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Escuela de alta cocina en Bolivia

Escuela de alta cocina en Bolivia

Publicado por Juan Gavasa el 27 de Septiembre del 2014

La última aventura del chef danés Claus Meyer en la búsqueda del gran cocinero de Bolivia no es un reality show seguido por miles de personas cada semana a través de una pantalla plana. Se trata de una puesta en escena sin jurados ni confesionarios de un ambicioso programa de formación culinaria llamado Manq’a ("comida" en idioma aymara) que beneficiará en tres años a alrededor de 3.000 muchachos y muchachas que cuentan con pocas oportunidades laborales en la ciudad de El Alto, la más joven de este país en el corazón de Sudamérica, y también una de las más empobrecidas.

Son las dos del mediodía de un lunes y Meyer, de 50 años, camina entre la infraestructura de una casa comunitaria que pronto se convertirá en una de las 14 escuelas gastronómicas que tendrá el proyecto. Su cabello es corto. Sus ojos, pequeños, se achican hasta casi desaparecer cuando sonríe; sus manos son las de un picapedrero y su cuerpo esculpido, como de escultura griega, ha quedado escondido bajo unos raros collares elaborados con distintos tubérculos que acaban de colgarle los vecinos de la zona como agradecimiento.

Meyer, uno de los socios fundadores de Noma, elegido el mejor restaurante del mundo en cuatro ocasiones (2010, 2011, 2012 y 2014), carga con el pesado obsequio sin lamentarse en ningún momento: siempre ha sido un impulsor de los alimentos nativos y de la comida como una de las vías para transformar el mundo. "Me dolió el corazón cuando me comentaron que aquí muchos se alimentan a base de arroz, aceite y azúcar —diría un día después en La Paz, tras la inauguración de un simposio dedicado al fortalecimiento de la agricultura familiar—. Ése no es un mensaje que nos muestre la diversidad boliviana, y me gustaría ser una fuente de inspiración para que esto cambie".

En su infancia, a Meyer le tocó vivir uno de los periodos menos fructíferos de la cocina escandinava, una época negra en la que buena parte de lo que uno se llevaba a la boca era fruto de una industrialización exagerada, en la que hasta las hortalizas se vendían embolsadas. “Por aquel entonces, mi padre se fue a vivir con otra mujer y se alejó de mí", —recuerda—. "Mi madre trabajaba y nos las arreglábamos con albóndigas enlatadas y verduras congeladas y secas. Ella ni siquiera cocinaba cuando había alguna celebración importante. A los 15, yo pesaba 100 kilos y debía de ser uno de los chicos más gordos de Dinamarca". A los 20, Meyer se encontraba en Francia con una familia que representaba todo lo contrario, que tenía una relación de veneración por la comida y que sólo utilizaba viandas frescas. "Y, a pesar de que no sabía nada sobre los problemas globales, sobre nutrición o sobre lo saludable, empecé a relacionar la comida buena y sana con el amor por la niñez y la mala con los divorcios y con un trato menos amable".

A su regreso a Dinamarca, Meyer impulsó la formación de un movimiento que abogaba por el respeto a la naturaleza y el uso de ingredientes regionales. Noma, el restaurante que creció como espuma de cerveza en un lugar que antes albergaba a una vieja bodega, fue su punta de lanza. "No queríamos ni divertir ni entretener a los clientes con platos extraños que fueran una especie de espectáculo, con sabores artificiales que intentaran competir con el mismo Dios. La idea era llegar a la gente con sencillez, golpearla, sacudir su vida, tratar de que se convirtiera en embajadora de nuestra causa".

Hoy, Dinamarca, que cuenta con más de una docena de establecimientos con alguna estrella Michelín, es un referente gastronómico y la nueva dieta nórdica no tiene nada que envidiar a la mediterránea. Pero Meyer, al parecer, no está satisfecho, y por eso ahora, en El Alto, en el patio de una de los centros culinarios que tendrá Manq’a en unas semanas, mira cómo dos yatiris —brujos, consejeros espirituales— que de rato en rato hablan por su celular protagonizan una ofrenda a la Pachamama, a la Madre Tierra.

Un dicho danés señala que "quien tiene hombros más grandes, tiene mayores obligaciones con el resto". En su país, Meyer ha puesto en marcha un engranaje para la rehabilitación de presos a través de las ollas y los fogones. En Bolivia, a través de su fundación —Melting Pot— y con la colaboración de su compatriota Kamilla Seidler y del chef venezolano Michelangelo Cestari, ha impulsado Manq’a, un tour por puestitos callejeros con un toque íntimo y casero y la creación de un laboratorio de alimentos que con el tiempo servirá para investigar productos y desarrollar platillos. Y ha montado un restaurante gourmet llamado Gustu, en el puesto 32 de América Latina de la revista británica Restaurant, que da a los jóvenes la oportunidad de formarse y meterse en una gran cocina y que aspira a ser un buen anzuelo para los foodies, esos locos por la comida capaces de tomar un avión y de atravesar miles de millas para cenar en un local de vanguardia. "Gustu es una propuesta que te conecta con los paisajes y los campesinos. Una expresión del territorio", explica.

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