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Diario de un joven emprendedor cubano

Diario de un joven emprendedor cubano

Publicado por Miguel Ernesto el 14 de Agosto del 2015

«Mira, papá, estoy en la playa», comenta Laura, mientras sumerge la fantasía de sus 6 años en una diminuta palangana. «Está bien, mi niña, pero ten cuidado con los tiburones», le advierte José, abriendo grande los ojos para entrar de lleno en el juego.

De todos los oficios que desempeña José Martínez Ortega, quizá sea el de papá el que le deje mayores ganancias. Sin embargo, para sostener este, y los de psicólogo,  fotógrafo, vendedor, actor, botero… no son pocas las complejidades que ha debido sortear a los largo de sus 33 años.

En una confortable casa en el barrio más selecto de la capital cubana: El Vedado, en el habanero municipio Plaza de la Revolución, conversamos sobre esos retos, su vida y la Cuba de hoy y mañana. Laura jugaba en su playa imaginaria. Diosaime, su esposa, atendía en el segundo piso de la vivienda a la pequeña Amelia, de solo 2 meses, mientras la calurosa tarde de marzo se refrescaba con las historias de José y con un espléndido jugo de guayaba.

De Contramaestre a La Habana

La profesora de Español comenzó el dictado: «Son muchas las cosas que en la vida contribuyen al bienestar psicológico. Tener una buena autoestima, disponer de una red de apoyo social fuerte, estable y positiva, adoptar una filosofía optimista... La vida, sin embargo, no es una urna de cristal en la que todo está preestablecido para un final feliz como en las novelas…”

Y mientras la oía, y tomaba notas, aquel adolescente de 11no grado, criado en las serranías de Contramaestre, a unos mil kilómetros de la capital cubana, comprendía que había llegado su decisión. Que no sería fácil, pero valía la pena. «Fíjate si fue así ―evoca a la distancia― que memoricé el párrafo del dictado. Supe que lo mío era la Psicología. Y gané la carrera».

Sin embargo, había otro oficio que desde pequeño, y por natural impulso de familia, José ejercía con soltura: vendedor ambulante. Desde el puré de tomate hecho en su casa hasta las raspaduras que compraba en diversos establecimientos, muchas fueron las ofertas que comerció. Así ayudaba a los suyos y se costeaba una mínima holgura económica.

En tercer año de la carrera alcanzó una convicción más: para triunfar había que salir de Santiago de Cuba. Entonces, al influjo de una emprendedora hermana de su mamá, que residía en la capital cubana, salió a retar lo desconocido.

«Estudiaba en las mañanas y en la tarde recorría las tiendas para comprar ropa reciclada y enviarla en tren a Santiago de Cuba. Allá mi mamá lograba venderla y sacar ganancia», rememora. «Conocí a Diosaime en el teatro, nos alquilamos juntos, y con las ventas pudimos sostenernos. Le dije a mi familia: “Caballero, hace falta que vengan”».

Y los padres y la abuela, que siempre han confiado en las luces de Joseíto, dejaron allá una casa de mampostería, para enfrentarse a un casucho de madera, en muy mal estado, en la periferia de La Habana.  

«Pasamos momentos malísimos. Mi papá no encontraba trabajo; mi mamá no levantaba en la peluquería; mi hermana, sin ocupación. No teníamos qué comer y tampoco dinero para comprarme ni siquiera la ropa de la graduación de la universidad», cuenta mientras su niña mayor viene a regalarle un pez imaginario.

Una luz (de flash) se encendió entonces...

Fotos a domicilio y discos «al sartén»

«Diosaime tenía una camarita digital, no profesional. Un día le dije: “Oye, voy a hacer fotos”. Y me fui para el Parque Lenin, donde van muchos niños con sus padres. Conseguí hasta un slogan: “La paga cuando la lleve a su casa”. Tiré casi 20 fotos aquel día y al otro me fui a recorrer la ciudad para entregarlas. Cada foto costaba 25 centavos de dólar y se vendía a un dólar».

Pronto la familia-batallón estaba empleada en el negocio. José caminaba diariamente kilómetros de la playa de Guanabo grabando imágenes y, al día siguiente, la tropa completa se distribuía por municipios para repartir el encargo. A la sazón, él trabajaba además como profesor de Psicología Especial en la Facultad de Psicología de la Universidad de La Habana, en donde había egresado en 2005 con magníficos resultados.

«De las fotos pasé al fotomontaje, a las fotos de carné, a diversificar el negocio. Tú empiezas a creértelo y comienzan a aparecer personas que necesitan tu servicio. Mi mamá desarrolló la peluquería, mi papá consiguió trabajo como cocinero; fuimos levantando la casa de mis padres y esta»…, afirma mientras Laurita nos reclama insistentemente que le hagan una foto.

En medio de este ajetreo vino una misión educativa de ocho meses a Venezuela y de ahí, al regreso, la bella y dura misión de la paternidad. También, como resultado del viaje, el mínimo capital para adquirir una computadora. Nació su primera hija. Luego, entre el trabajo en la Facultad, la cuestión fotográfica y la carrera con vallas de ser papá, llegó un giro.

«Viene la explosión de los reproductores de DVD en Cuba y comienzo a vender copias de discos musicales. Aquello cogió tanta fuerza que llegué a contratar a mi suegra para quemar entre 50 y 100 CDs diarios. Se veían más rápido los ingresos. No demoró mucho en salir una licencia legal para esta actividad comercial. Fui uno de los primeros que puso la computadora en el punto de venta para poder, además, complacer gustos personales», narra radiante.

No perder el rumbo

Tuvo que dejar la docencia, pero fundó una sección en la Sociedad Cubana de Psicología, llamada InterCreAcción, que tiene dos ciclos de talleres internacionales al año. Uno de ellos dedicado al Emprendimiento. Como vicepresidente de esa sección ya ha compartido experiencias con colegas de Francia e Italia. «Lo que hago con InterCreAcción es a costa del negocio. Y en este giro perder, digamos 5 días, es muy costoso. Me anima el deseo de lograr que en mi país las personas puedan desprejuiciarse un poco y romper barreras».

― Y en todo este tiempo no te has desligado del teatro, otra de tus pasiones…

Eso viene desde la universidad, donde obtuve incluso premios nacionales. Mi tesis, de hecho, fue basada en la aplicación de métodos del teatro con familias de niños Síndrome Down... El año pasado, por ejemplo, trabajé como actor y productor con Teatro Espontáneo de La Habana, dirigido por Carlos Borbón».

―¿Cuáles son, a tu juicio, las principales barreras que encuentra un joven emprendedor en nuestro país?

La legalidad es la principal. Sentir que en tu afán de prosperar puedes cometer alguna ilegalidad, sobre todo cuando sigues principios de honestidad, es algo bastante incómodo. Por ejemplo: para promocionar tu negocio, no están claros los límites. Tampoco hay un sistema legal que engrane y legitime algunos servicios que prestan particulares. Ahora mismo compramos un carro familiar, un Chevrolet del 55, para botear, y contratamos dos choferes. Cualquier arreglo del carro cuesta muy caro y no existe garantía alguna porque no hay instituciones que brinden ese servicio; son cuentapropistas, valiéndose de disímiles estrategias para ofertarlo.

―Alguien tan osado como tú, ¿a qué le teme?

A perder el rumbo esencial de la vida. Con cada paso trato de recordarme: “el fin no es tener más dinero, sino poder darles a los otros: tu familia, amigos, compañeros, lo mejor que puedes”. Ahora mismo, al criar a mis hijas siempre pienso en qué modelo de padre voy siendo para ellas. Aquel que trabaja hasta tarde y no tiene unos minutos siquiera para jugar, o aquel que sacrifica ganancias materiales por otras espirituales. Hay que cuidarse de no perder el rumbo. Para mí ese es el gran dilema entre socialismo y capitalismo».

«Papá, papá, ¿ya nos podemos hacer la foto?», insiste Laurita. Y ahora sí llega el flashazo familiar.   

Un artículo de Jesús Arencibia Lorenzo: La Habana. Cuba.

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