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Del Toro en la piel de Escobar

Del Toro en la piel de Escobar

Publicado por Juan Gavasa el 13 de Noviembre del 2014

"No soy político, pero algo del tema sé", comenta Benicio del Toro (San Germán, Puerto Rico, 1967) en un español pausado, más gráfico en los silencios que explícito en el zumbido isleño de su pronunciación. Le faltan palabras. Y lo hace saber con las manos, el chasquido de la lengua y un "Tú ya sabes" irrefutable. En su próxima película, 'Escobar. Paraíso perdido', que se estrena mañana, da vida al mayor y más famoso narcotraficante de la Historia. O, por lo menos, uno de ellos. Y lo hace con la contundencia habitual. Y en su caso, hasta ritual. "Creo que si repaso mi filmografía, he hecho de todo lo que tiene que ver con la droga: de drogadicto, de traficante.. He sido el que la tira, el que la lleva, el que la vende, la regala, la prohíbe... Y ahora esto. Por eso admito preguntas sobre el asunto. Algo sé". Y se ríe.

-¿Se cuenta entre los que ven con buenos ojos la legalización de la droga?

-Creo que sí. Aunque, no todas las drogas son iguales. Eso conviene dejarlo claro. Muchas veces se demoniza a todas por igual y eso impide que se pueda avanzar en la discusión. Una forma de acabar con la violencia que genera el tráfico de marihuana, por ejemplo, es regulándolo. En Estados Unidos hay dos estados que la han legalizado la marihuana y no pasa nada. Sin embargo, hay muchas drogas muy dañinas como el crack o el éxtasis que no sé si tiene sentido que un Gobierno permita su uso. Lo que derrumban estas sustancias en el cerebro no se recompone. [Se toma una pausa] Siempre existe ese miedo de que si se legaliza una droga todo el mundo se va hacer drogadicto. Y no. La gente es más responsable de lo que queremos o tendemos creer.

Y ahí lo deja. La propuesta del director debutante Andrea Di Stefano en 'Escobar...' posee el acierto de convertir al temido capo de la droga en algo así como un personaje secundario. O casi. La historia de amor entre un canadiense ingenuo y la sobrina del mafioso sirve como cortina para que el monstruo que se esconde detrás luzca aún más temible. Del Toro vuelve a estar donde mejor se encuentra: en la parte de atrás, como el más destacado robaplanos que ha dado el cine reciente. Eso, además de ser el mejor secundario con cara de protagonista. Recuerden 'Traffic', 'Sospechosos habituales', 'Miedo y asco en Las Vegas'... "No controlo mi carrera. Acepto los papeles que creo que me sirven y para los que sirvo. No calculo nada. Además, soy muy mal contable, no entiendo de números: no sé lo que es ser primer, segundo o tercer actor. Todos son actores", afirma con un medio deje de tipo interesante.

Habría que hacer, por supuesto, alguna que otra excepción. Por ejemplo, la del díptico dirigido por Steven Soderbergh sobre el Che en 2008. Ahí sí, no hubo remedio. Toda la película fue suya. "Si me fuerzan a elegir un papel en toda mi carrera, sin duda tendría que ser éste. Todo fue extremadamante complicado. Me jugué mucho más de lo que pueda imaginar".

-¿Se refiere a que sufrió represalias o algo parecido?

-Vamos a ver si lo explico bien. Yo soy un actor criado en Hollywood, y el director y la productora también. Para buscar algo tan sencillo como información, teníamos que saltar una muralla enorme. Hacer una película del Che significaba criticar la política de Estados Unidos. Jugábamos con fuego. La historia del Che no sólo es la historia de un hombre. Es un mito con dos caras: puede ser un villano o un héroe. Las películas se basaban en los que mejor lo conocieron: los cubanos. No sé si ha oído hablar del bloqueo... Eso complicaba todo. Además, hicimos el trabajo de dos películas en el trabajo de una. Cuando acabamos las películas me quería ir a Alaska. No daba más. Son los riesgos de que los deseos se hagan realidad.

Y dicho lo cual, se recuesta, se frota la cara y alguien podría imaginar que hasta bosteza. Queda confirmado: las largas parrafadas en castellano le agotan. Cuenta que su relación con España y con el español es mucho más que simplemente sentimental. "Sanguínea", apunta. No hace mucho recibió la nacionalidad española. "Es un honor. Además que así es mucho más fácil trabajar a este lado del Atlántico", añade pragmático. No en balde uno de sus últimos trabajos, aún por estrenar, le coloca al lado de Tim Robbins y a las órdenes de Fernando León de Aranoa. "Mi 'vieja' era española en su forma de estar en el mundo. Mis abuelos son vascos por los dos lados. La vinculación, como ve, es muy personal... Pero no sólo eso. Es mi país entero. Juan Ramón Jiménez o Pau Casals vivieron en Puerto Rico. Es un puertorriqueño el que trae el baloncesto a España en los 60: Johnny Báez. Para ustedes quizá es distinto, pero para nosotros, España está siempre ahí muy presente. Aquí miran a Europa; nosotros, a España", concluye en una improvisada y entusiasta lección de hispanidad. Y puesto que de hispanos hablamos...

-¿No le molesta que los hispanos siempre sean los malos en el cine de Hollywood?

-Creo que va cambiando. Pero en este tema, como en el de las drogas, también soy un poco experto. La historia de Escobar en este sentido es extrema. Aunque está justificada. Él sólo fue capaz de declarar una guerra a un país entero. Y llevó al Gobierno a hincarse de rodillas. Si se mira con un poco de distancia, es como el cómic de Batman. Parece una historia irreal. Cuando entra en política y otros le acusan de narcotraficante, él ve que algunos de los que le increpan habían aceptado previamente dinero. Y lo confunde todo. Monstruoso.

La película que ahora estrena se maneja con fluidez entre los tiempos (pasado y presente), entre los mundos (el civilizado y el otro; el tribal de la familia y el otro), entre las morales (la que sí y la que no). Y por encima de todo, aunque esté al fondo, Benicio del Toro.

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