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Cuando el desierto de Nevada se convierte en una gran fiesta contracultural

Cuando el desierto de Nevada se convierte en una gran fiesta contracultural

Publicado por Liliana Castaño el 29 de Agosto del 2014

Arena en la cara. Arena en el pelo y debajo de las uñas y en la boca. Tanta arena que una semana después aún la irás encontrando en sitios insospechados. Los que bailan salsa bajo la carpa, cóctel de ron y coco en mano, están cubiertos de una capa blanca. Un chico se acerca y grita al oído: “¿Es tu primera vez?”.

Si la respuesta es sí, es probable que la conversación adquiera cierto tono eufórico, que salten granos de arena cuando gesticule y pronuncie la frase recurrente: “No, ¡esto no es un festival!”.

A lo largo de la semana que dura Burning Man (Hombre en llamas en inglés), un evento anual en el desierto de Nevada (EE UU), las decenas de miles de participantes lo llamarán de otras maneras: experimento sociológico, espectáculo sin espectadores, laboratorio de contracultura, parque de atracciones gigante para adultos... La ciudad temporal de Black Rock City es una red ordenada y delirante de calles y avenidas en medio de la nada, y al pisarla por primera vez decenas de personas desnudas, vestidas de marciano, de bailarina, de mago, de ejecutivo, gritarán al recién llegado “¡Bienvenido a casa!”. El no festival arrancó el lunes pero las actividades de ese día se cancelaron por una tormenta de arena.

Todo esto ocurre a cuatro horas en coche de Reno, una especie de Las Vegas en versión pequeña y menos espectacular. El impacto que causa pasar de los casinos en el vestíbulo de cada hotel a la planicie blanca, o viceversa, es memorable. Pero hay mucho más: Burning Man se rige por un decálogo de principios utópicos que durante siete días funcionan. Quien va se hace cargo de su comida, agua, el sitio donde dormir, las duchas que funcionan con energía solar y las toallitas húmedas, que ocupan menos y ayudan en la batalla (imposible de ganar) contra la arena. A la venta solo hay café, hielo y limonada. Los patrocinios privados, que codician este reducto de excéntricos, también tienen cerrado el paso. En 2013, los camiones de mudanzas llevaban el nombre de la empresa tapado con cinta de embalar.

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