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Dos historias de éxito y fracaso en Brasil 2014

Dos historias de éxito y fracaso en Brasil 2014

Publicado por Juan Gavasa el 09 de Junio del 2014

Una noche de mayo, Maria de Lourdes Soares perdió lo poco que tenía para ganarse la vida en Río de Janeiro. El puesto de playa donde vendía cocos y galletas fue incautado en un sorpresivo operativo municipal de madrugada.

"Estoy en cero", dice Soares, de 70 años. "No tengo cómo sobrevivir". Y llora.

Según la Alcaldía de Río, la acción de aquella noche fue un procedimiento de rutina en las playas para "mantener el ordenamiento urbano".

Pero Soares, que trabaja en el mismo lugar hace más de medio siglo, está convencida de que fue un maquillaje de la ciudad antes del Mundial de fútbol.

"Es con la Copa, porque viene mucho turista, mucho gringo, entonces no quieren ver las barracas. Quieren ver cosas lindas", sostiene. "El problema de los políticos y gobernantes es no querer mostrar afuera la pobreza que tiene Río".

Esa misma noche de mayo, José Luis Munin Monteiro regresaba a Río en avión desde Sao Paulo, adonde había sido invitado para relatar a otros emprendedores su historia de éxito gracias al Mundial.

Su pequeña empresa de cemento pre-moldeado fabricó cuatro grandes rampas y un anillo alrededor del Maracaná, el renovado estadio de Río donde se jugarán siete partidos de la Copa, incluida la final.

Ese contrato le permitió asegurar ingresos mensuales constantes durante dos años y aumentar 30% su facturación, un verdadero trampolín que lanzó su firma hacia nuevos horizontes.

"Esta obra generó mi primer millón", señala el empresario de 53 años frente al legendario Maracaná. "Con ese dinero conseguí comenzar a hacer mi segunda fábrica".

Con la fiesta global del fútbol a punto de comenzar, Monteiro y Soares encarnan hoy dos formas opuestas de ver el Mundial en Brasil, él como una fuente de fortuna y ella como una desgracia en su vida.

Son dos ejemplos extremos de la ambivalencia de todo un país ante la Copa.

"Destruyendo todo"

Soares supo recién a la mañana siguiente que su puesto había sido incautado. Llegó a su tienda de la playa de Flamengo y la encontró arrasada.

Viuda, vive con su hija, que estudia derecho, en un barrio humilde de São Gonçalo, una ciudad al otro lado de la panorámica Bahía de Guanabara.

Cuenta que el viaje cotidiano en autobús a Río puede llevarle más de tres horas, por lo que sale de su casa de madrugada para llegar a Flamengo hacia las seis, cuando la gente comienza a hacer ejercicios en la costa.

Soares asegura que su barraca tiene permiso de la Alcaldía, pero las reglas municipales impiden guardar material en la arena. Ella, como otros vendedores que corrieron igual suerte, quebró esa norma porque no podía pagar un depósito nocturno.

Ahora calcula que perdió el equivalente a unos US$3.000 y asegura que este tipo de acciones en Río ocurren sólo antes de grandes eventos como el Mundial.

"Quieren mostrar un Río que no es. Bonita es la (turística) Zona Sur. Ve a los suburbios: no tienen agua, saneamiento, nada", reclama.

Ese operativo municipal no fue el único lanzado en Río antes del Mundial.

La misma semana, el gobierno inició su "Operación Barrera de la Copa" para evitar el ingreso de productos piratas o falsos como calzados deportivos, camisetas o fundas de teléfonos móviles.

Sólo en los primeros se incautaron 700 kilos de mercaderías, por un valor estimado de US$66.000.

La mayor fiscalización también responde a exigencias de la FIFA para proteger los negocios de sus marcas y patrocinadores. Pero ha tocado fibras sensibles en un país donde el comercio informal es una forma de sobrevivir de muchas familias.

Un grupo de vendedores de calle en Río se ha unido al Comité Popular de la Copa, una organización que defiende a brasileños desplazados de sus hogares por las obras del Mundial y los Juegos Olímpicos de 2016.

Según el gobierno, esas personas desplazadas "no pasan de 9.000". Pero los activistas afirman que son muchos más y que sus derechos a menudo han sido vulnerados.

Soares nunca integró el Comité Popular, aunque su opinión del Mundial también es crítica. Dice que otros vendedores de la playa de Flamengo "están sin trabajo, pasando hambre".

"La Copa está destruyendo todo", concluye.

"Oportunidades"

Monteiro se hizo empresario por esas vueltas de la vida. Aprendió de la construcción con su padre, un inmigrante español que era maestro de obras. De joven vendió ladrillos, pero en un viaje a Europa conoció los secretos del cemento pre-moldeado.

Son piezas enteras que salen de fábrica con determinada forma, ahorrándole a la construcción el trabajo y tiempo de montar una estructura, volcar el cemento, esperar a que seque y desmontar la estructura.

Cuando volvió a Río, Monteiro descubrió que todo eso era desconocido y comenzó a ofrecerlo. Creó la empresa Trelicon con su hermano ingeniero y en poco tiempo tuvo algunos clientes y una veintena de empleados.

En una crisis de crecimiento, acudió al Servicio Brasileño de Apoyo a las Micro y Pequeñas Empresas (Sebrae), que le asesoró gratis en áreas como administración y marketing.

Cuando supo de las obras en Maracaná, fue personalmente al estadio a ofrecer sus productos y en 2008 cerró su "primer gran contrato" de dos años, que le permitió facturar más de un millón de reales (unos US$440 mil).

Hoy Sebrae presenta a Monteiro como un ejemplo de los brasileños que se beneficiaron de las oportunidades del Mundial, con pequeñas firmas de ramos que van desde la fabricación de muebles hasta los agronegocios.

El director técnico de ese servicio estatal, Carlos Alberto dos Santos, dice que hasta abril tenían registrados negocios de empresas participantes del programa del Mundial por cerca de 370 millones de reales (unos US$160 millones).

"En todos los 12 estados cuyas capitales van a ser sede de partidos del Mundial de la FIFA, las empresas están realizando negocios", asegura Dos Santos.

Monteiro rechaza las críticas de quienes sostienen que la Copa sólo fue un negocio redondo para la FIFA y sus patrocinadores, a costas de los US$11.000 millones que Brasil gastó para el evento.

"Yo nunca vi tantas obras en Río. ¿Por qué no buscan esas oportunidades?", pregunta. "Yo soy una empresa pequeña y busqué la mía".

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