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Carlos Vives, colombiano con "Un Corazón Profundo"

Carlos Vives, colombiano con "Un Corazón Profundo"

Publicado por Adrian Pelaez el 24 de Junio del 2014

Carlos Vives empezó tocando música religiosa. Se la enseñaba su abuela paterna, Elena Echeverría Díaz-Granados, en un piano que le había traído su esposo, Rodrigo, desde Alemania.

Le enseñó a tocar el piano cuando tenía cinco años. Ella era paisa, como su mamá, Aracely Restrepo, quien tocaba la bandola y cantaba boleros, bambucos y pasillos.

Su mamá le enseñó a cantar. La primera canción que cantó y tocó en la vida fue El limonar, un bambuco de Rafael Barros, en el piano de su abuela que se trajo para Bogotá como un tesoro.

La guitarra la aprendió a tocar a los diez años. A esa edad, su padre, el médico samario Luis Aurelio Vives, lo llevaba al hospital San Juan de Dios de Santa Marta para que, mientras él pasaba revista a los enfermos, Carlos les interpretara canciones. Esas fueron sus primeras serenatas. Y no incluían vallenatos.

Los vallenatos ambientaban las fiestas de su casa paterna. Escuchaba a los juglares en las piernas de su mamá, encantado por el folclor costeño, sin saber que este definiría su carrera.

Carlos Vives llegó a Bogotá a la edad de 12 años, tras la separación de sus padres. Se graduó en el Hispano Americano Conde Anzures (“el Chaca”), adonde iban a parar los que echaban de otros colegios, las lacras. Pero era disciplinado, aunque malo para las matemáticas. En Bogotá fue futbolista, puntero izquierdo, hincha furibundo del Unión Magdalena, amante del béisbol, estudiante de teatro y de odontología (un semestre). Incluso, intentó estudiar medicina, pero nunca pasó, hasta que, finalmente, se graduó como publicista en la Tadeo.

Mientras estudiaba publicidad, fue mesero. Trabajó en Ramón Antigua, un bar al que llegó porque supo que ahí se realizaba un concurso de canto y se quedó trabajando para tener más oportunidad de cantar. En bares, teatros y cafés conciertos conoció a la farándula de la época. En una de esas noches, un ejecutivo de Punch Televisión le ofreció un papel secundario en la televisión, y en menos de tres años ya era un galán de telenovelas: protagonizó Tuyo es mi corazón, al lado de Amparo Grisales; se hizo famoso en la novela Gallito Ramírez, donde interpretó a un boxeador cartagenero; se casó con la protagonista de la novela, Margarita Rosa de Francisco, “la niña Mencha”; se volvió baladista, con amagues de rockero, y grabó tres discos en solitario.

Luego protagonizó Escalona y, cuando alguien tuvo la acertada decisión de lanzar la banda sonora de la novela, triunfó por primera vez con el vallenato. Ese trabajo lo llevó también a Puerto Rico, donde conoció a su segunda esposa, Herlinda Gómez, con la que vivió por diez años y tuvo dos hijos: Lucía, de 18 años, y Carlos Enrique, de 22.

Entonces ocurrió el fenómeno. Vives, milimétricamente asesorado, se juntó con rockeros virtuosos y con músicos de la costa caribe colombiana, con los que fundó la banda La Provincia. Con ellos lanzó Clásicos de La Provincia, un álbum diseñado para rescatar la música de todos los grandes juglares del vallenato. El disco, que incluyó La gota fría como símbolo de aquella idea, fue un éxito mundial. “El mejor disco de mi carrera”, dice sin meditarlo.

Pero siguió derecho. Se aventuró a componer y a hacer su propia versión de los vallenatos con La tierra del olvido, y resultó inventándose un género que marcó para siempre a su país, el colombian-pop. Tanto que una generación de músicos colombianos quiso sonar como él, hasta las fronteras de la imitación (Maía, Bacilos, Jerau, Mauricio y Palodeagua, Fonseca y hasta Juanes). Otros, inspirados en su sonido, imagen y espíritu renovador, generaron un movimiento contemporáneo conocido como el de las nuevas músicas colombianas (La Mojarra Eléctrica, Ale Kuma, Curupira y Puerto Candelaria).

Con Clásicos de La Provincia le aportó al vallenato las lógicas y técnicas de producción y grabación del rock y del pop (usar metrónomo, grabar los instrumentos por separado, por pista, por ejemplo), toda una revolución para la época y el género. Y luego, con La tierra del olvido, no solo construyó un universo musical nuevo, sino que hizo que ese sonido se convirtiera en uno de los principales referentes de la identidad colombiana. De ahí la importancia de su legado musical.

Tiene 52 años, cuatro hijos, tres matrimonios y dos divorcios; más de 12 millones de discos vendidos; 16 álbumes grabados; 100 canciones compuestas y 36 premios (entre ellos un Grammy Anglo y siete premios Grammy Latino).

Carlos Alberto Vives Restrepo es mucho más que un músico. Es, para muchos, una especie de patrimonio inmaterial de los colombianos. Lo quieren las señoras, sus hijas y sus nietos. No se destaca por los escándalos, sí por su carisma, su talento y creatividad. Tan sólida es su imagen positiva que fue embajador de buena voluntad de la Unicef y ahora es el embajador de la Usaid.

Es un ídolo popular que no se agota, que se reinventa y que pareciera estar siempre vigente. Aunque desapareció de la industria por casi nueve años, reapareció y con todo su ángel. Acaba de lanzar dos discos casi en simultánea (Corazón profundo y +Corazón profundo) y anuncia tres álbumes más, que ya están firmados con Sony Music, entre ellos un Unplugged.

Esta es la historia de un ídolo nacional que, por fortuna, y para el bien de la música colombiana, no alcanzó a ser médico.

Antes de cantar vallenatos, de cantar baladas, y de actuar, usted pensaba ser médico, ¿qué pasó?

Yo quería ser médico como mi papá, terminé el colegio y me presenté a medicina en la Javeriana. Empecé a hacer un curso de premédico, porque me fue muy mal en el examen de admisión. En esas, una compañera italiana me pidió que le ayudara a buscar una dirección y yo la llevé; era por la calle 45, abajo de la Caracas. Íbamos caminando cuando, de repente, vimos una casa un poco rara: había gente en el techo gritando, gente trepada en una ventana, como actuando. Era la Escuela Nacional de Arte Dramático, dirigida por Santiago García. A mí eso me llamó mucho la atención y, al día siguiente, volví solo y vi que estaban abiertas las inscripciones. Presenté los exámenes de admisión y ahí sí pasé.

Y se volvió actor. ¿Cómo llegó a la televisión?

Llegué porque me vieron cantando en un café concierto. Nelly Moreno, que era compañera mía en las clases de actuación, y que sabía que yo cantaba, me dijo un día que estaban buscando un show para abrir el café concierto El Globo, que era propiedad de Antonio Corrales. Yo me fui con un profesor haitiano, de la Tadeo, que era músico y con un hermano de él que era productor de CBS, con los que cantaba en bares. Y con ellos abrimos el café concierto cantando boleros, que era lo que yo cantaba en lugares como Ramón Antigua, el Café de las Plantas, Doña Bárbara, en el rebusque. Entonces, cantando ahí, en El Globo, me vio una gente de Punch Televisión y me llamó para ofrecerme un papel en la novela Tiempo sin huella. El guion era el de un joven (Julián) que quería ser cantante, pero que su familia se oponía. Esa era la historia.

Fue cantante antes que actor…

Sí, yo ya cantaba en todas partes. Desde niño cantaba en Santa Marta, en el colegio en Bogotá, con grupos de la universidad, canté en muchos bares y canté en esa época con los haitianos.

Con ellos grabó un disco de boleros…

Sí, grabé con ellos, pero ese disco no existe porque pasó un accidente con él. Lo grabé con Gi Durucie, que era el productor haitiano de CBS y con su hermano Pompi, que era profesor de música de la Tadeo. Los conocí en la universidad y, aunque yo estudiaba publicidad, empezamos a tocar juntos en bares. Y con ellos grabamos el disco, que era una cosa mía, pero nunca lo prensaron, y se desapareció.

Y luego fue “Guineo”, un personaje del programa Pequeños Gigantes…

Sí, ahí canté y actué. Con ellos pisé por primera vez en mi vida un estudio de grabación. Allá me llevó Manuel Busquets, que era uno de los presentadores del programa. Un día, uno de los invitados, una persona famosa, no le fue y él necesitaba alguien, entonces me llamó y me dijo: “Yo he dicho aquí que tú eres un modelo famoso, que has hecho cosas, entonces vas a estar con los niños y debes decir que eres un modelo”. Y me fue tan bien con los niños que ese día la directora me dijo: “queremos contratarte, quédate con nosotros”, yo tenía 23 años.

Y fue mesero…

Éramos meseros con Juana Uribe, productora de Caracol, en el bar Ramón Antigua. Lo hacía porque, en ese sitio, realizaban un concurso de canto. Fui mesero para poder cantar y lo logré. El líder del grupo musical era el maestro Alfonso Córdoba, “el Brujo”, cantante y compositor, que más que eso era un líder espiritual del Chocó. De su banda, El Brujo y la Timba, nacieron grupos como Guayacán y Niche. Fue el primer cantante de Niche, amigo de Jaime Varela. Con él canté cuando yo era mesero.

¿Cantó boleros?

Boleros, son, canciones brasileras, baladas, rock. Hasta comedias de imitaciones hice. Yo imitaba a Julio Iglesias en los bares. De hecho, una vez me llevó Pepe Sánchez a una serie de televisión en la que una de las protagonistas soñaba con Julio Iglesias. Entonces yo hice de Julio Iglesias.

¿Cuándo empezó a cantar en televisión?

Me acuerdo de muchas novelas mías donde canté, por ejemplo en El Faraón (1984), dirigida por Jaime Santos; en Tuyo es mi corazón (1985), y en Gallito Ramírez (1986).

Gallito Ramírez marcó un punto clave de su carrera, lo llevó a la fama, a las grandes ligas…

Fue muy fuerte porque Julio César Luna es un director muy temperamental, muy disciplinado. Fue una experiencia tremenda para mí.

Era la historia de un boxeador de provincia y una mujer rica que se casan. Y luego usted repite la historia en la vida real. Todo un fenómeno nacional…

Fue la locura. Nos casamos en Cali, el 20 de agosto de 1988, en una iglesia muy famosa, La Merced, y eso se volvió una cosa nacional, viajaban en buses de todas partes de Colombia para ver nuestro matrimonio.

¿Es verdad que Margarita Rosa de Francisco le propuso matrimonio en un programa de radio?

Sí, es verdad. Mi relación con ella no estaba muy bien, ella me había echado y la novela (Gallito Ramírez) era un éxito en Puerto Rico. Entonces me salió trabajo allá y dije “perfecto, es el momento de quitarme todo”. Y me fui. Yo estaba superenamorado de Margarita Rosa, pero la cosa era muy difícil. Hasta que llegó el día de la llamada. A las seis de la mañana me llamó Yamid Amat y, al aire, me dijo: “Aquí hay una mujer que quiere hablar contigo”. Era Margarita y, sin más, me propuso matrimonio. Entonces me vine para Bogotá y nos casamos. Pero la cosa no funcionó.

El año que sale Gallito Ramírez al aire usted lanza su primer disco, Por dentro y por fuera.

Sí, grabé tres en línea: Por dentro y por fuera, No podrás escapar de mí y Al centro de la ciudad, de baladas y rock.

¿Cómo se volvió rockero? ¿De dónde le salió el rock a un costeño?

El rock lo conocí cuando salí del colegio, cuando llegué a la universidad. Tenía amigos, como Alberto Nieto, con los que intercambiábamos música que alguien traía de Argentina o de España. Ahí también tuvo que ver mi amistad con Carlos Iván Medina, que es músico fundador del grupo Distrito Especial y que luego fue integrante de La Provincia.

¿Qué grupos le gustaban?

Charly García, Spinetta, Hombres G., Toreros Muertos, los primeros viajes de Soda Stéreo. Todo ese movimiento me tocó. Pero en la búsqueda mía como artista no podía ser una copia de una copia, ni tratar de ser un Julio Iglesias, pero la industria me puso a grabar baladas y las grabé.

¿Y fue exitoso con esos géneros?

Claro, estaba apoyado por una compañía que invertía, que era CBS. Gané un premio en Miami y estuve nominado a los Premios Lo Nuestro, donde, en las sillas de al lado, estaban Roberto Carlos, Julio Iglesias. Hice conciertos en Miami, en Puerto Rico, una pequeña gira en Medellín y Cali. Recuerdo que una vez me presentó Julio Sánchez Cristo en el Teatro Skandia.

¿Pero no eran esas sus influencias?

Muchas otras. Las que da el Caribe: el vallenato, las cumbias, el bolero, el son cubano, las charangas, la música de los viejos de uno. También oían música francesa y a Frank Sinatra. Si yo quiero relajarme, pongo swing americano. Pero, ojo, yo me chupé toda la balada española y eso me influyó mucho en la parte romántica. Luego me tocó Vicky y Jaime Valencia… En fin, una mezcla de muchas cosas.

Hasta música religiosa, en su infancia…

Sí, es verdad, esa música me la enseñaba mi abuela Elena Echeverría Díaz-Granados, que trabajaba mucho para los franciscanos. Ella tocaba el piano, un piano que tiene ciento y pico de años, que me regaló porque sabía que yo iba a ser el músico de la familia, el cantante. Ese fue el primer piano que toqué en mi vida.

¿Cuál fue la primera canción que se aprendió?

El limonar, un bambuco de Rafael Barros.

¿Y usted cantaba en esa época?

¡Claro! Cuando llegaba la Navidad sabíamos que tocábamos con mi abuela. También, cuando mi hermano Guillo y yo comenzamos a tocar la guitarra, debíamos tener unos diez años, mi papá nos llevaba al hospital donde él trabajaba, a cantarles a los pacientes. Mientras él revisaba las historias clínicas, nosotros cantábamos unas dos cancioncitas con la guitarrita. Eso nunca lo olvido.

Su hermano Guillermo cuenta que usted es muy desprendido, tanto que regalaba hasta los juguetes de él…

[Risas]. Sí, oigo historias mías así todo el tiempo. Y sí, he sido una persona desprendida. La otra vez entrevistaron a mi profesora de cuando yo era niño, la dueña del colegio, y el título era: “Carlos es el más generoso del curso”, estamos hablando de los 5 o 6 años, cosas que uno ni se acuerda, pero creo que son verdad. Y sí he sido generoso con la gente con la que trabajo: comparto y me gusta que estén bien.

Hasta ahí no cantaba vallenatos…

Yo escuchaba vallenatos en las parrandas que hacía mi papá en la casa, pero participaba como espectador. Escuchaba vallenatos, baladas, boleros sentado en las piernas de mi mamá.

¿Qué discos le marcaron la vida?

Capri, c’est fini, que era el éxito de Hervé Vilard, un cantante francés muy de moda en esa época. Ese disco lo conservo. Recuerdo el de Gigliola Cinquetti, Pepito en Pensilvania, ese me marcó la vida. Otro podría ser Me estás haciendo falta, de Jaime R. Echavarría. Y Yo no quiero volverme tan loco, de Charly García, que lo volvimos banda sonora de una novela de RTI que se llamaba Loca Pasión. El último podría ser cualquiera de los discos de Armando Manzanero que perdí una noche en una fiesta y mi mamá casi me mata porque me llevé una colección como de seis o siete discos de Manzanero y de esos me robaron cinco aquella noche de fiesta. Y otro más: un disco de los Hermanos López, de los primeros, Rosa jardinera, cantado por Jorge Oñate. Ese fue de los primeros discos de vallenato que disfruté mucho.

La serie Escalona sucedió a Gallito Ramírez, fue la que lo sacó del rock y lo llevó al vallenato. ¿Cree que si no hubiera existido esa novela no habría existido Carlos Vives, tal y como lo conocemos hoy?

De pronto sin la serie Escalona no habría habido Carlos Vives, pero sin Carlos Vives tampoco habría habido Escalona. Imagínate que la serie hubiera sido protagonizada por el primo de Escalona, que era un cantante que no tenía experiencia como actor. Además, al vallenato lo conocí antes de Escalona, desde mi infancia y ya lo había cantado en la primera novela, en Gallito Ramírez, y justo por eso me dieron el papel de Escalona, pues ya llevaba muchos años como actor y conocían mi cosa de cantar vallenatos.

Grabando esa novela se lesionó por volarse a jugar fútbol…

[Risas]. Sí, yo tenía prohibido jugar fútbol, pero yo me escapaba por las noches a jugar, y una de esas noches tuve un accidente impresionante en el tobillo. Estábamos en la mitad de la producción de la serie y me tocó hacer cosas increíbles. Debíamos grabar escenas de mucha acción: había que subir a La Sierra, había que montar a caballo, había que correr con los indígenas. Escalona era una serie de mucha acción. Estábamos en Valledupar, que era el lugar de concentración y yo no me podía ni mover.

¿Y qué pasó?

Lo solucioné con un sobandero de pueblo, una señora me llevó y gracias a eso pude grabar. Fue una experiencia un poco selvática con un curandero de un pueblo. Gajes del oficio.

Amante del fútbol…

Total. Estuve en la selección del colegio y después en la universidad también jugué, en la Tadeo, jugaba de punta izquierda. Pero solo hasta segunda división aquí en Bogotá en un campeonato.

¿Cree que habría sido un buen futbolista?

No. Me encantaba y nada más. Lo que pasa es que, cuando nosotros éramos pequeños, mi papá jugaba en el equipo de los médicos y asesoraba a su primo hermano, “el Mono” Sánchez, que manejaba el Unión Magdalena. Mi papá trabajaba en la Dimayor y nosotros íbamos al estadio, a los camerinos, no solamente veíamos a los jugadores desde las gradas, sino que los veíamos en su vida.

¿Quiénes eran sus héroes del fútbol en esa época?

Había héroes increíbles que me marcaron en mi vida, dos tíos del Pibe, Justo y Ñeño Palacios, y Alfredo Arango, que era el favorito en la época, tal vez uno de los mejores jugadores de fútbol que ha dado Santa Marta, esos ídolos de infancia nunca se olvidan, eran los Falcao, los Cristiano Ronaldo de nuestro equipo.

¿Por qué si lo suyo era el pop y el rock termina en el vallenato, se lo debe solo a Escalona?

Trabajando en Escalona empecé a entender muchas cosas. Cuando grabé la banda sonora, que fue un éxito, entendí que había otro camino musical para enfrentar esa música; es decir, lo que se hizo en Escalona fue una cosa común, como se hacía hasta entonces y a mí no me gustó ese sonido porque pude entender que había una nueva forma para producir y grabar vallenatos clásicos. Es decir, si ya había grabado cosas de Escalona, ¿por qué no escoger temas de otros? Por eso hicimos Clásicos de La Provincia que son 15 canciones de 15 compositores diferentes, incluido Escalona.

¿Es cierto que no le querían grabar Clásicos de La Provincia?

Querían grabar Escalona II y Escalona III, pero cuando yo dije: “Quiero orientar mi carrera por otro lado, quiero hacer este disco de Clásicos de La Provincia”, Caracol no lo vio. Recuerdo que un señor me dijo: “Carlos, estás equivocado y yo voy a dejar por escrito que esto es un error, que si esta compañía graba este disco tuyo, se va a quebrar”. Finalmente en RCN, cuando estaba Sonolux, me apoyaron, pero no porque creyeran en lo que yo estaba haciendo musicalmente, sino porque decían: “Él quiere hacer un disco, ahí le damos ese contentillo, y nos quedamos con Carlos Vives en las novelas, porque Carlos Vives es famoso por las novelas”. Al final nunca me pararon bolas a mí.

Pero fue un éxito…

Sí, pero a regañadientes hicieron unos cuantos disquitos y después tuvieron que salir corriendo a prensar y prensar, porque vendían y vendían, pero no fueron ellos los que creyeron, fueron los colombianos los que lo vieron, los que se sintieron orgullosos y se lo llevaron afuera.

¿Algún concierto inolvidable de esa época?

Uno en El Salitre. Era el primer concierto. Estábamos muy nerviosos pensando que no iba ir gente y llegaron 200.000 personas. Así empezamos.

Ya con La Provincia…

Sí, en esto participaron muchos músicos virtuosos como Ernesto “Teto” Ocampo, Iván Benavides, Andrés Castro, Luis Ángel “el Papa”, Pastor, Einar Escaff y muchos otros como Pablo Bernal, que era Ciegos sordo mudos, la banda con la que comenzó Shakira.

Y llegó La tierra del olvido…

La tierra del olvido es la que marca ese comienzo o esa búsqueda, porque siempre estábamos experimentando. Después de ese álbum había dos caminos para seguir: el del folclor vallenato o uno más experimental. Y se dividió en dos, La Provincia y Bloque de Búsqueda. En esa época llegaron unos ingleses, productores de sonido de Peter Gabriel, amigos de Teto y de Iván Benavides, uno de ellos fue Richard Blair, que fue el productor de La tierra del olvido. Ese disco es como la primera trova colombiana que nace del vallenato.

¿Ahí empezó la globalización del vallenato?

Sí, pero yo creo que hay mucho más, porque la decisión fue trabajar dentro de la música colombiana. Ese fue un camino: entender que la cumbia nos estaba dando unas nuevas formas, que el folclor nos estaba dando nuevas formas, fue lo que yo pude entender para aplicarlo personalmente en los vallenatos, supimos que el folclor es como el alma, es la fuente donde uno va a beber y le aporta a la industria cosas nuevas.

¿El vallenato era solo un primer paso?

Claro, el vallenato fue un primer paso, pero es mi identidad fundamental, porque yo me puedo resumir como un hijo del vallenato; hay una canción en el nuevo disco que lo dice, para aclarar eso, porque todavía la gente dice: “es que tú no haces vallenato, tú no haces vallenato”, y yo no puedo ser Leandro Díaz, yo no puedo ser Escalona, ellos son los verdaderos vallenatos, pero yo soy un joven al que criaron con eso, que luego entendió que había un gran valor por encima de copiar cosas de afuera, empezar a buscar algo, y poder aportarle algo a la industria; entonces, al principio decían: “eso que le funcionó a Carlos Vives fue un golpe de suerte” o “eso solo le sirve a Carlos Vives”.

¿Es cuando nace el llamado tropi-pop?

Sí. Ahí viene el aporte nuestro. Creamos un nuevo sonido que aquí llamaron tropi-pop y alguien de afuera vio el movimiento, vio a Fonseca, a Juanes que empezó a hacer lo suyo con su propia identidad, y empezó a ver todo eso y dijo: “Están haciendo un pop de su trópico, de su tierra, esto es colombian-pop”. Y ese término me gusta más.

¿Se siente padre de ese colombian-pop?

Formamos parte de eso.

Pero antes de Carlos Vives no existía…

No, no existía exactamente, pero es que es una jartera decir que yo me inventé esto. Claro, lo dijo Billboard, la revista. Y eso me gusta mucho, porque trabajamos dentro de los géneros nuestros.

Lanzó La tierra del olvido, el vallenato le dio la vuelta al mundo, grabó Tengo fe, El amor de mi tierra, El rock de mi pueblo, ganó un Grammy Anglo, seis Grammy Latino, y se desapareció, hubo un bache en su carrera. ¿Qué pasó?

El único bache que hubo es que no estaba en la industria como me conocían. Pero el trajín siguió exactamente igual, aunque viajaba menos. Montamos Gaira con mi hermano (bar-restaurante) y eso necesita su tiempo. Y con La Provincia viajábamos mucho. No grabábamos tanto como antes, pero sí teníamos mil ocupaciones aquí: apoyamos otros músicos, grabamos con Adriana Lucía, hicimos Pombo Musical y nos ganamos un Grammy con ese proyecto.

Pero ¿estaba cómodo sin estar en la industria, sin grabar?

La verdad es que fue un poquito angustiante no poder poner en práctica todo tu aprendizaje, la verdad es que tocamos puertas por años esperando poner en práctica lo aprendido, pero no se abrieron. La industria cambió, llegó la música por Internet, las descargas y ya no era como lo hacíamos antes. Pero también, hay que decirlo, esa distancia me sirvió mucho para ver mi trabajo en frío.

Y Sony abrió esa puerta el año pasado…

Sí. Aparece Sony y me dice: “Necesito presentar 14 canciones ya”. Y empiezo a hacer memoria: “El año pasado escribí cosas porque íbamos a hacer un disco, el año antepasado escribí otra...”. Llamé a Andrés Castro a Miami, mi productor, para que mandara cositas que habíamos grabado y Claudia Elena, mi esposa, me preguntó: “¿Cuántas canciones tienes?”. Y le dije: “una”. Yo necesito hacer canciones nuevas muy frescas y de todas las canciones viejas me quedé con una: La Perla, una cosa íntima, muy personal con Santa Marta.

¿Qué tanto influyó Claudia Elena en su regreso?

Claudia Elena fue mi renacer en todo.

Su Corazón profundo fue un éxito. ¿Por qué tan rápido un nuevo álbum?

Por la compañía de discos. Créeme que no es el artista, el artista siempre quiere más tiempo para hacer más cosas. El problema es que ellos, por lo general, no tienen un disco con cuatro canciones que lleguen al primer lugar, ese ya es un récord nuestro, entonces vieron tres primeros sencillos, tres primeros lugares, esto se va a agotar y no queremos parar, me dijeron queremos más Corazón Profundo y lo entendí directamente como una marca: +Corazón profundo.

¿Es cierto que vienen tres discos?

Yo tengo un contrato por tres discos. Me quedan tres discos después de Corazón profundo. Y de esos tres discos, queda un Unplugged, que nunca he hecho.

Su primer Unplugged, en una carrera de casi cuatro décadas, ¿por qué hasta ahora?

Ya estoy viejo y no lo hemos hecho nunca, llegó la hora.

¿Se siente viejo?

No me siento viejo, ni le tengo miedo a la vejez. Quiero una vejez sana, tranquila. Pero toda mi vida he sido una persona muy activa. Yo estoy desde el año 81 en esto, y por lo general ese trabajo mío era desde las cinco de la mañana. En el colegio tenía que levantarme temprano, en la universidad tenía que madrugar, es una disciplina de trabajo de toda la vida. Yo corro, brinco, y me siento en perfectas condiciones.

 

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