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Bahamas, una aventura entre tiburones

Bahamas, una aventura entre tiburones

Publicado por PanamericanWorld el 08 de Diciembre del 2015

El archipiélago de las Bahamas es conocido mundialmente por la calidad de sus playas y la riqueza de su fauna.

¿Dónde están Las Bahamas? Se ha podido comprobar antes de emprender el viaje: Las Bahamas despiertan brillo en las miradas, sonrisas, exclamaciones, fantasías de descanso absoluto, comentarios positivos y envidia. Las Bahamas son un deseo.

Al mismo tiempo, Las Bahamas encierran un conjunto de malentendidos y preconceptos, cuyos habitantes no se molestan demasiado en aclarar. Hay ron, cigarros y mar cálido, pero no es el Caribe. Hay cadenas hoteleras, tradiciones coloniales y cuevas adonde se refugiaban los piratas, pero no es el Caribe. En las aguas del Atlántico, Las Bahamas se extienden por más de mil kilómetros desde la costa este del estado de Florida, en Estados Unidos, hacia el extremo sureste de Cuba.

“Este archipiélago tiene 700 islas e islotes (muchos son privados) y más de 2.000 cayos, pero sólo hay unas 20 islas habitadas y desarrolladas para el turismo. Aquí vive un total de 360.000 habitantes, la mayor es Andros y la más poblada y concurrida es New Providence, donde se encuentran Nassau y Paradise unidas por dos puentes. También son muy visitadas Grand Bahama, The Abacos, Harbour –tiene arena rosada–, Eleuthera, Bimini y Exuma”. Yaité usa zapatos cerrados, jamás se suelta el cabello y habla en tono de Wikipedia. Ahora explica que los ingleses llegaron en 1647 a las islas y las convirtieron en una colonia británica hasta el 10 de julio de 1973, cuando alcanzaron su independencia en la Mancomunidad de Naciones. No hace tanto tiempo.

Hoy en día, gran parte de su población es descendiente de los esclavos ilegales que se traían desde África y que fueron liberados en 1834.

Al lado de la guía de turismo, Arturo no se impacienta con el tránsito de las cinco de la tarde: habla en inglés americano y maneja con el volante a la derecha de la camioneta. Gira en “Go slow bend” (podría traducirse “tome la curva despacio”), un mirador desde donde señala la isla que era del pirata Barbanegra.

Justo entonces avanza la comitiva del primer ministro por el centro de Nassau, distinto del gobernador general que sigue respondiendo a la reina Isabel II. El auto con vidrios polarizados y bandera patria (es amarilla, azul y negra porque alude al sol, al mar y a la fuerza del pueblo unido) se pierde en Bay Street, la avenida principal de la capital. Es una hilera apretada de joyerías, de tiendas con prendas de lino blanco y perfumerías. Libre de impuestos, Nassau es un gran duty free para los visitantes que recibe a diario.

Donde hay turismo suele haber souvenires y el “Straw Market” (Mercado de Paja) no pretende ser la excepción. Aunque el nombre se debe a las artesanías locales más típicas confeccionadas a mano –canastos, billeteras y sombreros–, en los pasillos del edificio abundan el caos, el regateo de precios, los bolsos marineros y las remeras de Bob Marley (porque les gusta el reggae). El mercado está ubicado estratégicamente frente al puerto de cruceros.

Bahamas es conocido mundialmente por la calidad de sus playas y la riqueza de su fauna.

La codiciada Nassau

Por la mañana bajan de los barcos, avanzan sobre Nassau y casi arrasan con la ciudad de raíces africanas, arquitectura colonial y tradiciones británicas mezcladas con rasgos pseudo-caribeños y estadounidenses.

Se producen entre dos y seis desembarcos diarios, a pocos metros de los fuertes Charlotte y Montagu, y cerca de las cuevas adonde otrora se protegían los piratas. Por la mañana los cruceristas abandonan sus ciudades flotantes y consumen: souvenirs, esmeraldas, ropa, caracoles, hamburguesas, tragos, horas de playa (casi todos se concentran en Junkanoo Beach, porque está cerca del puerto) y vértigo en los toboganes de agua del complejo Atlantis.

Miles de turistas van a lo seguro y almuerzan en Señor Frog’s, pero más tarde se le animan a Lukka Kairi. A media cuadra, el restaurante de comidas típicas sirve bollos de langosta, pescados con puré de plátanos y cebiches de caracol conch.

Sobre tiburones

Buceo con tiburones en Bahamas, una opción única para los turistas.

Suena la alarma del smartphone para levantarse a las 6.30 de un domingo y el objetivo es ir en busca de tiburones. Si hay un día en la vida en el que se desoye el sentido común debe ser este.

La lancha parte del embarcadero de la empresa Stuart Cove’s, que entrega unos formularios donde –palabras más, palabras menos– los pasajeros reconocen que son aptos para la aventura y que están dispuestos a subir a la lancha pese a las fauces de los escualos que ilustran las paredes de la tienda de regalos y la indumentaria de la tripulación.

Los más inseguros, temerosos y/o sensatos suben tranquilos, con la convicción de que no bajarán de la lancha cuando llegue la hora señalada. El sol duele en la piel de oficinista, aire acondicionado y tubos fluorescentes. El guía se llama Daniel y domina el español que necesita para su trabajo: “La primera parada será de 20 minutos para hacer snorkel: sobre los arrecifes coralinos se ven peces, rayas, tortugas y langostas”. Señala una franja del mar menos turquesa y más oscura. ¿Qué más necesita el grupo para zambullirse?

Con chaleco salvavidas, máscara y patas de rana, ocho personas abandonan la nave y disfrutan del “Hollywood Bowl”. Se trata de un círculo imaginario y profundo, donde se filmaron algunas escenas de clásicos del cine como “Piratas del Caribe”, “James Bond”, “Flipper”, “Splash” y “Azul extremo”.

Cada vez que el cuerpo baja al mundo submarino se renuevan la piel, el sistema respiratorio, la perspectiva. La primera sensación es que la vida aquí transcurre en cámara lenta, pero a los pocos minutos –que parecen horas– se comprende que el océano tiene un ritmo propio y leyes ajenas. Óvalos negros con lunares fosforescentes, círculos plateados, láminas a rayas negras y amarillas. Los ojos inexpertos no entienden de peces y sólo conocen por sus nombres a los “Nemos” y las “Doris”.

Se vuelve a la superficie fortalecido y agradecido. Cuando llega el segundo anclaje en “Sims Point”, el oleaje es más agresivo y lo novedoso será una plantación de corales. Tiene algo de huerta, de tótem, de árbol de Navidad sumergido.

“Shark Arena” es la tercera y última bajada, en la que la mitad de los aventureros deciden quedarse a bordo de la lancha tomando sol y fotos. Con una soga, Daniel baja una caja de pescados hasta el fondo del mar para que unos treinta tiburones que habitan la zona no se tienten con asomarse a la superficie. Ahora se pone muy serio y pide que los que se animen a meterse en el mar se agarren fuerte de la cuerda que se dispuso para tal fin, que no muevan las manos ni los pies, que no lleven comida, que no se descompongan.

Todo sale sincronizado, según lo previsto, aunque no haya dos narraciones siquiera similares sobre la sensación de tener el cuerpo a poco más de tres metros de los tiburones (su propia medida). En esos momentos aparecen temores y valentías ancestrales. Los escualos se mueven más rápido de lo esperado, y hasta se podría arriesgar que su actitud feroz y apurada desentona con el océano. Pero para ello habría que estudiarlos más tiempo y queda poco pescado.

Ya con los turistas a salvo, los tiburones suben junto a la caja de pescado y muestran las aletas entre las olas. Ahora se toma más conciencia del peligro controlado que se ha vivido. Y aunque no sea demasiado original, la música de la película “Tiburón” de Steven Spielberg sigue sonando en la imaginación, inevitablemente.

De regreso al hotel, la camioneta pasa por Sandy Port y Lyford Cay, el barrio privado donde vive Sean Connery. Es uno más entre los numerosos artistas, deportistas y empresarios que compraron yates y mansiones, al enamorarse de estas islas (también compraron algunas, como Bill Gates y David Copperfield). Precursores siempre, los Beatles filmaron parte de “Help” en Las Bahamas. Era 1965.

Imperdibles

  • Museo del Carnaval “Junkanoo”. Trajes de colores e instrumentos (tambores, silbatos y cencerros) se exhiben en las salas, en un recorrido por la historia de la tradicional Junkanoo. Con música y disfraces, los desfiles de Junkanoo se realizan en las islas el 26 de diciembre y el 1 de enero. Los trajes se confeccionaban con esponjas (los esclavos las pescaban en el mar y las usaban para el carnaval porque eran económicas), paja y plumas de aves.
  • Fábrica de habanos Graycliff. Las visitas guiadas explican el proceso de armado artesanal de los habanos. En esta casa funciona también un museo histórico, una fábrica de chocolate, un hotel y un restaurante. Cuentan que la casa fue construida por los piratas y que la actual cava millonaria (tiene vinos de hasta US$ 25.000) era una prisión donde se encerraban a los tripulantes de los barcos capturados.
  • Destilería de ron John Watlings. La bebida emblemática bahameña se destila en pequeñas cantidades en esta típica mansión de madera que data de 1789. Se ofrecen tours y degustaciones.
  • Fish Fry. Es una sucesión de puestos callejeros de comida criolla, frecuentado por turistas y bahameños que comen pescado frito, alitas de pollo, arroz con frijoles y caracol. O simplemente se toman una cerveza mientras juegan al backgamon.
  • Fuerte Charlotte. Como Montagu, es una fortaleza del siglo XVIII con pasadizos secretos y cañones.
  • Museo de los Piratas. Cerca del puerto Prince George Wharf se recrea la “época de oro” de los piratas en Las Bahamas, de 1690 a 1720. Por haber sido el hogar de Barbanegra, Nassau es considerada la capital de la piratería.

 

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