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Castro Prieto vs. Latinoamérica y Caribe

Castro Prieto vs. Latinoamérica y Caribe

Publicado por Juan Gavasa el 23 de Agosto del 2014

Con lo que viajaba Tintín, Juan Manuel Castro Prieto podía haberse enamorado de cualquier país. Pero fue Perú el que conquistó al fotógrafo madrileño cuando devoró las viñetas de Las 7 bolas de cristal y El templo del Sol, las dos aventuras del reportero del tupé en el país sudamericano. Decidió que quería ir a conocer a esas momias, selvas y templos que guían la historia de Hergé. Y la ocasión se le presentó ya como fotógrafo profesional, en 1990. Fue requerido para ampliar las instantáneas de uno de sus referentes profesionales: Martín Chambi. El fotógrafo indígena que captó con su cámara el Perú de los años veinte hasta la década de los setenta.

Castro Prieto es probablemente el fotógrafo español que mejor ha reflejado a través de su objetivo el país andino. Pero de una manera muy diferente a National Geographic, una publicación que “marcó una época”, según afirma, y que conseguía despertar el deseo de querer trabajar en ella a los profesionales de la imagen cuando se adentraban en ese mundo. Aunque no niega que más tarde su estilo se distanció bastante del de la revista estadounidense.

Su selección de imágenes de Latinoamérica, Caribe y Antártida tiene un hilo que une a estas instantáneas que recorren diferentes países y distintas épocas. Echen un vistazo. ¿Lo ven? Son las personas, esto es lo que atrae a Castro Prieto: la parte humana. Salvo un par de imágenes de la naturaleza, algo en lo que National también demostraba maestría por su captación del color y la luz.

Como, por ejemplo, la de las tortugas reposando a los pies del volcán y los pingüinos en plena zambullida en las heladas aguas de la Antártida. “¿Tú sabes cuántas horas se tuvo que pegar el fotógrafo para conseguir eso, cuántos clics?”, interroga Castro Prieto. A decir verdad, la instantánea consigue que el espectador crea que el fotógrafo pasaba por allí y se encontró la escena, con los animales casi posando. Pero si reflexionamos un poco más, nos damos cuenta de que es una impresión absurda. “Siempre se ha sabido que los medios con los que contaban los profesionales de National Geographic eran casi ilimitados. Tenían el material perfecto, disponían de todo el tiempo que querían para conseguir la imagen perfecta. Si lo que habían hecho no los convencía al final del día, podían volver al siguiente para repetir”, explica.

Sólo así se entiende cómo Carsten Peter llegó a inmortalizar la grandiosidad de las cuevas de México en las que hallaron los cristales de mayor tamaño en la Tierra. “Iluminar todo eso es un trabajo impresionante, y viendo a los exploradores, te imaginas cómo tenía que estar apoyado él para tomar la fotografía, por no hablar de las condiciones ambientales”, detalla Castro Prieto, a quien este reportaje se le clavó en la memoria en 200. Observándolo hoy es víctima del mismo efecto que él busca con su trabajo: que su imaginación vuele. Pensando en la postura en la que se debía encontrar Peter, Castro Prieto reflexiona sobre la situación más complicada en la que él ha trabajado. “No recuerdo ningún momento en el que las condiciones fueran especialmente duras, pero el viaje a Etiopía fue difícil por otros motivos…”. Ahora cuenta con tranquilidad cómo los secuestraron en un pueblo del país africano hasta que pagaron una fianza a unos hombres armados con Kaláshnikov: “Hasta el guía se puso nervioso y dijo que, si hacía falta, pagaba él. Fue un momento muy tenso”.

Volviendo al continente que nos compete en esta selección, Castro Prieto rememora su primer acercamiento a tierras peruanas. Gracias al trabajo sobre Chambi, pudo viajar hasta su destino soñado en 1990 y conocer a la familia de este pionero de la fotografía, cuyas imágenes tienen un valor sociológico incalculable. En una procesión de Viernes Santo en Cuzco se reafirmó en la idea que le rondaba desde que vio a Tintín con chullo (el gorro con orejeras típico de Perú) y poncho: tenía que fotografiar ese país. “Yo estaba alucinando en medio de toda esa gente, esa escena se podía ver en España, pero a los personajes les habían cambiado la vestimenta y las caras”. No esperó mucho: en 1994 volvió a poner su trípode en suelo peruano para retratar sus paisajes. Pero como en la vida muchas cosas no salen según lo planeado, Castro Prieto descubrió que por muy deslumbrante que fuera el panorama, lo que de verdad le interesaba eran las personas. Latinoamérica le inspira calma y tranquilidad. “Es como si allí el tiempo no pasara”, apunta.

De ahí nacieron los retratos de los campesinos, los lugareños sentados a la mesa con sus vasos de pisco, los andinos con la mirada perdida. No quería el Perú monumental, sino el personal y subjetivo, el que se extrae de lo sentimental y lo particular. Para culminar la relación con Chambi en el tiempo a través de los carretes, Castro Prieto recorrió en 2009 el sendero marcado medio siglo antes por él e inmortalizó sus mismos escenarios con una cámara de placas.

Observando la fotografía de una paupérrima Bolivia, se plantea la cuestión tan discutida de si el fotógrafo debe involucrarse con los habitantes del entorno que va a retratar. “Hasta cierto punto”, asegura él, “a mí me gusta hablar con la gente, claro, pero cuando vas a determinados lugares, es imposible ayudar a todo el mundo, no eres una ONG”. Aun así, emerge de entre sus recuerdos (y de una carpeta de imágenes de su ordenador) un niño etíope semicubierto por un trapo. “Le hice la foto y entonces su abuelo se me acercó, hablándome en su dialecto, yo no entendía nada. Entonces le destapó y vi que tenía las piernas en carne viva, se había quemado”. Castro Prieto se lo llevó hasta el hospital más cercano y allí se curó gracias a un simple tratamiento con antibióticos.

Él enfoca cuando la escena que se le plantea ante sus ojos le inspira alguna sensación. Y para muestra, enseña algunos ejemplos de su obra. La imagen de la humilde casa museo de Maria Reiche, la mujer que dedicó su vida a investigar las líneas de Nazca, en Cuzco, o la de un hombre que observa la ventana en una habitación de su casa en Perú, entre un cartel de una mujer ligera de ropa y otro que muestra la torre Eiffel de París.

Para Castro Prieto, las fotografías de National Geographic dan lugar a lo onírico, pero no a la imaginación, ahí es donde divergen sus visiones de la realidad. No olvidemos el factor fundamentalmente documental que persiguen los reportajes de la publicación estadounidense. “Sus instantáneas tienen un aire mítico, parece que muestren escenas que sólo puedes encontrar ya en sus páginas”, comenta el fotógrafo, que se maravilla de que sin los avances digitales que existen actualmente sus profesionales consiguieran atmósferas tan perfectas y líneas tan rectas como la de la foto de los chavales jugando a las puertas de su colegio en Puerto Príncipe (Haití). De ese espíritu surgen retratos como el del vendedor ambulante de Brasil o el del indígena de Guatemala. “Probablemente este tipo de imágenes nos hayan influenciado a todos de una manera u otra”, asegura. En su caso, Tintín también tuvo algo que ver.

Influencia española, corazón indio (1975)

Bajo su sombrero de paja, la cara de este anciano habitante de la elevada ciudad de San Juan Atitán encarna los dos polos que se unen en el carácter de Centroamérica: bajo la influencia española, late el corazón indio. Más del 90% de la población de esa localidad al noroeste de Guatemala sigue siendo hoy indígena. El fotógrafo David Alan Harvey se dedicó durante varios años a buscar precisamente la herencia española en América. Foto:David Alan

Invasión animal

Un rebaño listo para ser exportado a Colombia invade Ushuaia (Argentina), capital de la Tierra del Fuego. Antigua colonia para prisioneros, su puerto se llena cada año de turistas rumbo a destinos como islas Malvinas. James L. Stanfield estaba detrás de la cámara. Foto:James L. Stanfield

Fútbol callejero (1975)

Thomas Nebbia retrata el momento en el que unos chavales juegan a las puertas del colegio en un barrio de Puerto Príncipe (Haití). El edificio fue construido originariamente como una casa estilo Gingerbread, mezcla de victoriano y autóctono. Tal vez este fue uno de los edificios que se derrumbaron por el terrible terremoto que devastó el país en 2010. Foto:Thomas Nebbia

A pleno sol (1930)

Una mujer conduce a sus burros por las polvorientas calles de La Paz. Aunque la flecha perpendicular indique que la vía es demasiado estrecha para que quepan dos vehículos, no parece que eso importara mucho en la ciudad que observamos en esta imagen. En aquellos años, Bolivia sufrió las consecuencias de la Gran Depresión y sus exportaciones cayeron en picado. Fenno Jacobs captó este momento. Foto:Fenno Jacobs

Bajo el volcán (1958)

Los pescadores preparan sus barcas en las playas de Grand Rivière, en la Martinica. Las arenas reciben su color de la montaña Pelée, un volcán que entró en erupción en 1902 y aniquiló a más de 30.000 personas. Charles Allmon es el autor. Foto:Charles Allmon

Las entrañas de la Tierra (2008)

Los cristales de mayor tamaño conocidos en la Tierra están en una cueva del Estado de Chihuahua en México. Los exploradores parecen liliputienses. No podemos imaginar qué tuvo que hacer Carsten Peter para tomar la imagen. Foto:Carsten Peter

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