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El cóndor pasa

El cóndor pasa

Publicado por Juan Gavasa el 29 de Marzo del 2014

Sostenidos por una corriente de aire cálido, los cuatro cóndores planean entre las altísimas paredes montañosas. De tanto en tanto descienden unos cuantos cientos de metros y se acercan al río lejano, diminuto a la distancia, que corre encajonado entre las rocas.

Desde el mirador, donde se amontonan más de 50 personas, el espectáculo es magnífico. ¡Ahí viene otro! grita alguien al ver venir otro cóndor, con sus enormes alas desplegadas y el cuello rojo iluminado por el sol aún débil de las primeras horas de la mañana. Entonces, el quinto cóndor pasa por sobre el mirador, en vuelo rasante, casi acariciando las cabezas de la gente. El asombro los hipnotiza.

El Cañón del Colca es uno de los mejores sitios del mundo para ver cóndores. Ubicado en el sur del Perú, a poco más de 150 kilómetros de la ciudad de Arequipa, este cañón es un enorme desfiladero de rocas sedimentarias, en cuyo fondo corre encajonado el río Colca.

Su profundidad máxima, superior a los 4.100 metros según las mediciones más confiables, lo ubican como el segundo más profundo del mundo, por detrás del Cañón del Yarlung Tsangpo (China). Convertido en una de las mayores atracciones turísticas del Perú, el Cañón del Colca es visitado anualmente por varios cientos de miles de personas que lo recorren longitudinalmente, a través de una ruta que lo orilla desde el oriente al occidente.

Sobre este camino se encuentra la muy popular Cruz del Cóndor, un mirador ubicado casi al borde de un altísimo precipicio, al que muchos especialistas consideran como el mejor lugar del planeta para hacer avistaje de cóndores. “Cientos de personas llegan todos los días hasta aquí, especialmente entre los meses de abril y noviembre que coinciden con la temporada seca en la región andina. Esa época es la mejor para ver cóndores, ya sea bien temprano en la mañana o en las últimas horas de sol, en el atardecer”, explica Luciana, una joven guía de turismo nacida en Arequipa, que trabaja en turismo en la región del Colca desde hace varios años.

Sentada sobre una roca, cubierta con un sombrero verde, la guía asegura que ha venido ya cientos de veces al mirador pero que no por eso deja de maravillarse con el vuelo de los cóndores. “Estas aves pueden superar los tres metros de envergadura con sus alas desplegadas y pesar hasta 12 o 13 kilos. Sin embargo, en el aire se mueven como plumas, planeando de manera majestuosa con la ayuda de las corrientes térmicas que suben desde el fondo del cañón. No por nada los incas creían que eran seres mitológicos”, completa Luciana.

El camino que lleva hasta la Cruz del Cóndor comienza en Chivay, un pequeño pueblo fundado en la época colonial española, que está ubicado a 3.700 metros sobre el nivel del mar, en una de las partes más altas del Cañón del Colca. La mayoría de los turistas que recorren la zona se alojan allí, ya que cuenta con una buena cantidad de alojamientos y restaurantes.

Además, a tan sólo tres kilómetros de la plaza principal del pueblo, se encuentra un complejo de aguas termales con aguas que brotan de la tierra a 39º centígrados. “Nadie que venga al Colca debería perderse estas termas. Son a cielo abierto y por eso no hay nada mejor que relajarse en las aguas en el final de la tarde, cuando empiezan a verse las estrellas en el cielo”, señala Luciana.

El camino de las iglesias

Desde Chivay, el camino sigue hacia el poniente por la margen izquierda del curso del río Colca. A tan sólo siete kilómetros se llega a Yanque, un muy pequeño pueblo con una hermosa iglesia franciscana de paredes blancas, construida en 1690.

“La iglesia está dedicada a la Inmaculada Concepción y es una perfecta muestra del estilo barroco mestizo, con el que se levantaban muchos templos de esta zona del Perú”, explica la guía, mientras media docena de niñas empiezan a rodear a un grupo de turistas que acaban de bajarse de una camioneta.

Vestidas con amplias faldas bordadas y blusas de mangas largas, empiezan a bailar la llamada danza de los wiitis, típica de los pueblos descendientes de la etnia cabana que habitaba el sur peruano antes de la llegada de los incas. “Muchos de los habitantes de Yanque y otros pueblos de la zona del Colca son descendientes de los cabana, así como también de los collawa, otra de las culturas originarias de la región”, relata Luciana y le da unas monedas a una de las niñas danzantes.

Unos 20 kilómetros más adelante, la ruta llega hasta Maca, otro pueblito caracterizado por tener una hermosa iglesia blanca de origen franciscano. “Uno de los grandes atractivos de la zona del Colca son justamente sus antiguas iglesias, que pueden encontrarse no sólo en Yanque y Maca, sino también en otros pueblitos, como Pinchillo, Lari, Coporaque, Sibayo o Callalli. Por lo general, estos templos son bastante austeros, pero se destacan por sus hermosos altares, sus pinturas y sus retablos”, detalla Luciana.

Muchos entienden que en Maca comienza realmente el Cañón del Colca. Hasta allí, el río corre en medio de una zona que geográficamente resulta un valle, sin que las montañas lo encajonen en un grieta profunda. A poco de dejar atrás Maca, la pendiente del río aumenta y su cauce se va a alejando del nivel del camino, volviéndose cada vez más lejano y pequeño. Es entonces que la ruta se vuelve más serpenteante y empieza a orillar algunos muy altos precipicios, al tiempo que se atraviesan más pueblos pequeños y más iglesias blancas.

Finalmente, después de haber andado más de 40 kilómetros desde Chivay, se llega a la Cruz del Cóndor, en donde los bordes del camino se aproximan a un abismo de un par de miles de metros de profundidad. Es allí donde el cañón se puede apreciar en toda su magnitud, mientras los cóndores planean sobre los turistas.

La ciudad blanca

Más allá de la Cruz del Cóndor, la ruta sigue hacia el poniente hasta terminar su recorrido por el Cañón del Colca en el poblado de Cabanaconde, cuyo nombre proviene de la voz quechua qhawana, que quiere decir “lugar donde se mira”.

Una leyenda cuenta que los incas solían ver desde allí el último vuelo de los cóndores más viejos, que al saberse ya en el final de sus vidas, se dejaban caer hasta lo más profundo del abismo para morir.

“Los pueblos de esta región y los cóndores siempre han tenido una relación muy íntima, muy especial. Por eso, este tipo de mitos forma parte del corazón mismo de la gente, del espíritu que sostiene sus culturas. El Colca es un lugar sagrado. Tan sagrado como maravilloso”, concluye Luciana. 

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