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El Biomuseo, la primera obra del canadiense Gehry en América Latina

El Biomuseo, la primera obra del canadiense Gehry en América Latina

Publicado por Juan Gavasa el 27 de Marzo del 2015

Panamá surgió del mar hace tres millones de años, cuando el choque de placas tectónicas tendió un puente de sedimentos, arena y lodo entre América del Norte y Sudamérica. El mismo istmo que partió en dos el mar, convirtiéndose en barrera entre el océano Atlántico y el Pacífico, permitió que zarigüeyas y armadillos viajaran hacia el Norte y que pumas y llamas se desplazaran hasta el Sur. Más allá de hacer posible lo que se conoce como el Gran Intercambio Americano, el istmo de Panamá cambió el mundo: desvió corrientes, alteró la salinidad del Atlántico y suavizó el clima en el norte de Europa. Hoy un museo ubicado en ese lugar, justo donde el canal de Panamá alcanza el Pacífico, quiere contar esa historia remontándose millones de años. Y lo hace con los fuegos de artificio de un proyecto arquitectónico de Frank Gehry, el primer edificio tropical del autor del Guggenheim de Bilbao.

Conocer esa historia convenció a Gehry para construir en Panamá, “un país sin continuidad entre las legislaturas políticas”. Lo explica el arquitecto local Patrick Dillon, que ha trabajado con el californiano levantando el museo. Esa inestabilidad hizo que, pese a tener familia en el país —Berta, su mujer, es panameña—, Gehry desconfiara de construir allí. Las explicaciones del geólogo Anthony Coates y el acuerdo de crear una fundación para que el museo no dependiera de los Gobiernos —a pesar de estar financiado por ellos— convencieron al arquitecto. Hoy, con el edificio recién estrenado, ya pueden visitarse cinco de las ocho exposiciones que tendrá, un trabajo del diseñador canadiense Bruce Mau.

El Biomuseo de Ciudad de Panamá, un proyecto del arquitecto Frank Gehry. / FERNANDO ALDA

Del trópico, es decir, del lugar, hablan en alto los vibrantes colores elegidos para colorear el proyecto. Sin embargo, son las salas abiertas y ventiladas, conectadas con el parque que rodea el museo, las que definen el clima cálido y húmedo de la costa pacífica. Así, si el interior del Biomuseo (o Museo de la Biodiversidad en Panamá) ofrece un viaje al pasado, su ubicación quiere indicar un camino al futuro, una alternativa al acelerado crecimiento de la ciudad de Panamá. Lo cuenta Dillon, un panameño de origen norteamericano nacido en la zona del canal que defiende el uso de materiales locales y el reciclaje. Coincidió con Gehry en 1997 durante un foro en el que se discutía qué hacer con las áreas revertidas (las antiguas zonas norteamericanas del canal que fueron devolviéndose a Panamá desde finales de los años setenta). El 31 de diciembre del 1999 se devolvió la última de estas bases. Y hoy es allí, en ese antiguo terreno recuperado del Fuerte Amador, donde brilla el museo de Gehry. Está solo, el barrio no se ha desarrollado todavía y en la zona apenas hay un turismo de playa tranquilo que se aloja en hoteles pequeños. Esto hace que el proyecto ofrezca otra cara, que contraste con el gran desarrollo urbanístico que ha vivido la ciudad de Panamá convertida en un gran bosque de rascacielos en la última década. Sin embargo, el efecto de esa ubicación despejada hace también que el espectáculo arquitectónico se convierta en un mero broche del espectáculo geográfico natural.

Gehry fue el primero en aplaudir ese panorama. Aparentemente naif, coloreado y metálico —como los miles de contenedores que, apilados en el puerto comercial de la ciudad, forman un paisaje de Lego—, el museo es un ejercicio de arquitectura compleja realizado con crudeza, sin materiales sofisticados y con ajuste presupuestario.

¿Cómo ha conseguido Gehry construir más barato? El arquitecto conoce bien el lugar: lleva 30 años viajando a Panamá. Optó por los materiales con los que los locales están acostumbrados a trabajar: hormigón y acero estructural. El edificio es llamativo y tiene el sello Gehry: una geometría complicada “que nadie en Panamá ha hecho ni ha soñado hacer con estos materiales ordinarios”, dice Dillon. Eso abarata, pero también complica. No ha sido fácil y hubo retrasos no derivados de problemas arquitectónicos. El resultado es un museo que es a la vez Gehry y el lugar. Frente a los rascacielos que repiten continuamente la misma planta, el museo quiere ser una inyección de diferencia y optimismo. Indica otra vía de crecimiento para una ciudad que no puede seguir acumulando edificios en altura sin asegurar primero calles habitables.

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