, concluyó ante la bravísima y admirable selección de Serbia una faena de aliño asombrosa.

Se reivindicaron los jugadores estadounidenses, que completaron nueve partidos de ensueño con una furibunda demostración final a lomos de Irving y Harden. Fue el segundo oro consecutivo de Estados Unidos en la historia de los Mundiales, el cuarto oro en sus cuatro últimas citas internacionales, la victoria número 63 seguida desde que fuera batido por Grecia en las semifinales del Mundial de Japón en 2006.

Inaccesible y demoledor, el equipo de Coach K aniquiló en un visto y no visto el prometedor inicio del equipo de Sasha Djordjevic. Su reacción fue fulminante, a pesar de que Anthony Davis tuvo que irse al banco cargado de personales provocadas por el desconcierto defensivo inicial de su equipo. El ataque serbio, sincronizado, con rápidas circulaciones de balón y agresivo a la hora de buscar la canasta, dibujó el inicio soñado: 7-15 en el marcador, el equipo estadounidense desconcertado y sin ritmo, Davis con medio pie fuera del partido a causa de las faltas personales. Coach K llamó al orden a sus jugadores con un tiempo muerto, dio entrada a Cousins para reservar a Davis de males mayores y la máquina se disparó.

Irving, el base de los Cavaliers, el número uno del draft de 2011, el MVP del último All Star, se hizo con el ritmo de juego, sin que Teodosic o Markovic pudieran con él. Penetró como una culebra hasta el aro, disparó una ráfaga de triples sin fallo —acabó con un seis de seis y 26 puntos— y espoleó a su equipo. Harden le siguió la corriente, Cousins se hizo fuerte en el rebote y en el interior de la zona y Estados Unidos repitió los fulgurantes acelerones de partidos precedentes. Lo que a un equipo en racha y perfectamente metido en el partido como Serbia le costó un esfuerzo tremendo en los cuatro minutos y medio iniciales, a Estados Unidos le bastó con un par de pinceladas y poco más de un minuto.

Estados Unidos tomó la delantera con un parcial de 15-0 (22-15) y a partir de ahí se libró a un monólogo. Se abrieron unas diferencias abismales en el marcador. Serbia no encontró forma humana de detener el aluvión que se le vino encima. 10, 20, 30, 40 puntos de diferencia. No había acabado la primera parte y buena parte del público empezó a corear el grito de “¡Orenga dimisión!”, probablemente añorando la batalla que hubiera podido presentarle a la nueva ola de la NBA el mejor equipo que se había juntado en la historia del baloncesto español.

Después de que España se acercara al reto de doblegar a Estados Unidos en las dos últimas finales olímpicas de Pekín y Londres, se había observado la de Madrid como la ideal para un tercer episodio de la rivalidad en la cima. España fracasó. Estados Unidos, el equipo más joven de la competición, con una media de poco más de 24 años y con un base que salía de dos años de inactividad como Rose —el único que no anotó en la final ante Serbia—, se mostró intratable de principio a final del torneo.

Volteó el primer día a Finlandia por 59 puntos y sucesivamente a otros siete rivales antes de plantarse en la final, sin que ninguno de ellos pudiera resistir su juego vibrante y abrumador. Estados Unidos vuelve a abrir un abismo entre su juego y el del resto del mundo. Salió del torneo revalorizado, sin un solo rasguño, flamante. Esta nueva ola de Irving, Harden y Davis se mostró como una digna sucesora del auténtico y único dream team, el de Magic Johnson, Michael Jordan y Larry Bird en 1992.

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