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Ecoturismo en Formosa, recorrido por un humedal impresionante

Ecoturismo en Formosa, recorrido por un humedal impresionante

Publicado por PanamericanWorld el 24 de Noviembre del 2015

Formosa tiene uno de los paisajes de mayor biodiversidad de Argentina. En ese espectacular escenario, centro de múltiples excursiones de ecoturismo, el agua y los pájaros parecen vivir en armonía.

Para muchos, hacer turismo en Formosa es una rareza: desde otros puntos cardinales, la provincia se ve como una suerte de caldera con temperaturas extremas, sobre un territorio que se conoce también como el Impenetrable. ¿Pero es exactamente así? La cuestión puede ser tomada al revés y de este modo Formosa aparece como lo que es: un destino nuevo, ideal para aquellos que quieren explorar tierras -y aguas- aún vírgenes, donde la llegada de turistas aún no ha dejado huellas ni en el paisaje ni el comportamiento de la gente.

Es cierto que hace calor. Mucho calor. Pero en total desacuerdo con algunos aspectos de su imagen, la provincia de Formosa no es tan impenetrable como algunos imaginan: al contrario, toda su mitad oriental es más bien subtropical, con abundantes lluvias, sabanas con bosques de palmeras, grandes campos de algodón. Es la mitad occidental la más conforme a la imagen subjetiva del Chaco impenetrable: terrenos secos que reciben lluvias en contadas ocasiones a lo largo del año, donde crecen plantas que luchan y compiten para captar y conservar un poco de agua: todas o casi todas tienen agujas o pinches. Imposible avanzar sin cortarse las piernas y los brazos en este reino de animales que por lo general son de caparazón, como las mulitas, o andan por la vida protegidos por gruesas capas de pelo como el oso hormiguero.

Se podría decir que Formosa tiene dos caras, una más amigable que la otra, pero las dos muy interesantes cuando se trata de descubrir maravillas naturales. La Reserva Natural Formosa, en el extremo oeste (casi sobre el límite con Salta) es el mejor lugar para conocer el Impenetrable. Sobre todo porque los guardafaunas mantienen una red de caminos que permiten avanzar en medio de la vegetación hasta las orillas del río Bermejo, o Teuco como lo llaman en la región, y avistar aves y yacarés. Y con un poco de suerte osos hormigueros y colibríes al andar.

Pero no hay que ir tan lejos (son 460 kilómetros de ruta y 50 de camino de tierra desde la capital provincial para llegar hasta la entrada de la Reserva) para conocer el Bañado de la Estrella. Está a "sólo" 300 kilómetros… Hay que contar una mañana por la ruta. Lo ideal es salir lo suficientemente temprano desde Formosa para llegar a media mañana a Las Lomitas, un pueblito que se formó -como tantos otros- en torno a una de las estaciones de ese ferrocarril que está ahora en curso de rehabilitación (hay obras para recuperar el ramal ferroviario que algún día cruzó toda la provincia de par en par, pero faltan todavía varios tramos y en un primer tiempo circularán solamente trenes de carga).

Las Lomitas están en una especie de zona de transición entre los dos ecosistemas que prevalecen en Formosa. La sabana de sus llanuras ya no es tan verde y el agua no parece caer con tanta abundancia como en el este. Pero no hemos entrado todavía en el Impenetrable que cubre el oeste del Chaco y de Formosa. El pueblo vive al ritmo de las cosechas del algodón y de algunos otros cultivos intensivos. Temprano por la mañana o al atardecer, cuando el sol empieza a colorear de rojo el cielo en el horizonte.

En las horas pico de la tarde Las Lomitas es un verdadero pueblo fantasma. Los vientos cálidos que vienen del norte, arrastrando masas de aire cálido desde Paraguay y Brasil, levantan nubarrones de polvo de las veredas y los descampados entre las casas. En esos momentos del día los cruces son transitados sólo por algunos atrevidos que dejan rastros sonoros con sus motos hasta un tiempo después de haber pasado.

A las dos de la tarde parece ser el lugar más inactivo y alejado del mundo. Hasta la estación de servicio entra en letargo y la Ruta 81 da la impresión de haber sido asfaltada recientemente sólo para el decorado. Largos minutos pasan entre dos motitos y, ocasionalmente, un auto o un camión de los que llevan carga entre Paraguay y los puertos del norte de Chile, por los pasos salteños.

Sin embargo, hasta media mañana Las Lomitas rebosa de vida. Delante de los bancos se forman filas de familias enteras de aborígenes que vienen en grupo para cobrar ayudas por los cajeros. Los negocios desbordan sobre la calle para vender ropa, zapatos, juguetes o utensilios de cocina. Oscilan entre el modelo paraguayo y el boliviano: los primeros son como piezas sin fachada, con su mercadería bajo techo y un vendedor que espera sentado en una silla al borde de la vereda. Los segundos son directamente exhibiciones de mercaderia y productos sobre una pared, en la vereda. A medida que uno va hacia el oeste de la provincia, es este tipo de negocio el que se va imponiendo, mientras en Formosa capital hay un par de cuadras que los vecinos llaman el "mercado paraguayo": es una sola sucesión de pequeñas tiendas sin puertas ni vidrieras, totalmente abiertas sobre la vereda, como si fuese parte del decorado donde se filmó la película Siete cajas.

Falta para llegar al bañado, pero no tanto: unos 35 kilómetros para ver el agua aparecer al borde del camino y algunos más para llegar hasta las compuertas, donde se concentran las aves. Antes se pasa por el pueblo pilagá de Campo del Cielo. Los pilagás son una de las tres etnias aborígenes de la provincia de Formosa -junto con los tobas o qom y los wichis- y forman una importante comunidad. En Campo del Cielo, donde está empezando a crecer tímidamente el turismo, optaron por aprovecharlo y un cartel desde la ruta desea la bienvenida a quien quiera venir a conocer su pueblo.

No tiene realmente un trazado, sino que las casas están a lo largo de la ruta y de una plaza central, que sirve de terreno de fútbol los fines de semana. Es allí donde se centraliza la vida comunitaria, con la casa del cacique sobre uno de los costados. Las viviendas están espaciadas y los chanchos, las cabras y las gallinas que crían las familias van de un predio a otro, en busca de comida. Este primer acercamiento al turismo se traduce en venta de artesanías. Los domingos, que concentran la mayor cantidad de visitantes, las mujeres se instalan delante de sus casas y trabajan con fibras de palmera carandilla para fabricar canastas y apoyaplatos. Al mismo tiempo venden algunas maderas de palo santo que sus maridos e hijos tallan y esculpen. Las mismas artesanías se venden en una casa que la provincia puso a la disposición de las tres comunidades aborígenes bajo un sistema cooperativo.

Finalmente se llega al Bañado La Estrella, o por lo menos el lugar que pasó a llamarse puntualmente así, ya que el humedal en sí ocupa casi todo el sector norte de la provincia. No hay infraestructura y los autos por lo general paran al borde mismo de la ruta. Hay un proyecto de un complejo para visitantes, que seguramente le dará un marco más formal al turismo, pero entretanto es muy interesante para los que tienen la posibilidad de verlo ahora, cuando todo se encuentra en un estado incipiente. Los domingos hay una docena de autos estacionados: la mayoría son vecinos de Las Lomitas que vienen de paseo, junto con algunos obreros del megaproyecto del Gasoducto del NEA que se alojan en las viviendas construidas por las las empresas a cargo en las afueras del pueblo.

Se dice que el bañado es el tercer humedal en tamaño del continente, luego del Pantanal brasileño y de los Esteros del Iberá. Se forma con el desborde del río Pilcomayo. Como el otro gran río que enmarca la provincia, el Bermejo, tiene un caudal muy variable a lo largo del año. En épocas de poca lluvia son cursos de agua más bien modestos, que en ciertos puntos pueden cruzar los animales lo suficientemente grandes como para no caer entre las mandíbulas de los yacarés. En otros momentos del año, su nivel sube varios metros y el agua corre con tanta fuerza que se lleva los bordes de sus lechos, arrastrando árboles enteros, y hasta puede cambiar de lecho, dejando lagunas que se van secando poco a poco cuando vuelven a bajar. El Bañado La Estrella recibe el agua del Pilcomayo cuando desborda de su lecho: las aguas cubren una enorme superficie que ocupa una franja de varias decenas de kilómetros de ancho a lo largo de más de 200 kilómetros de largo paralelamente al río, aguas que se van escurriendo muy lentamente, en un terreno desesperadamente llano formando un pantano surcado de riachos. La intervención humana favoreció la formación de este fenómeno que hoy se conoce como Bañado de la Estrella pero es en realidad la zona de compuertas sobre una ruta elevada en terraplén: se trata de la ruta que viene de Las Lomitas y va hacia la frontera con Paraguay y las localidades a orillas del Pilcomayo.

El terraplén forma a su vez como un dique, que retiene el agua en mayores cantidades y con una profundidad que no suele tener el bañado en su formación natural. Esta obra fue una bonanza primero para los peces y luego para las aves. En primavera, cuando hay todavía mucha agua retenida sobre el costado oeste de la ruta, se forma un lago que ha sumergido un bosque, secado con el tiempo. Las copas desnudas sobresalen del agua y generan una suerte de selva fantasmal muy fotogénica en los atardeceres: las ramas negras dibujan formas aleatorias sobre el fondo rojo intenso del cielo.

Los yacarés son más bien escurridizos porque son cazados y tienen miedo del hombre, a diferencia de lo que ocurre en Carlos Pellegrini, en los Esteros del Iberá, donde es posible acercarse notablemente. Se llegan a ver boas, carpinchos y algunas nutrias. Adentro del bañado hay más variedad y los que se animan a las expediciones en kayak pueden tener la suerte de toparse con algunos pecaríes o un ciervo de los pantanos. En cuanto al aguara guazú y al tapir, sería excepcional poder avistarlos, aunque el bañado es parte de su hábitat. Lo que se ve esencialmente es un festival de aves. En muy pocas otras partes del planeta se pueden observar tantas especies en un solo lugar: aves de presa como el carancho o el chajá, aves zancudas como distintas especies de garzas, patos, el emblemático martín pescador, espátulas, cigüeñas y muchas, muchas otras. Sin olvidar al jabirú, la mayor de todas, con un pico negro muy grueso que la asemeja a los marabúes del África, y las populosas bandadas de biguás que colonizan las ramas del bosque sumergido.

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