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Cartagena, la ciudad de moda en Colombia

Cartagena, la ciudad de moda en Colombia

Publicado por PanamericanWorld el 19 de Agosto del 2015

Durante una reciente noche cálida y ventosa en la ciudad antigua de Cartagena, las celebridades colombianas estaban reunidas dentro del jardín amurallado del perversamente hermoso Palacio de la Inquisición, donde en tiempos coloniales funcionarios de la monarquía española juzgaban y luego ejecutaban a los no creyentes. Era la fiesta de inauguración del festival de cine que se celebra cada año en Cartagena y un grupo de música funk afrocolombiana tocaba junto a la horca mientras estrellas de cine de Bogotá, cineastas de una decena de países y cientos de otros asistentes brindaban bajo la inmensa copa de una ceiba. Mirando alrededor detecté al director estadounidense Darren Aronofsky (Cisne Negro). Como yo, resulta que él también estaba visitando Colombia por primera vez. A diferencia mía, Aronofsky era objeto de un homenaje con una retrospectiva de sus películas, pero confesó que usó la invitación en parte como una excusa para ver Cartagena. “Es extraño cuánta gente me ha hablado de Colombia últimamente”, dijo Aronofsky. “Primero un amigo que vive en Brasil me dijo que nos deberíamos encontrar acá. Luego, Anthony Bourdain me dijo que tenía que venir. Y luego mis padres, de 75 años, vinieron el mes pasado. Así que ¡aquí estoy!”.

Prácticamente todos los colombianos le dirán, así usted no pregunte, que Cartagena de Indias, un puerto en la costa Caribe colombiana, es la ciudad favorita del país. “Cada vez que salgo de mi casa, todo lo que veo —cada esquina, cada momento— es tan cinemático”, señaló el pintor bogotano Valentino Cortázar, quien hace 14 años se mudó de Miami a la ciudad antigua. “Cartagena tiene tanta historia, una fantástica luz y una energía maravillosa”, agregó. “Esa es la razón por la que grandes pintores como Alejandro Obregón y Darío Morales vivieron aquí. Y también Gabriel García Márquez. Para un artista, este es el paraíso”.

Usted verá exactamente lo que Cortázar quiso decir si visita el centro histórico temprano en la mañana o al final de la tarde, cuando el sol aún no está tan decidido y se puede tomar el tiempo para caminar a través de las elegantes plazas y las calles aledañas, pasando cuadra tras cuadra de casas de colores dulces y grandiosas mansiones coloniales con balcones de madera apenas lo suficientemente anchos para poner una hamaca, muchos construidos durante la época de Cervantes.

Sin embargo, no todo gira en torno a la historia. “Cartagena es como nuestra Ibiza”, afirmó Carolina Vallejo Iregui, directora de las guías de ciudades GO de Colombia. Vallejo me llevó a otra fiesta (parece ser la especialidad de Cartagena), navegando admirablemente las calles adoquinadas en tacones de siete centímetros mientras me hablaba de los muchos colombianos ricos y famosos —incluido el presidente Juan Manuel Santos — que tienen casas aquí o que vienen por un fin de semana de sol en la Ciudad Amurallada o a las tranquilas islas cercanas. “Pero ahora no sólo vienen los colombianos”, explicó Vallejo. Aunque no es necesariamente una observadora neutral, argumentó que la cultura latina —desde la música hasta la comida, pasando por la literatura— está de moda a nivel mundial. Y luego añadió con poca modestia: “Cartagena es uno de los lugares culturalmente más ricos en Sudamérica”.

El restaurante María. Esteban Sosnitsky para The Wall Street Journal
 

Aunque desde hace tiempo Cartagena ha sido el escape favorito de los colombianos adinerados, la guerra civil y contra las drogas la convirtieron en un lugar prohibido para los extranjeros, a pesar de estar en gran parte aislada de la violencia. (El rumor que escuché una y otra vez es que los capos de la droga de Cali y Medellín hicieron un pacto para mantener a Cartagena fuera de la guerra, ya que era su lugar de recreo). En 2002, sin embargo, el recién electo presidente Álvaro Uribe lanzó una agresiva campaña contra la guerrilla izquierdista y los carteles de la droga y para 2007 anunció que el país había pasado del terrorismo al turismo. La economía empezó a tomar impulso y los colombianos ricos que se habían alejado durante esos días negros empezaron a volver.

Cabe aclarar que aún hay rincones peligrosos en Colombia, pero la delincuencia en los barrios populares de Cartagena está limitada a los carteristas, como en la mayoría de los lugares turísticos. Pasé la mayor parte del tiempo caminando sola alrededor de la ciudad y nunca me molestaron o percibí ninguna señal de peligro.

En toda la ciudad están apareciendo nuevos hoteles y la cantidad de visitantes extranjeros se ha casi duplicado en los últimos cinco años. En Getsemaní, un barrio que pasó de peligroso a estar de moda ubicado cerca de la ciudad antigua, se habla de la apertura de un hotel Four Seasons y uno Viceroy en 2017. En 2012, JetBlue JBLU +4.23%  inauguró una ruta directa entre Nueva York y Cartagena, y en octubre pasado una desde Fort Lauderdale, para llevar a todos los estadounidenses que vi disfrutando del (excelente) ceviche en el restaurante El Boliche o de compras en la boutique St. Dom, donde puede encontrar diminutos biquinis con grandes estampados.

El atractivo es lo suficientemente fácil de entender: mi vuelo de Nueva York duró apenas cuatro horas y media, el sol brilla todo el año, el dólar se ha apreciado y, como señaló un viajero de Chicago, aún se siente auténtica: “No hay un Starbucks SBUX +0.93%  en cada esquina”.

La Cartagena de mi imaginación era un lugar de romance y ruina, producto de leer a Gabriel García Márquez, quien mantuvo una casa aquí desde los años 90 hasta que falleció el año pasado. La ciudad que describe en El amor en los tiempos del cólera, que está claramente inspirada en Cartagena, es una “soñolienta capital de provincia” con barrios de esclavos embrujados, palacios derruidos y calles angostas que huelen a jazmín.

Una palenquera en la Plaza de Santo Domingo. Esteban Sosnitsky para The Wall Street Journal
 

No obstante, como pasa con frecuencia, la realidad interrumpió y pasé mis primeras horas en la ciudad más asustada que encantada. Pronto caí en cuenta que la ciudad es ahora un destino popular para despedidas de solteros, raramente una buena señal. Vi a un grupo grande de turistas tratando de defenderse de comerciantes de esmeraldas en la Plaza de Santo Domingo. Mi guía, Nina Schlieper, una expatriada alemana, me mostró su novedad menos favorita: un bar cursi decorado con temas rusos llamado KGB, donde el vestuario de las meseras está inspirado en los uniformes de la era soviética, solamente que más apretados, y donde fotos de Stalin cuelgan de las ventanas.

La mañana siguiente, sin embargo, mis dudas empezaron a desvanecerse. Hacia las 8:30, me zambullí en la “Cartagena de verdad”, como la calificó Schlieper. Me llevó al Mercado Bazurto, una red de carnicerías, pescaderías, vendedores de frutas y hierbas fuera de la ciudad antigua en el palpitante y sudoroso centro comercial de Cartagena. No había ningún otro turista a la vista y me sentí mareada con el espectáculo, tomando fotos de las frutas como una lunática y maravillada con las montañas de pescado fresco que brillaban como joyas. Atisbé unas seis cigüeñas —tan altas como un niño pequeño— en el techo de hojalata del mercado, miré pilas de ojos de vaca que me miraron de vuelta (me dijeron que se usan para hacer una sopa deliciosa) y me tropecé con un carrito de compras lleno de cabezas de res. Para desayunar fuimos a uno de los toldos donde comen los vendedores y donde probé una caballa carnosa y dulce y yuca frita con un refresco frío de caña de azúcar.

Para el atardecer, ya estaba seducida. De regreso en la ciudad antigua, encontré una deliciosa brisa marina y las murallas brillaban como panales de abeja bajo la luz menguante. El sonido de las olas golpeando la costa hacía eco en los adoquines junto con el sonido de los caballos que tiraban de carruajes iluminados con linternas colgadas a los lados. Las palenqueras, descendientes de esclavos que venden frutas y se visten con vestidos coloridos y con volantes, estaban empacando sus piñas y mangos para regresar a casa.

Café Havana. Esteban Sosnitsky para The Wall Street Journal
 

La Cartagena colonial, al parecer, puede convertir en romántico a casi cualquiera. Al día siguiente conocí por causalidad a dos poetas, un récord para mí. Uno es un hombre mayor y distinguido, abogado de familia y penal, y ha publicado dos libros de versos. Cuando le comenté que un abogado-poeta es una combinación inusual, me contestó: “En Cartagena, no”. Luego, en la cena en La Vitrola, me presentaron a Fernando Gaitán, creador de la serie de televisión “Betty la fea”, quien me dijo: “Todo el país sueña con Cartagena”.

Gran parte del mérito de la restauración de la ciudad antigua de Cartagena le pertenece a Gloria Zea, ex directora de Colcultura (ahora Ministerio de Cultura) y la primera esposa del artista colombiano más famoso, Fernando Botero. En 1976, Zea compró una casa del siglo XVI en la Calle Don Sancho, en lo que entonces era un vecindario casi abandonado. “Fue la primera que dijo: ‘necesitamos ocuparnos de Cartagena’”, afirmó su hija, la decoradora de interiores Lina Botero, quien ahora es dueña de la casa —una residencia exquisitamente restaurada de 10 habitaciones— y hace poco comenzó a alquilarla a visitantes. “Toda la Ciudad Amurallada fue blanqueada como protección contra la plaga y cuando los restauradores quitaron un siglo de pintura encontraron todos los hermosos colores ocre y azul y salmón que se ven hoy”, dijo.

Un rincón tranquilo de Casa de Indias, cuya dueña, Lina Botero, hija del artista Fernando Botero, la alquila a visitantes. Esteban Sosnitsky para The Wall Street Journal
 

El vecindario Getsemaní, justo a las afueras del centro histórico, ahora está atravesando su propio renacimiento. Las paredes están cubiertas de arte callejero digno de una casa de subastas y pequeños restaurantes y bares de moda están abriendo sus puertas por toda la zona. El centro de la acción en Getsemaní es la Plaza de la Trinidad, una plaza central frente a una iglesia color amarillo del siglo XVII donde pareciera que toda Cartagena se reúne por las noches para disfrutar de la brisa fresca. Planeaba cenar en Demente, un sitio de tapas en la esquina de la plaza, pero nunca llegué.

En cambio, terminé sentada en la Plaza de la Trinidad, en un banco bajo las delgadas palmeras, junto a un niño con un helado de mango y su elegante abuela. En un carrito cerca del frente de la iglesia, una mujer en leggings de leopardo hacía mojitos y Cuba Libres con limas frescas. El lugar estaba llenísimo pero se sentía más festivo que abarrotado, como una fiesta callejera espontánea, con música champeta que se escuchaba desde un restaurante cercano y decenas de puestos de comida callejera. Escuché que había bailarines de salsa en la plaza algunas noches. Para la cena, me conformé con una empanada de 25 centavos de dólar y una cerveza Club Colombia fría, y prometí regresar para probar las arepas la noche siguiente.

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