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El Cristo de La Habana, símbolo de una ciudad cambiante

El Cristo de La Habana, símbolo de una ciudad cambiante

Publicado por PanamericanWorld el 30 de Abril del 2018

El Cristo de La Habana no tiene ojos, pero ve. Lo hicieron con las cuencas vacías para dar la impresión de que mira a todos lados. Así ha estado durante seis décadas, ubicado a 50 metros sobre el nivel del mar, exactamente en la Loma de la Cabaña, mirando la bolsa de la bahía de La Habana, bendiciendo los barcos que entran al puerto.

La esposa del presidente cubano Fulgencio Batista prometió hacer una estatua de Cristo, si su marido escapaba a las acciones del 13 de marzo de 1957, cuando un grupo de jóvenes revolucionarios atacaron el entonces Palacio Presidencial. En diciembre de 1958 fue develado como alegoría de la sobrevivencia del presidente. Una semana más tarde, el Cristo veía el triunfo de la Revolución cubana.

En 1961 cayó un rayo fulminante que destrozó  la cabeza del Cristo y le hizo perder su capacidad divina en el imaginario popular. El segundo rayo lo golpeó en 1962 y, en 1986 lo estremeció un tercero. Finalmente, en ese año se convencieron de que las leyes de la física (opulentos 20 metros de altura y esqueleto de hierro) superaban la bendición que le otorgara el papa Pio XII cuando solo era un conjunto de 300 toneladas de mármol de Carrara para atraer las descargas eléctricas y le pusieron un pararrayos.

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La capital cubana queda a sus pies y él la mira toda desde arriba, como la miran aquellos que están a su alrededor. Mirar La Habana desde arriba significa apartarse, tomarse un tiempo para estar solo con uno mismo o con alguien más. Pero es una soledad de mentiras donde se está todo el tiempo rodeado de personas, rodeado de La Habana.

Fue puesto dentro San Carlos de la Cabaña recinto que, junto a los Tres Reyes del Morro, a San Salvador de la Punta y al Castillo de la Real Fuerza, intentaba defender a La Habana de corsarios y piratas y de la codicia de potencias extranjeras.  Sin embargo, contra estas últimas, ninguna de las cuatro edificaciones, ni la estatua emplazada después, ha logrado hacer mucho.

Entonces, por su cercanía a estas fortalezas, el Cristo también ha escuchado durante siglos el quejido del cañón que, justo a las nueve de la noche, despide todos los días en La Habana y, durante muchas noches, la luz del faro del Morro le ha revelado a alguna pareja que busca amarse en la oscuridad de sus pies.

Ante sus ojos el sol se pone, destellando sobre los cristales de guaguas turísticas, que se parquean junto a los vendedores de granizado, de maní, de pasteles, que esperan a los extranjeros que vienen con el ocaso.

Al lado del Cristo, considerado Monumento Nacional, está la casa museo “Ernesto Guevara”, porque a principios de la Revolución tuvo ahí el Che su comandancia. Ahora, el antiguo puesto de mando del guerrillero se encuentra custodiado por múltiples carritos que venden agua de coco.

El Cristo es cubano y por eso calza chancletas de “meter el dedo” y sus labios son carnosos, sensuales, masculinos. Por eso vienen a verlo tantas personas de todo el mundo, porque no se parece a nadie, ni siquiera a Cristo. Incluso hay quien cuenta que fue inspirado en un gran amor de su creadora, Jilma Madera.

“Tu escultura tiene solo un defecto”, cuentan que le dijo Batista a la escultora antes de inaugurar la estatua, “no tiene ojos”. “Señor presidente, eso es para que desde donde se mire, quien quiera que lo mire, tenga la impresión de que es mirado por el Cristo también”, respondió Jilma.  Y como quien adivina que su creación monitoreará La Habana por muchos años, enterró en su base periódicos de la época y monedas de oro, como para que no se olvide el Cristo de cuándo y de dónde vino, para que siga siendo consciente de todo lo que cambia bajo sus pies.

Por: Yerisleydys Menéndez García / PanamericanWorld - La Habana

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