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Bienvenido a Buenaventura, ciudad del Mal

Bienvenido a Buenaventura, ciudad del Mal

Publicado por Adrian Pelaez el 09 de Mayo del 2014

Así pude iniciar mi viaje a la “Capital del horror de Colombia”: crónica sobre Buenaventura

El antropólogo Rocco Santangelo regresó al puerto, lugar donde había vivido hace algún tiempo. Lo que encontró fue peor de lo que dejó

Y así fue como regrese a Buenaventura, dejando de lado la posibilidad de participar en una meditación Vipassana. Tome la decisión y aborde un bus en la terminal de transportes de Bogotá a las 7:30PM, llegando a la ciudad portuaria la mañana siguiente a las 6:30. Mi viaje fue excelente, dormí todo el camino sin sentir los rigores de la carretera, al llegar a la terminal del puerto unos huevos y un café me devolvieron a la vida consciente para iniciar mi primera misión: encontrar el edificio de la Drummund en las dependencias de la Sociedad Portuaria de Buenaventura.

En el bolsillo tenía casi dos millones de pesos, un millón setecientos mil los tenía destinados a la compra de un computador Mac de última generación a un precio imperdible. Se hizo el contacto, por un momento pensé en generaciones completas de documentalistas que trabajan con las uñas y en un golpe de suerte materializado en el puerto con más mala suerte de la historia de Colombia, ahí estaba parado para hacer realidad una oportunidad dorada.

Faltando quince minutos para la hora del encuentro la esperanza de alcanzar mi golpe de suerte se desvanecía, el edificio de la Drummond no existía. Varias llamadas a Bogotá alargaban la agonía, sin embargo a todas luces era evidente que unos estafadores de internet querían aprovecharse del primero que tuvieran enfrente incluyendo documentalistas pobres.

El desconcierto había desbordado mi hambre, me dirigí al puerto y busque la cazuela de mariscos más barata en el restaurante del muelle turístico. Por un momento pensé, así pudo iniciar mi viaje a la “Capital del horror de Colombia” con uno de los platos más ricos de la comida colombiana a un precio inmejorable, en vez de una larga espera por un computador que nunca iba a llegar. Mientras disfrutaba de tanto sabor, mi cabeza recorría las noticias de los últimos días sobre Buenaventura. Terminé mi almuerzo con un titular, que a mi parecer, sintetizaba la atmosfera dibujada por los periodistas al día de mi llegada a la ciudad.

- Bienvenido a Buenaventura, ciudad del Mal-

Tomé el primer colectivo que paso, uno que va hasta el pueblo de Córdoba, y fui a visitar en la comuna 12 de la ciudad, a la que fue mi familia durante el año que viví en el puerto. La verdad no tenía preguntas claras, solo quería contar el número de los sobrevivientes de esta nueva guerra que al parecer inició en una fecha precisa: 12 de octubre del 2012, cuando los urabeños, según las autoridades, llegaron a estos barrios olvidados y empezaron su conquista de las aguas más apetecidas de Colombia.

Ya sabía yo que esta vez la muerte había tocado a todos y que todo había cambiado otra vez. Sin embargo ahora nadie podía negar la implosión de Buenaventura. Las casas de “pique” donde llegan las victimas vivas para ser descuartizadas se habían convertido en asunto nacional y representaban un punto de no retorno de la tragedia que vive esta ciudad.

Pese a la situación imperante mi llegada al barrio fue un momento de fiesta, abrazos y recuerdos felices. Después del reencuentro salí a tomarme una cerveza en la cantina de María y a primera vista, la vida parecía ser la misma de siempre: la misma melancolía, la misma felicidad, las mismas cantidades exageradas de licor, una primer conclusión llego a mí, a partir del recuerdo de la lapidaria frase de un viejo del barrio días antes de morir de vejez en el ya lejano 2011: “Si uno aprende a cuidar su lengua, aprende a cuidar su corazón”, parece que la gente está acostumbrada a las dificultades, pero algo había pasado.

 

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